Aunque sigue usando los mismos materiales (chapas de carteles callejeros a los que aplica esmalte sintético), las obras de Hernán Salamanco siguen siendo bellas, pero ostentan la belleza del caos.
A pesar de la irrupción de las nuevas tecnologías, que parecen acaparar el campo artístico, la pintura como medio de expresión atraviesa un excelente momento. En el circuito internacional, para ser más precisos, en la recién inaugurada Bienal de Venecia y por pedido expreso de su curador, Daniel Birnbaum, la pintura tiene una nutrida presencia. En la Argentina, país cuyo gusto por el óleo está enraizado en el origen -primero español, después italiano y luego francés- de nuestro arte, no cabe duda que la pintura es la técnica dominante.
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Hace casi cinco años, Hernán Salamanco inauguró la galería Braga Menéndez de Palermo Hollywood con sus atrayentes pinturas, y ahora, en su tercera muestra (que se extiende hasta el sábado 4 de julio) se advierte un rotundo cambio en su obra. Los materiales -casi una marca registrada del artista-, no han cambiado. Salamanco continúa las utilizando las chapas de los carteles callejeros de publicidad inmobiliaria, los recicla como sólido soporte, y les aplica las mismas dosis generosas de esmalte sintético.
Lo nuevo es la batalla entablada en la superficie de los cuadros. Hoy, las pulcras imágenes de los paisajes nevados o de las frondas verdes parecen haber estallado, las formas se deshacen en una miríada de fragmentos, manchas, chorreaduras y borrones que ocultan en gran medida los motivos de las obras, aunque la alianza con la figuración todavía está vigente.
La tensión no se resume sin embargo en la lucha entre figuración o abstracción. Es la pintura como materia, con sus cualidades de densidad o fluidez, y el color, con su fuerza expresiva, los que han cobrado un protagonismo que resulta desmesurado si se coteja con la moderación y la subordinación a las formas del dibujo de las obras anteriores.
Lo cierto es que cualquier sometimiento a la simple belleza del motivo (la casa que se incendia, el pino cargado de nieve) ha desaparecido, lo reconocible de los cuadros pasó a un segundo plano y en las nuevas escenas resaltan los accidentes de la pintura. Las obras mantienen el brillo del esmalte y siguen siendo bellas, pero ostentan la belleza del caos, y de una recién ganada libertad pictórica. En el mural que domina la sala, la pintura rebasa su superficie y las chorreaduras de colores se desplazan por el piso de la galería.
Rodolfo Biscia le dedica un preciso ensayo al artista, y observa: «Lo indudable, en todo caso, es que hay belleza, policromía, encanto; hay, sí, idilio en estas pinturas, pero el idilio en Salamanco siempre es superficial: nunca sería tan bello si no escondiera tanto trauma en ciernes».
El tema de la muestra actual es la infancia, que siempre estuvo presente en la obra de Salamanco, de hecho, es el origen de sus hermosos paisajes de cuento. Aunque, por candorosas que sean las imágenes rescatadas de revistas o bancos de datos, siempre, como una amenaza latente, anuncian que algo ominoso está por acontecer. Ahora, el abordaje al tema de la infancia tiene un tratamiento frontal, aparecen imágenes de un bebé o de una niña, y también es directo el modo de presentar la desesperación y la angustia, sentimientos que han ingresado a los cuadros a pesar del uso de tonos pastel, de los celestes y rosas dulzones que brillan con el esmalte.
Además, el tiempo se ha tornado perceptible. El desorden de una cuna cargada de juguetes gigantescos, no sólo provoca extrañamiento por su desproporcionada dimensión, pareciera expresar en el presente la incapacidad de adivinar el futuro, la imposibilidad de pensar, siquiera, en el porvenir. La actual visión fragmentada y borrosa de las cosas adquiere entonces un sentido: transmite un intenso sentimiento de zozobra. Vale la pena aclarar que no es común que un artista modifique una obra identificable, aceptada y apreciada, sobre todo cuando las figuritas infantiles están a la moda.
¿Cuál será después de esta metamorfosis la imagen de Salamanco? No existe una respuesta. Pero bajo la helada luz de neón utilizada para destacar el perfil dramático, las pinturas actuales lucen poderosas: alcanzan a devolverle al espectador, como un espejo, su propia indefinición, sus propios miedos.
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