16 de junio 2009 - 00:00

Leopoldo Maler, el arte como ritual y celebración

«Silencio» (imágenes proyectadas de una paciente, y a su lado una enfermera real), obra de Leopoldo Maler, artista argentino que recuperó el origen ritual del arte mediante el cruce entre las artes visuales y el teatro.
«Silencio» (imágenes proyectadas de una paciente, y a su lado una enfermera real), obra de Leopoldo Maler, artista argentino que recuperó el origen ritual del arte mediante el cruce entre las artes visuales y el teatro.
«Me gustaría andar por el mundo organizando grandes fiestas de bodas y nacimientos, ceremonias de despedida y bienvenida. En suma, haciendo todo aquello que cuando es gozado en común con otros seres humanos, quita a la palabra 'artista', el sentido de hombre aislado dentro de la sociedad». Esta cita con la que, hace más de veinte años habíamos iniciado nuestro capítulo sobre Leopoldo Maler en el libro «Del pop art a la nueva imagen», expresaba un deseo que se ha cumplido.

En más de cuatro décadas de trayectoria, en los aspectos ceremoniales de sus propuestas que plantean un cruce entre las artes visuales y el teatro, Maler ha recuperado el origen ritual del arte.

Maler, que está en Buenos Aires en uno de sus innumerables viajes de ida y vuelta, nació en esta ciudad en 1937. Estudió derecho y se doctoró en 1960. Al año siguiente se instaló en Londres donde realizó cursos de posgrado. En 1963 trabajando en los servicios al exterior de la British Broadcasting Corporation, abandonó la abogacía y se inició en el universo del arte. Ingresó a la Royal Shakespeare Company donde se familiarizó con la producción de espectáculos. El cine siempre lo atrajo, y hoy su hijo David estudia en la Universidad Antín. Su primera obra fue el cortometraje «Men in Silence» (Hombres en silencio), basado en los dibujos de un prisionero.

De regreso a Buenos Aires participó en happenings y experiencias de mediados de los 60, junto a otros artistas como Lamelas, Minujin y Santantonin. «Caperucita Rota», de 1966 fue una pieza teatral con proyección de diapositivas y catorce bailarines, montada para un locutor de radio que actuaba como relator de la historia y reemplazaba al lobo del cuento original. En 1967 realizó en la galería Rubbers la irónica «Exposición de una inauguración» (inversión de Inauguración de una exposición). Su interés se dirigió a la elaboración de un «clima» por medio de imágenes y, por ello, Maler se refirió a sus obras como situaciones.

De nuevo en Londres y en la BBC presentó en el Art´s Laboratory de Drury Lane, «Listen Here Now «(Oigan ya), pieza para tres locutores, violín y tambor, en la que continuó la línea de «Caperucita Rota» en el sentido de la ambivalencia entre la realidad y esa versión de la realidad que ofrecen los medios de comunicación de masa que implica un confuso juego de apariencias. En 1969 presentó «Outrage» (Ultraje), en Round House, que conmemoraba la masacre de Sharpeville; y «X-IT», seis obras coreográficas en las que, además de bailarines, empleó motoelevadores. La propuesta ritualizaba las grúas para sacarlas del contexto operativo propio de la sociedad industrial y que junto al hombre recuperasen la libertad y el sentido del movimiento.

Al año siguiente reiteró esa experiencia en la sala The Place con «X-IT 2». El alunizaje había mostrado un tipo de desplazamiento inédito, una hazaña científica devino en un acontecimiento artístico, una danza. «Si se acepta que la coreografía es la organización del movimiento en cierto espacio y de acuerdo con un cierto número de reglas, tanto un partido de fútbol como el despegar de un avión pueden ser tomados como ballets», dijo Maler.

