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La voz que extrañaba el Colón
Renée Fleming fue ovacionada el sábado por la noche por el público del Teatro Colón, que no visitaba desde su debut en 1991 en «Las bodas de FIgaro».
Corrió mucha agua bajo el puente (y también muchos discos por las bateas) desde aquel debut en el Colón de Renée Fleming como la Condesa de «Bodas de Figaro» en 1991, y la que en su momento era una excelente soprano en rápido ascenso se convirtió en una de las máximas estrellas de la constelación internacional. En consecuencia, su presentación del sábado como cierre del brillante Abono Bicentenario 2012 del primer coliseo despertó entre los operómanos una expectativa sólo comparable este año con las presentaciones de dos excepcionales compatriotas, las mezzosopranos Frederica von Stade y Joyce DiDonato (en mayo y agosto, respectivamente).
Elegante, sobria en su doble vestuario y profundamente emocionada por la bienvenida tórrida que le brindó la audiencia, Fleming hizo su esperada aparición, y desde ese momento hasta que finalizó el último bis fue imposible sustraerse a su encantadora presencia.
Prolijamente dividido según los idiomas (francés, alemán e italiano), el programa reservó la ópera para el final. El comienzo fue algo tibio, con tres de las «Ariettes oubliées» de Claude Debussy y tres «Chants dAuvergne» de Canteloube, vertidas con fuego, humor y sensibilidad pero con una dicción francesa que no convenció plenamente. Recién con «Frag mich Oft» («A menudo me pregunto», de Erich Wolfgang Korngold sobre Johann Strauss hijo y casi un himno a la ciudad de Viena, Fleming terminó de conquistar al auditorio y con el agudo final que los fanáticos esperaban la temperatura de una sala repleta subió casi al máximo; pero fue el aria de Marietta de «La ciudad muerta», también de Korngold, donde la diva mostró su infinita capacidad de transmitir, algo que la distingue de sus colegas, que sólo puede apreciarse en toda su dimensión con la experiencia en vivo, y que trasciende su instrumento y su técnica.
Strauss
En los tres Lieder de Richard Strauss que la soprano y el sensibilísimo y eficaz pianista Gerald Martin Moore entregaron, «Serenata» y «Mañana», del opus 27, y «Dedicatoria», del opus 10, quedó demostrado por qué Fleming es una referencia absoluta, y con pocos rivales, en la interpretación del repertorio straussiano. Asombrando a cada momento con su capacidad para crear y transitar los diferentes climas como si recorriera (y llevara al oyente a recorrer) las habitaciones de un palacio, la cantante ingresó a continuación en el ámbito de la ópera italiana con la escena de Desdemona del «Otello» de Giuseppe Verdi, uno de sus grandes papeles, y su recreación de la ansiedad, la tristeza y el temor del personaje no podría haber sido más exacta y más conmovedora.
Posiblemente con la intención de distender el clima Fleming había seleccionado para continuar dos arias de «La bohème» de Ruggero Leoncavallo (contemporánea de la de Giacomo Puccini pero infinitamente menos célebre): «Mimi Pinson, la biondinetta» y «Musette svaria sulla bocca viva», páginas interpretadas con gracia y sobriedad pero indudablemente lo menos trascendente dentro de este bloque. El clímax llegó con «Io son lumile ancella», de «Adriana Lecouvreur» de Francesco Cilea en una versión tan inolvidable como lo fueron sus cinco bises: la célebre «Canción a la luna» de «Roussalka», «Summertime», «O mio babbino caro», «Les filles de Cadix» (Léo Délibes) y «No lloréis, ojuelos» de Enrique Granados, que interpretó con la salvedad de que era la primera vez que cantaba en español, pero poco importó que su dicción no fuera perfecta a un público que a esa altura estaba definitivamente a sus pies.


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