Lehman 2° parte: la película que no fue

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¿Atracción fatal? El mundo rozó otro momento Lehman. Grecia llevaba curso de colisión hasta que hubo fumata blanca y el tándem Sarkozy-Merkel, a último minuto, corrigió el timón. Aún así, se estuvo a un tris del accidente. Como pasó cuando Lehman, se tenía en mente un epílogo con el consabido quiebre de cintura. Sólo que en 2008 nadie arrugó. No hubo red y fue un salto al vacío. Aquí Alemania depuso sus objeciones. Y facilitó el acuerdo. La lección de Lehman tiene que haber pesado. Tal vez no tanto la imagen del pandemónium (después de todo, el titular del Bundesbank, Jens Weidmann, no tuvo empacho en afirmar que el euro soportaría el «default»). Lo decisivo habrá sido recordar que se pudo dejar caer a Lehman, pero no permitir que se hundiera AIG ni nadie más. Mejor mantener el tapón en su sitio, con todos sus bemoles, que removerlo cuando no se tomó el recaudo de contar con otro recurso a mano. Ocuparse de Grecia no será gratis, pero voltearla sin un programa de contingencia, para tener luego que rescatar al mundo, era una opción prohibitiva.

Europa es incorregible. Discute el árbol, pero lo que importa es el bosque. Que si tala el crédito soberano de Grecia o no, cuando lo que cruje es la misma unión europea. Que los planes en discusión no se puedan llevar adelante no evita, por cierto, la discusión. La película de las desavenencias muestra un liderazgo alemán rotundo como si Europa fuera su patio trasero. Para que no haya dudas sobre quién es el patrón, siempre existe un acuerdo que, luego, Berlín hace trizas. Esta vez, el protagonismo lo encarnó Werner Schauble, el ministro teutón de Finanzas. Durante un mes, media Europa debió dar explicaciones que no convencieron nunca al funcionario. Si bien se mira, la discordia se gestó por una materia accesoria. Definida la voluntad de rescatar nuevamente a Grecia, tocaba luego distribuir el costo de la factura. Así, la participación del sector privado se tornó en el eje de la disputa. Las propuestas en pugna: una invitación al «estilo vienés» -donde la coerción se ejerce guardando las formas de una aceptación voluntaria- o, la moción de Schauble, el cepo de un canje forzado, más efectivo en la recaudación, pero rayano en el «default» que es precisamente lo que el rescate pretende esquivar. La controversia no pudo ser más agria -nunca el BCE se enfrentó tan abiertamente con la política- más la foto final fue la de costumbre. Francia y Alemania, recortados del resto de la Unión Europea, laudando una salida que, como siempre, es aquella a la que Alemania de motu propio se opone (aquí sí representada por su más alta autoridad, Angela Merkel). Es un mecanismo extrañísimo de toma de decisiones (el mismo que permitió que Grecia ingresara al club de Maastricht con un endeudamiento del 100% del producto bruto) por el cual Alemania avanza con las cuestiones espinosas pero descarga el costo político en terceros. ¿Asunto terminado? Cabría esperar que sí, aunque no hay garantías. En la medida que los auxilios no den resultado, y no se acierte en el abordaje de los problemas colaterales, se abrirán otros frentes de controversia más adelante (incluyendo a Grecia en una probable tercera instancia). Europa prueba que el costo de la austeridad, cuando fracasa, puede ser más caro que la estrategia dispendiosa del estímulo.

El tendal de heridos es muy grande. No son sólo los sospechosos de siempre. Italia y los bancos franceses quedaron en la mira de una revisión crediticia a la baja. Habrá que convencer a Irlanda de no blandir el hacha sobre las obligaciones senior de dos de sus bancos. La confrontación entre el BCE y la política saltó el vallado de la discreción cuando la situación demanda estrecha colaboración. El empeño del BCE en reducir su hoja de balance es el hilo conductor de la crisis europea (basta comparar su trayectoria con la de los EE.UU. y tomar en cuenta que allí también la deuda carga con una cruz: el «techo» fijado por el Congreso). Además el BCE alienta otra suba de tasas de interés en dos semanas. Tamaño celo contrasta con su rechazo a todo conato de refinanciación de deudas (lo que sólo puede sostenerse si la Unión Europea cubre los faltantes de caja). Así como el BCE piensa que hay que consagrar las Tesorerías a velar por la estabilidad financiera, los gobiernos tienen su propia idea sobre cuál debería ser el papel de la política monetaria (y hubieran ampliado el programa de compras de bonos, hoy congelado). No hay signos de progreso ni en los temas en los que hay acuerdo -la «invitación» a los acreedores privados a sumar su contribución tendría que formularse ya para evitar la desbandada y habría que capitalizar en paralelo a la banca- sino un crescendo de la confrontación en disputas tan burdas como la presión pública (por parte de Sarkozy y Berlusconi) sobre Lorenzo Bini Smaghi para que renuncie al BCE de manera que no haya dos italianos en posiciones de relieve cuando Mario Draghi asuma la jefatura del banco central en octubre. No sirve el inventario de los daños si no se anota la erosión que la crisis crónica impone sobre todo el mapa político regional. No se gana tiempo cuando el tiempo de los moderados se agota.

Que en ese mar cargado de tensiones la Bolsa haya podido navegar sin sufrir mella es buena noticia. Después de seis semanas consecutivas en baja, el Dow Jones y el S&P 500 quebraron la mala racha y forjaron un repunte. La última vez que algo así ocurrió fue en 2002: marcó el piso de un mercado bear (bajista) y derivó en una embestida que no se agotó hasta 2007. No son, desde ya, los mismos tiempos. No cabe abrigar tales aspiraciones. Pero sirve corroborar la resistencia de la Bolsa para soportar el chubasco sin amedrentarse con el fantasma de otro Lehman y sin quebrar siquiera el umbral de una corrección ordinaria.

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