Con estas exploraciones, inició su itinerario hacia propuestas que rondaban el precario equilibrio existente entre las artes visuales y el teatro. En «Playback 625», que dirigió en el Royal Court Theatre, según libreto suyo y de Simposon, planteaba la incomunicación de la pareja y el deterioro del diálogo ante la imperiosa presencia de la televisión. Otorgó un sentido nuevo a formas tradicionales como la danza, la radio, la televisión y particularmente el cine. Empleó imágenes fílmicas como parte de sus obras.

Presentada en el Camden Art Center, «Silencio», 1971, fue la palabra escrita en un cartel luminoso sobre la pared de un cuarto de hospital, con una cama construida con tubos de neón sobre la que se proyectaban las imágenes filmadas de una anciana enferma, y a su lado estaba sentada una enfermera real. Ese mismo año, en el Camden Art Festival realizó «Crane Ballet» (Ballet de grúas), para la que utilizó tres grandes grúas, tres acróbatas y quince bailarines para un espectáculo desarrollado al aire libre en una plaza.

En «Q», la propuesta se iniciaba en la calle, con una fila de maniquíes junto a la puerta de la galería en la congestionada esquina de las calles Arkwright y Finchley. En sucesivos momentos que denominó «tres escenas para el tiempo perdido», Maler señalaba cuánto hay de efímero y rutinario en la vida cotidiana.

En Liverpool estrenó la ópera «Carnem et Ciclum», alusión deformada de «pan y circo» de los romanos, que procuraba otro rescate de la naturaleza humana. Produjo también un ballet sobre Popol Vuh, el libro sagrado de los quichés de Guatemala.

Dos años más tarde, de regreso en Buenos Aires, con motivo del asesinato del periodista de la Plata Kraiselburd -pariente cercano-, presentó «Homenaje»: una vieja máquina de escribir de cuyo carro salían llamas en lugar de papel. Otra obra vinculada con ese tema fue «Mortal Issues» (Asuntos mortales), 1977, realizada en la galería Whitechapel de Londres, dirigida por la reconocida crítica inglesa Jasia Reichardt, que viajó a Buenos Aires como jurado de «Escultura, follaje y ruidos» organizada por el CAYC.

«Mortal Issues», con el subtítulo «Santuario con figuras y con fuego», proponía una parábola no sólo sobre la muerte y lo efímero de la vida humana sino también sobre el significado arte. En aquel año también en el Museo de Artes y Ciencia de la Universidad de México, «Fuente de reflexión» que planeaba observar el fin de una civilización standardizada y sus consecuencias posibles derivadas de la uniformidad sociobiológica.

Con «La última cena», integró la propuesta colectiva presentada por el Grupo CAYC en la XIV Bienal Internacional de San Pablo, en la que el Grupo obtuvo el Gran Premio y U$S 15.000, otorgados por un jurado internacional. En la XXXIX Bienal de Venecia de 1980 realizó en la plaza San Marcos su singular performance, «Forno, Fuoco, Forma» (Horno, fuego, forma). Realizó numerosas obras monumentales, entre otras, comisionado por el gobierno francés, un monumento en la isla de Guadaloupe (1994); otro en Suwon, con motivo de la celebración del Mundial de Fútbol en Corea del Sur en 2002; y en una plaza de Oporto, Portugal en 2004. Ese mismo año, en la ciudad de Puerto Rico, llevó a cabo la performance Metrobolismo en la que concentró ciento veinte automóviles de tres colores -blanco, rojo y amarillo - en tres puntos de la ciudad. Siguió sus itinerarios a través de una estación de radio, desde un helicóptero que sobrevoló la zona y se tomaron fotografías para documentar la interacción con los colores.

«A través de sus metáforas visuales plantea su nivel de compromiso y su conciencia colectiva. El resultado final son obras abiertas que permiten la participación del espectador, en ocasiones por la vía de la provocación», escribió María Elena Ditrén, directora del Museo de Arte Moderno de Santo Domingo, donde Maler presentó su muestra «Artodelharte» en 2006.

Dejá tu comentario