La periodista Stephanie se acerca a Jesse Rosenberg, oficial de policía homenajeado por haber descubierto el autor de un cuádruple crimen veinte años atrás, y le dice: “Esto es una farsa, usted se equivocó”. Lo que Rosenberg debe solucionar ahora es “La desaparición de Stephanie Mailer” (Alfaguara) punto de partida de la cuarta novela de Joël Dicker, thriller que lleva a no despegarse de sus más de 600 páginas de puzzle policial. El suizo Dicker no ha dejado de crecer desde “Los últimos días de nuestros padres”, opera prima que lo convirtió en “fenómeno planetario”, algo que ratificaron “La verdad sobre el caso Harry Quebert” y “El libro de los Baltimore”, con diez millones de ejemplares que vendieron internacionalmente. Dialogamos con él en su primera y breve visita a Buenos Aires.
Dicker: "El objetivo es salir a buscar al lector que no lee"
Atento al mercado, su escasa obra ya vendió millones de libros.
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Periodista: ¿Las series de los streamings le están sacando lectores a los best sellers?
Joël Dicker: Esperemos que no. Es mi deseo. Se debe promover el sentido de la responsabilidad y explicar que la literatura es algo que nos constituye. A veces me encuentro con gente que me dice que no leía y que ahora, cada tanto, se engancha con un libro. Eso son los lectores fundamentales, los que tenemos que salir a buscar. Los narradores no debemos pensar en los lectores que van a las librerías sino en los que no se dan cuenta de que les gusta leer. Hay que ir a buscarlos, y para eso sacarle el polvo al oficio de escritor. Mostrarles que una serie y una novela ofrecen experiencias diferentes. Creo que, a la vez, hay que volver a poner a los escritores en escena, como lo estuvieron en el pasado, como lo están los futbolistas, los actores, los políticos, los periodistas. Supone un desafío pero es culturalmente importante.
P.: ¿Ese atractivo es el que consiguieron los thrillers nórdicos, que tienen como modelo la serie “Millenium”, y que luego pasó ser serie de televisión?
- D.: Ese caso muestra que las series de televisión no inventaron nada. Con calidad cinematográfica ofrecen algo que ofrecieron desde el principio. Se toma lo que la novela siempre hizo, que se intensificó con las novelas del siglo XIX, las de Alejandro Dumas, las de Víctor Hugo, las de Dickens. Novelas que aparecían como series en los diarios. Hay que condensar una novela para poder contarla en las dos horas de una película. Las series se han permitido avanzar hacia una mayor fidelidad con el libro. Es un formato que permite contar lo que cuenta el libro. A su vez eso ha hecho que mucha gente volviera a leer. La serie “El cuento de la criada” hizo que muchos fueran a buscar la novela de Margaret Atwood. En ese sentido se podía hablar de un regreso a la literatura. Es el reencuentro con la creación que lleva a la imaginación y el esparcimiento.
P.: Su novela “La verdad sobre el caso Harry Quebert” se convirtió en best seller, se tradujo a treinta y tantos idiomas, y fue convertida en serie por Jean-Jacques Annaud.
- D.: Con mi editor tuvimos una cantidad de propuestas de llevar ese libro al cine que descartamos porque no garantizaban que acompañarían bien a la novela, pensamos que era mejor no hacer nada, hasta que llegó Annaud y dijo que el libro no entraba en una película así que nos proponía hacer una serie. Y fue un logro.
P.: ¿Por qué un escritor suizo elige Estados Unidos como escenario de sus novelas?
- D.: Conozco a fondo la Costa Este, desde la adolescencia. Me es fácil construir allí mis historias, me da distancia, libertad al imaginar. Un universo cotidiano como el de Ginebra no es una buena plataforma para desplegar una intriga ficticia, un thriller violento, el enigma de un crimen o una serie de crímenes; eso no significa que no use a Ginebra como escenario en una próxima novela.
P.: ¿El morbo juega un papel en el atractivo de las historias de crímenes?
- D.: No, creo que el lector quiere entender cómo puede suceder algo así, cómo alguien llega a cometer un crimen. El thriller permite colocarse en distintos personajes y perspectivas, y preguntarse: y yo, ahí, ¿qué habría hecho? Esa proyección personal nos revela algo de nosotros mismos. En mis personajes hay siempre algo que está en ellos y que no quieren compartir, y eso, justamente, los vuelve cercanos. Uno se puede pasar la vida con una persona sin saber quién es, porque no nos interesa, porque no somos capaces de hacer las preguntas adecuadas, porque preferimos no hacerlas, y la incomunicación es finalmente catastrófica.
P.: ¿Trabajó mucho en la planificación de “La desaparición de Stephanie Mailer”?
- D.: No hice ningún plan. Con un plan no habría seguido la vida de 30 personas. Es más, si hubiera tenido la idea global la habría descartado por absurda, pero paso a paso la historia se fue haciendo real, la intriga crecía a cada paso. Si avanzo es porque sé adónde voy. Después vienen los ajustes que hacen que la obra funcione, que el lector se sienta inmerso en lo que se relata. Para eso lo que se cuenta debe ser simple, claro, sencillo, profundo e intrigante. Un buen thriller demuestra la pericia, la astucia del narrador. Ofrece al lector vivir una aventura.
P.: ¿Ahora qué está escribiendo?
- D.: Voy a hablar de mi editor, Bernard de Fallois, que murió en enero y fue alguien muy importante para mí. Era un hombre fuera de lo común que tenía un sentido excepcional de la edición. Será un libro. Bueno, todas mis novelas son distintas.


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