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La tecnología transforma al arte, pero no lo sustituye
La obra de Polesello que junto con otras de Berni, Benedit y el Computer Art Group de Tokio integraron la primera exhibición de arte con computadoras de América Latina, en Buenos Aires, 1967.
Benjamin en su ensayo seminal de 1936 acerca de La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, al evocar la «aberrante y enmarañada disputa sin cuartel que al correr del siglo XIX mantuvieron la fotografía y la pintura en cuanto al valor artístico de sus productos», señala que tal disputa «era expresión de una experiencia en la historia del que ninguno de los dos es consciente».
«En vano se aplicó mucha agudeza para decidir si la fotografía era un arte, sin plantearse la cuestión previa sobre si la invención de la primera no modificaba por entero el carácter de la pintura. Pero las dificultades que la fotografía deparó a la estética tradicional fueron juegos de niños comparadas con las que aguardaban a esta última con el cine», agrega Benjamin.
Treinta años más tarde, Michael Noll -participante de la primera exhibición de arte con computadoras, en 1965 -retomaba estas cuestiones al escribir: «La introducción de la fotografía contribuyó a alejar a la pintura de la representación, pero no acabó con la pintura. Será fascinante observar qué es lo que hace el nuevo medio creativo de las computadoras con todas las formas artísticas».
En Buenos Aires en 1967 el Cayc organizó la primer exhibición de arte con computadoras en América Latina con la participación de Berni, Benedit, Polesello y el «Computer Art Group» de Tokio. Como anotaba Benjamin, como suponía Noll, se seguirá pintando y esculpiendo, a pesar de la aparición de otros medios de producción de imágenes y volúmenes.
El video, la fotoduplicación, la computadora, amplían el horizonte del arte hasta límites que ignoramos, no sólo porque el avance tecnocientífico es continuo sino también porque involucra a más y más personas, pero no son el único horizonte del arte. Y, si bien el artista Nam Jum Paik auguró la sustitución de la tela -un soporte generalizado hace apenas quinientos años- por el tubo de rayos catódicos, elaboraba, en rigor, una equivalencia metafísica. En todo caso, una década después de formulado su pronóstico, las telas pintadas volvieron a inundar galerías y museos.
La tecnolatría, en arte como en cualquier otro terreno de la vida humana, es una variante contemporánea del Iluminismo. El pensador francés Paul Virilio ha encontrado el justo medio entre la tecnolatría y su antítesis, la tecnofobia. «Las invenciones, las creaciones de los científicos, son acertijos que extienden el campo de lo desconocido, que ensanchan lo desconocido, por decirlo de algún modo», escribe. «El caso es éste: como la tecnología es un acertijo, tratemos entonces de resolver el acertijo, sin ocuparnos de la tecnología. Seamos más modestos».
Pero que se siga pintando o esculpiendo, que persistan la tela y el bronce, tampoco significa que estos medios del arte puedan vivir inmunes a la tecnología, en una sociedad que la incorpora en sus sucesivos adelantos, y que se ve modificada por ella. Es preciso reiterar el descubrimiento de Benjamin: la tecnología transforma el arte. No está obligado el creador, es obvio, a utilizar los medios electrónicos aunque es histórica la búsqueda y apropiación de nuevos materiales y técnicas, por parte de los artistas.
Fue Rimbaud quien definió al vidente, al poeta, con estas palabras: «Yo es otro». Preconizaba un desarreglo o desregulación (déréglement) de los sentidos, para poder de este modo alcanzar el estado de videncia. ¿No será la informática o la tecnología que pueda efectivizar, en este siglo, la aventura de Rimbaud?
Hemos hablado del futuro cercano de la electrónica, asimilándolo a un presente extendido. A fines del XIX, el irónico Oscar Wilde defendió en uno de sus ensayos la (aparente) paradoja según la cual la Naturaleza imita al Arte. Hacia la misma época, en las antípodas del entusiasta Julio Verne, H.G. Wells concibió en una de sus novelas un mañana remotísimo en que la abundancia de progreso había obrado la (verdadera) paradoja de devolver a la humanidad a sus orígenes más primitivos.
Cuando se piensa en que la robótica fue imaginada por el dramaturgo checo Karel Capek en la década del 20; que el escritor inglés Aldous Huxley adelantó en «Brave New World» (Un mundo feliz, 1932) los sistemas de realidad virtual que acabamos de reseñar; y que el norteamericano Ray Bradbury sugirió el Jumbotron a comienzos de la década del 50 -si bien como símbolo de una sociedad totalitaria que arrasa el conocimiento quemando libros e idiotizando con la televisión a sus súbditos, hechos basados en la realidad de la Alemania nazi-, nos sentimos tentados de suponer que la Tecnología imita al arte. Menos grato es pensar si al cabo de estas presuntas imitaciones, llegaremos a la bárbara situación planteada por Wells en «La máquina del tiempo» (1895).
La Administración Nacional del Espacio y la Aeronaútica, de los Estados Unidos (NASA), estudia la creación eventual de comunidades extraterrestres, pero en sus iniciativas y planes figura el examen de los modos y direcciones en que se podría verificar allí la creación de arte.
Si bien se considera que los habitantes de la primera generación de comunidades espaciales tenderán a conservar la mayor cantidad posible de hábitos y de usos terráqueos, entre ellos, el arte, los planificadores de la NASA estiman que el medio, en el campo estético, se estimularán nuevas creaciones. En rigor, los especialistas de la NASA consideraron al arte como la fuerza motriz indispensable para la marcha de estas comunidades, según lo es (o debe serlo) en la Tierra. El desafío más importante, sin duda, es el de resolver si la tecnología decidirá por completo el diseño de esos entornos, con la ayuda del hombre, o si ha de hacerlo el hombre, con ayuda de la tecnología. Parece obvio que, por tratarse, lo reiteramos, de un emprendimiento artístico, deberá adoptarse la segunda opción, que también abarca a la filosofía.
Si, a partir de los impresionistas, el arte puso en jaque -tal vez para siempre- a la representación, lo que hoy está en tela de juicio es la presentación, esto es, la reproducción en su sentido físico (y aun técnico, o postécnico). He aquí otro de los temas a encarar por la teoría del arte, pues las imágenes han entrado en -nada más pero nada menos- en una nueva era, cuyo desenvolvimiento es, sin duda, imprevisible.
¿Y las artes tradicionales? A esta pregunta debe responderse con otra: ¿Qué dudas caben de que continuarán existiendo? Y, además: ¿Por qué no habrían de continuar existiendo? Por lo contrario, preciso es que sigan entre nosotros, ya en sus formas más difundidas, y reinterpretadas de manera sucesiva (pintura, escultura, dibujo, grabado), ya en las más recientes (instalaciones, cine, video, ensamblajes, performances, obras conceptuales).
Duchamp, que no se distinguía por rehuir los aportes de la técnica, afirmaba, «El artista puede usar cualquier cosa -un punto, una línea, el símbolo más convencional o el más original- para decir lo que quiere decir. Lo decisivo es el acto de elegir».
Es, en suma, la idea del arte como fiesta y como instauración de comunidad, que tan acertadamente ha sugerido Hans Georg Gadamer al incursionar en las cuestiones estéticas. ¿No serán así las colonias espaciales? Y en tal caso, ¿Por qué no extender estos preceptos a la superficie de la Tierra?


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