10 de diciembre 2008 - 00:00

La vertiginosa caída de un aventurero

Rod Blagojevich, bajo la mirada de su esposa Patti, al jurar el 8 de enero del año pasado para su segundo mandato como gobernador de Illinois. Entonces enarbolaba un discurso político anticorrupción.
Rod Blagojevich, bajo la mirada de su esposa Patti, al jurar el 8 de enero del año pasado para su segundo mandato como gobernador de Illinois. Entonces enarbolaba un discurso político anticorrupción.
«Me tiró debajo de un colectivo y me puso en la tapa de los diarios. Ese hijo de puta me usó. Usa a todo el mundo y después lo descarta». Estas palabras destempladas dichas en 2005 sobre Rod Blagojevich, el gobernador de Illinois ahora en la picota, no fueron pronunciadas por un rival de poca monta. El hombre que se sintió traicionado en pleno auge de Blagojevich era su suegro, Richard Mell, un histórico político de Chicago.

Tres años más tarde, los estrategas de campaña de Barack Obama, que demostraron una precisión quirúrgica en el diseño proselitista, se cuidaron de que Blagojevich no contaminara la esperanza demócrata. Lo consideraban «criptonita».

No fue fácil para Obama despegarse, en plena pelea con John McCain, de la figura de este hombre que hoy cumple 52 años, nada menos que gobernador demócrata del estado en el que el presidente electo había hecho casi toda su breve carrera política.

Blagojevich logró su gran éxito electoral en 2002, cuando fue consagrado gobernador luego de treinta años de fracasos demócratas de Illinois. Ganó enarbolando un discurso de «manos limpias» y prometiendo «el fin de los negocios de siempre». Las palabras moralizantes de entonces fueron necesarias para dar vuelta la página del gobernador republicano George Ryan, quien había sido declarado culpable por un caso de corrupción.

Tras asumir en el cargo, Blagojevich se reinventó a sí mismo. La prensa crítica, mientras ninguneaba al nuevo gobernante, resaltaba sus nexos con hombres de gran poder político y económico, en especial, su suegro, padre de su esposa Patti.

En 2005, Blagojevich cerró por causas ambientales un vertedero propiedad de Frank Schmidt, primo lejano de la esposa de Mell. El suegro había asesorado a la empresa e hizo lobby para evitar el cierre. La relación con su yerno se truncó, como se desprende de la sangrante declaración emitida entonces desde Florida, donde vacacionaba.

Ese mismo año, un primer escándalo salpicaría al entonces gobernador de Illinois cuando se comprobó que donantes de su campaña recibieron como retribución concesiones para locales de comida rápida. Un año más tarde, una corruptela de poca monta golpearía la puerta. Un amigo le regaló u$s 1.500 poco después de que su esposa lograra ingresar al Departamento de Recursos Naturales.

Pese a un sonoro runrún sobre su honestidad, Blagojevich sería reelecto el 7 de noviembre de 2006. En la campaña electoral de ese año eligió victimizarse. «Tengo una confesión para hacer. Tengo menos amigos que cuatro años atrás, pero fui electo para hacer cosas para la gente, no para otros políticos».

Tras obtener la reelección, a la corrupción se sumaron problemas de gestión. Meses atrás, en su segundo año de mandato, logró un récord. Con el 16% de imagen positiva, consiguió ser más impopular que George W. Bush. Allí surgió el calificativo despectivo de «criptonita».

Su historia personal habla de una infancia y adolescencia complicadas. Lustró zapatos, entregó pizzas y, siendo joven, lavó platos. Con esfuerzo, se graduó en 1983 en la Escuela de Derecho de la Universidad de Pepperdine.

Locuaz, audaz y mediático, terminó extorsionando a un diario crítico, el Chicago Tribune, que es uno de los más importantes del país. Intentó vender la banca en el Senado que deja vacante el presidente electo de Estados Unidos. Su carrera terminó ayer. El suegro, feliz.

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