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Laureana, el serial que la sociedad decidió olvidar
Se llamaba Francisco Antonio Laureana y tenía 35 años allá por noviembre de 1975. Muy pocos recuerdan o conocen este nombre, especialmente porque por entonces, cuando la Presidencia de la Nación era ocupada por María Estela Martínez de Perón, había una suerte de acuerdo tácito para no publicar muchas crónicas policiales en medio de la violencia social que destrozaba al país.
Atacaba especialmente los miércoles y jueves cerca de las 18 y las víctimas eran mujeres que estaban solas en sus casas. Las sorprendía tomando sol, en la pileta o dentro de una habitación. Las violaba y las asesinaba estrangulándolas o de un balazo. Y tenía una característica que repetía en cada caso: se llevaba como souvenir una prenda íntima, un anillo o una cadenita.
Laureana fue un artesano correntino que se había mudado a San Isidro junto con su esposa y tres hijos. La mujer jamás sospechó nada extraño de su marido: es más, dijo que lo único malo de él era que conducía como un loco un viejo Fiat, por lo que nadie lo quería acompañar. También les contó a los policías de la entonces Brigada de San Martín que cada vez que salía le pedía que cuidara a los chicos, "porque hay muchos locos sueltos en la calle".
La prueba fue contundente, o al menos se la presentó de esa manera. Laureana, que tallaba figuras gauchescas en madera que después vendía en la calle, tenía un pasado oscuro: había sido seminarista en Corrientes, de donde tuvo que fugarse acusado de violar y ahorcar con una soga a una monja. Cuando allanaron su casa, en el interior de una bota, encontraron pequeños anillos y aros que habían sido robados a las víctimas de los ataques. Era un fetichista que quería recordar a cada una de sus víctimas, dijo un especialista que trabajó en esa época en la Bonaerense.
Los hechos se sucedían en San Isidro y el temor fue creciendo hasta que apareció el identikit del acusado, a partir del relato de un sobreviviente. El dibujo tenía una breve información: "Altura: 1,70; andar: ágil y esbelto; acento: norteño o de país limítrofe". Esos datos, y el identikit, fueron suministrados a partir del relato de un hombre que lo cruzó cuando Laureana escapaba de un ataque. Ese testigo fue baleado, pero sobrevivió para contarlo.
En noviembre de 1975, una vecina de San Isidro llamó a la Policía y dijo haber visto a un hombre muy parecido al identikit que habían dejado en su casa. Los agentes intentaron identificarlo, pero dijeron que el sospechoso les disparó y ellos abrieron fuego. Primero recibió un balazo en el hombro, aunque siguió tirando y se metió en una casa, donde se escondió en un gallinero, con tanta mala suerte que lo mordió un perro, salió y lo encontró la Policía. Fue abatido. Según las crónicas de entonces, llevaba en un bolso un revólver, una pistola y un pistolón calibre 14.
Si bien nunca quedó claro cuántas mujeres mató, se sospecha que fueron más de diez. Lo cierto es que, con la muerte de Laureana, cesaron los brutales ataques en San Isidro.


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