11 de agosto 2016 - 00:00

La Zaranda pone un nuevo grito en el cielo

La legendaria compañía andaluza presenta en el Teatro Nacional Cervantes su último espectáculo, que se gestó en la Bienal de Venecia. La obra gira en torno a cinco ancianos que esperan la muerte.

Calonge. El dramaturgo de la compañía la gestó en vivo ante los visitantes de la Bienal de Venecia: “La primera semana me sentía como un primate enrejado, con esos visitantes japoneses que te hacen fotos”.
Calonge. El dramaturgo de la compañía la gestó en vivo ante los visitantes de la Bienal de Venecia: “La primera semana me sentía como un primate enrejado, con esos visitantes japoneses que te hacen fotos”.
En sus casi 40 años de trayectoria, La Zaranda nunca dejó de visitar Buenos Aires, donde se encuentra uno de sus públicos más fervorosos. Esta vez la compañía de origen andaluz, hoy asentada en Madrid, trae al Teatro Nacional Cervantes "El grito en el cielo", su último espectáculo gestado en la Bienal de Venecia. Seguirá en escena hasta el 21 de agosto y luego hará una gira por las provincias de Santa Fe, Córdoba y Jujuy.

"El grito en el cielo" narra las peripecias de cinco ancianos en un geriátrico, donde esperan -entre tratamientos paliativos y actividades meramente recreativas- "el simple trámite de desaparecer al final de su vida, hacerse cenizas y que su biografía desaparezca entre análisis clínicos", dice Eusebio Calonge, el dramaturgo de la compañía, también autor de varios ensayos filosóficos. Su reciente éxito editorial, "Orientaciones en el desierto" fue definido como "una suerte de itinerario que busca materializar lo invisible en la creación teatral". Dialogamos con él:

Periodista: ¿Cómo fue el montaje de la obra?

Eusebio Calonge:
La Bienal de Venecia nos puso como condición que mostráramos los primeros pasos de gestación en el pabellón de arquitectura, por donde pasan todos los japoneses y los demás visitantes que te hacen fotos mientras tú estás en plena pugna con los actores. Claro, la primera semana te sentías como un primate enrejado, pero después ya te da igual, te acabas olvidando y empiezas a crear. Fue una bonita experiencia al igual que el taller para actores que hicimos en Poveglia, "la isla de los muertos". Es una isla maldita, un sitio conflictivo en donde no puede entrar nadie porque allí enviaban a los enfermos de la peste negra durante la época medieval, luego acabó siendo un psiquiátrico en los años 20 y ahora le ha llegado la última de las maldiciones, la especulación inmobiliaria: el alcalde de Venecia la quiere comprar.

P.: ¿Por qué eligieron ese lugar?

E.C.
: Me interesaba mucho trabajar sobre la condición maldita de la enfermedad mental y física, y ponerla en contacto con la idea de una Europa como recinto cerrado. Europa tiene esa fascinación de levantar una muralla con un caballo de Troya dentro.

P.: Y el caballo de Troya serían los inmigrantes.

E.C.:
Exactamente. Esa gente que llegó como mano de obra barata y que durante un tiempo les sirvió, pero ahora no saben qué hacer con ellos, no les han dado ningún futuro. En Europa, el recelo hacia los que vienen de afuera es cada vez más intenso.

P.: "Futuros difuntos" también sucedía en un hospicio, donde los pacientes intentaban escapar tras la desaparición de los directivos.

E.C.:
Esa era una obra más simbólica y ese manicomio tenía que ver con la historia de España, por eso los locos eran como bufones velazqueños y se podía identificar un ambiente muy goyesco. Creo que con la edad me estoy desprendiendo de mucho universo simbólico y mi mirada sobre la realidad tiene menos tapujos. "El grito en el cielo" trata de un tema que queremos obviar en todo el mundo occidental: la vejez. El ser humano como una degradación orgánica que ya no sirve para el consumo y que se interna para que nadie lo vea. Por no hablar del Alzheimer y de ese tipo de cosas que afectan a gente que ha vuelto a la esencialidad del niño.

P.: ¿Qué lo llevó a elegir ese tema?

E.C.:
En estos mundos tan frágiles yo encuentro mucha belleza. Son los argumentos que encuentra el amor y el amor, más que la moral, lleva a cosas esenciales. El amor a los desposeídos, a esa gente que puede haberse olvidado de tu nombre, pero no de tu mirada, ni de tu calor. Y no se trata de edulcorar el dolor, ya lo van a ver en la obra, sino de enseñar esa caja de juguetes rotos para que la gente la vea y demostrar también que nuestra visión depende de donde pongamos nuestro horizonte. Si tu horizonte está en el tiempo te vas a quedar con el final biológico, pero si tu horizonte va más allá... En eso soy muy agustiniano. San Agustín decía siempre que la muerte es donde la vida y la eternidad confluyen y yo siempre he pensado eso mirando a la gente de esa residencia.

P.: ¿Qué otros temas circulan por la obra?

E.C.:
Algo que siempre me ha obsesionado: ¿para qué sirve el teatro? En ese asilo se está ensayando una parte de TannhTMuser, porque me venía bien la metáfora de la obra wagneriana del peregrinaje de la vida hacia la muerte, pero tomado aquí como una mera actividad pasatista, ya desmotivada del trasfondo espiritual que le dio Wagner. Como siempre, en las obras de la Zaranda hay múltiples lecturas y cada uno agarra la que emocionalmente puede resultarle más cercana en ese momento.

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