3 de febrero 2009 - 00:00

La salvación no llega desde Pekín

Desde el principio de la crisis financiera, China ha sido vista como el caballero blanco que nos salvaría de lo peor. Incluso se pensó que su tamaño y desmesurado ritmo de crecimiento la harían inmune a la recesión que se avecinaba. Junto con India, sería el motor de la recuperación. El tiempo ha mostrado que estas previsiones carecían de fundamento, y el gigante asiático está sufriendo los efectos de la recesión en Occidente.
No podía ser de otra forma, dado el fuerte componente exportador de su modelo de crecimiento. La manera en que sus autoridades gestionen esta crisis, en el interior y hacia el resto del mundo, va a determinar en gran manera no sólo la China del futuro, sino cómo y cuándo saldremos del marasmo en que nos hemos metido. Pekín tiene una de las llaves para que esta recesión no se prolongue durante años.
En el plano interior, el Gobierno ha reaccionado con presteza. En los últimos cuatro meses, ha reducido cinco veces las tasas de interés y ha adoptado un plan de reactivación. Estas medidas se toman en un marco de enfriamiento en el que el PBI ha pasado de crecer al 12,6% a mediados de 2007 a hacerlo a sólo el 9% en el tercer trimestre de 2008, y con perspectiva de mayores descensos.
Estas cifras no son, obviamente, extrapolables a Europa. Pero tampoco lo es el marco político-social en el que se producen. La manida comparación de China con una bicicleta -si se para, se cae- no es disparatada. La legitimidad del Partido Comunista chino se basa en gran medida en haber sido capaz de sacar a cientos de millones de personas de la pobreza y en su capacidad para seguir elevando de forma acelerada el nivel de vida de la población.
Un enfriamiento profundo no es un problema económico en China, es, ante todo, un riesgo político de consecuencias imprevisibles. Las cifras del cuarto trimestre, con el crecimiento bajando al 6,8%, constituyeron un primer aviso serio. En el plano exterior, la crisis financiera ha tenido ya su primer resultado positivo. El G-20, creado hace diez años y que no pasaba de ser un anodino foro de debate, se situó en el centro de la escena por la presencia de China e India en su seno. De paso, ha relegado al olvido a un ya renqueante G-8, que en los últimos tiempos se dedicaba únicamente a producir comunicados que eran olvidados tan pronto como se publicaban. Silvio Berlusconi lo presidirá este año y quizá eso le dé el golpe de gracia.
Que los problemas globales requieren soluciones de igual carácter es tan evidente como complejo de poner en práctica. Un G-20 operativo es el primer paso en la buena dirección. Y una de las razones es que empieza a situar a China en el lugar que le corresponde.
El problema es que Pekín no parece dispuesto, al menos por el momento, a ocupar plenamente ese lugar. El liderazgo chino sigue abordando la política exterior desde una rígida perspectiva de no injerencia en la soberanía nacional. La inmediata cancelación de la cumbre con la Unión Europea tras el anuncio del presidente Nicolas Sarkozy de su intención de entrevistarse con el Dalai Lama es la última muestra.
China contempla la acción exterior como una lucha descarnada por asegurar materias primas, sobre todo energéticas, y abrir mercados, aunque ello suponga sostener a regímenes como los de Sudán o Zimbabue. No se puede ser una potencia global sin estar abierto al escrutinio de los actos internos y externos. No se puede ser una potencia global sin velar por consideraciones estratégicas más allá del beneficio económico a corto plazo.
El extraordinario crecimiento chino se ha basado en un sistema multilateral de comercio con reglas establecidas y que impone actitudes previsibles. Esta ha sido una de las claves de la globalización de la que China ha sido la gran ganadora. Y esta crisis se la puede llevar por delante. Sólo su decidida implicación puede evitarlo. Y ello pasa porque sus autoridades relajen el férreo control de cambios y dejen que su moneda se revalorice, fomenten el consumo interno, inviertan masivamente en resolver la dramática situación del medio ambiente.
Más allá de esas medidas internas, China debe asumir un papel de liderazgo en el diseño del nuevo orden financiero internacional. Si el siglo XXI será, como dicen, el siglo de Asia, será también el de China. Pero aquí nadie regala nada. De ellos depende. El problema es que en un mundo globalizado, también nosotros dependemos de ellos.
(*) Diplomático y trabaja en el Consejo de la Unión Europea.

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