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Las razones de la “reforma”
Propios y ajenos admiten que se trata de una práctica corriente de los bancos centrales «ortodoxos». Los activos de esos bancos, creados con la compra de deuda pública de Estados en default virtual, son naturalmente ficticios. Entre esos «activos» hay también deuda privada incobrable de bancos privados y empresas. En general, la proporción de esos activos «basura» sobre el oro y las divisas extranjeras en los balances de la banca central, es de 80 a 20. La reforma en cuestión «eleva» a la Argentina a los países del «Primer Mundo».
El interrogante es por qué el Gobierno ha demorado tanto tiempo en «actualizarse». La respuesta es que no tiene los recursos para pagar la deuda externa y mucho menos la que transfirió a la ANSES, el Central y el PAMI, ni para financiar su gestión corriente. El Estado federal (Nación y provincias) ha vuelto a una situación de quebranto, como la que ha llevado a esos «reputados» bancos (no incluyen al de China y muchos otros) a emitir, desde 2007, unos diez billones de dólares. La Argentina no tiene los 15 mil millones de dólares para pagar los vencimientos e intereses de la deuda exterior, en momentos en que asoma el déficit en cuenta corriente y la presión de la salida de capitales. Esto explica la reglamentación extrema impuesta a las importaciones.
El otro aspecto de la «reforma» es que autoriza una duplicación del porcentaje del dinero que el BCRA puede «adelantar» al Gobierno, en relación con la recaudación impositiva y la circulación monetaria, para financiar el déficit del Tesoro. Se calcula un adicional de 50 mil millones de pesos. El balance del Banco Central se poblará de Letras, papelitos de improbable cobro futuro. Este financiamiento echará más leña al fuego de una inflación que ya es del 25%. La «reforma» obliga a los bancos a integrar en el Banco Central el efectivo que tienen sus cajas, con la finalidad de contener el multiplicador de la emisión. Pretende así emitir menos deuda propia para absorber los «excesos» de la base monetaria.
Algunos medios oficialistas sostienen que una emisión de moneda a cambio de papeles o títulos ficticios o de quiebra no sería inflacionaria, como lo demostrarían los precios «planchados» en Europa y Estados Unidos. El argumento supone que la emisión se evapora, ya que no financiaría la producción (que en Europa y Estados Unidos no crece) ni el aumento de los precios. En realidad va a la especulación inmobiliaria, a la de materias primas, a la deuda pública de los países «emergentes» e incluso a las Bolsas. ¡Por algo sube el oro!
Marcó del Pont, presidenta del Central, ensayó una justificación: «O esto o el ajuste», pero ya estamos aquí, porque los tarifazos e impuestazos son corrientes.
El combate al «ajuste» es un pretexto. La calificadora Moodys acaba de revelar que las empresas argentinas tienen «un elevado riesgo de liquidez» y una «fuerte dependencia del crédito bancario, sin el cual no podrían cancelar gran parte de sus compromisos pendientes». Alude a un lote de empresas de primera línea -como YPF, Loma Negra, Aluar y Garbarino, entre otras- que tienen un nivel de deuda privada «mucho más elevado que el resto de los países del mundo». Una parte importante de ella «es en moneda extranjera». Es, precisamente, lo que ha ocurrido en el conjunto de la economía mundial, incluida la humillada Grecia, donde la llamada deuda privada superaba, en las vísperas de la bancarrota, la deuda pública. Cuando afuera el interés es del 1-3% y en la Argentina del 16% al 20% (tasa Lebac), el endeudamiento privado no debería sorprender.
La crisis capitalista ha producido en todos los países un revivir de los «sentimientos nacionales y estatales» en materia de moneda y de bancos. Pero la capacidad del Estado y de los bancos centrales para rescatar al capital sólo puede ser puntual -no para el capitalismo en su conjunto-. Los bancos centrales agotaron hace tiempo su función histórica: regular la anarquía del crédito (emisión privada de moneda) y concentrarlo en grandes conglomerados. El capital bajo la forma de reclamos electrónicos (mercado de derivados) supera en más de veinte veces las reservas mundiales netas de los bancos centrales. Éstos se han convertido en el funcionariado de ese capital ficticio. El empeño regulatorio de los bancos centrales fue barrido por la especulación financiera.
(*) Dirigente del Partido Obrero.


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