Las pinturas abstractas de Fernanda Laguna, una de las artistas que eligió el curador Marcelo Pacheco para «Escuelismo», una particular mirada sobre el arte de los 90, con el mundo de la infancia como tema dominante.
«Escuelismo», la exhibición que se acaba de inaugurar en el Malba, presenta a través de la mirada retrospectiva del curador Marcelo Pacheco, una visión particular sobre la estética de los años 90. Si bien la irrupción del arte despreocupado y juguetón de esa década -tan distante del gesto sufriente neoexpresionista y del racionalismo conceptualista- suscitó polémicas sólo comparables a la de Florida y Boedo, Pacheco, lejos de alimentar controversias que, por otra parte, el tiempo se ocupó de suavizar, exhibe una muestra didáctica por excelencia. El tema dominante es el mundo de la infancia y, en especial, la etapa escolar, motivo de inspiración y punto de partida de un relato que se estructura alrededor un texto crítico del investigador Ricardo Martín Crosa publicado en 1978.
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El montaje de una atractiva escenografía, que ostenta la alegre iconografía de un jardín de infantes, y la fascinación que generan los artistas de la escuelita, atrapan al espectador. Es decir, la propuesta está planteada con gracia y con un evidente aprecio y un profundo conocimiento de las obras, pero además con conciencia del enorme poder evocativo de elementos escolares, como el clásico papel araña rojo, verde y azul. Los tres colores se reiteran en las barandas bajas que conforman el Gradus ad Parnassum de los artistas, en los butacones de formas elementales (círculo, cuadrado y triángulo), y en los cubos con tres videos que resumen el espíritu de la muestra.
Acaso porque la escuela pública fue durante muchos años un motivo de orgullo, la base más genuina de la cultura argentina, y un escalón de la movilidad social, la muestra arrastra su melancolía.
Nacida en 1941, la conceptualista sensible, Liliana Porter, es la precursora del «Escuelismo». Esta «niñita aplicada» según Martín Crosa, con su gesto disciplinado induce a valorar algo básico: la actitud responsable de quien realiza una tarea compleja. El rigor de Porter (que es sólo una de las facetas de su obra, otra importante es el humor), tiende a desaparecer sin embargo cuando surgen los protagonistas de los años 90, cuando el arte se vuelve un gesto placentero y poético. Algo similar ocurre con la desesperación que transmite Guillermo Kuitca en una pintura con angustiosas figuras de espaldas que lleva el mensaje «Mi hijo es bello como el sol», y también con las fantasmagorías, los osos, gnomos y personajes de leyenda que habitan las pinturas de Alfredo Prior.
La estética bella y feliz que se impone en los 90 y sobrevuela la muestra, está representada por la enrulada escultura de Jorge Gumier Maier de tonos pastel, la lámpara de colores que armó Omar Schiliro con objetos de descarte, las pinturas abstractas de Fernanda Laguna y la manta en la que Feliciano Centurión aplicó la figura de un pulpo con un prolijo bordado, entre otras obras.
La exhibición tiene una particularidad -a pesar de que la selección de las obras está limitada, pues la mayoría pertenece a la colección del Malba-, se destacan las manualidades y los rasgos minuciosos y ordenados que Martín Crosa define como «Modelos semióticos procedentes de la escuela primaria». El crítico señala que el «Escuelismo» es una influencia «perfectamente rastreable en nuestra pintura», y observa que existe la idea de un mundo modelado y condicionado «por esquemas ordenadores asimilados en el aula». ¿Hay una mejor lectura de ese lánguido personaje tejido por Marina De Caro, que cuelga del techo con sus siete cabezas de colores?
En 1999, sin poder tomar distancia todavía de un arte que se estaba gestando, Pacheco presentó junto con Gumier Maier el libro «Artistas argentinos de los 90», editado por el Fondo Nacional de las Artes. Esencialmente visual, el libro -que hasta hoy sirve de referencia- está acompañado por un texto político de Tomás Eloy Martínez que poca relación tiene con el contenido, salvo cuando en un tono de denuncia por demás ajeno al espíritu que entonces animaba a los artistas, subraya la actitud tan argentina de «suprimir e ignorar la realidad». En verdad, Gumier proponía «la indiferencia por la realidad», pero como una virtud, y los artistas, al rescatar el universo de la infancia y la intimidad, crearon obras de una belleza de entrecasa que puede entenderse, a la manera de Stendhal, como una promesa de felicidad.
Teniendo en cuenta que Martín Crosa finaliza su ensayo sobre Porter con el comentario: «Nota: diez. Felicitado», es posible afirmar que Pacheco hizo los deberes y merece un «excelente», al igual que el montajista Gustavo Vázquez Ocampo. Uno de los logros del curador consiste en reunir a Jorge Macchi y su conceptual y azaroso «Buenos Aires Tour», con el decorativo «Rancho flotante» y un envase pobretón engalanado con moñitos y gotas de pintura de Marcelo Pombo. Así, deja a la vista las relaciones estrechas que establece el espíritu de los tiempos entre tendencias aparentemente opuestas. El arte es el soporte existencial de ambos; y una profesión para los artistas surgidos en el nuevo siglo, como Catalina León, Leo Estol, Matías Douville y Miguel Mitlag.
Lo cierto es que hoy, en el contexto infantil creado en el Malba, la forma de un muñeco apenas insinuada por la escultora Elba Bairon, resulta conmovedora, y lo mismo ocurre al observar las tintas de Eduardo Stupía, presentadas como un juego de borrones y chorreaduras, al ver la estructura de Cristina Schiavi utilizada como un mueble escolar, o la dulce mano de cuento de hadas de Alejandra Seeber, un despertador para los recuerdos.
En el Museo, las geometrías de Fabián Burgos y Sergio Avello, la ciudad de Pablo Siquier y el edificio de Gordín; la forma de plástico restallante de Kacero, el esplendor de la mesa cargada de cerámicas de Leo Battistelli, los marcos luminosos de cuentas de colores de Román Vitali y la «magia» de Daniel Joglar, entre otras obras, dejan un resabio nostálgico, hablan de un tiempo muy cercano que está en el pasado. Mirado desde la distancia, se trata de un momento de la historia del arte argentino que es inconfundible en lo formal, y que se aparta de las uniformes tendencias dominantes del circuito internacional.
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