- ámbito
- Edición Impresa
Lila Downs, una artista en busca de la identidad
Lila Downs, artista y antropóloga: “Después de escuchar por primera vez a Mercedes Sosa, supe que lo mío sería el canto”.
"Es así, y me pasa desde pequeña", dice en el comienzo del diálogo con este diario. "Siempre sentí el rechazo de mis vecinos. Imagínese: padre yanqui y madre indígena; yo era diferente, no cuadraba en ninguno de los dos lados".
Lila Downs arrancará la parte sudamericana de la gira presentación de "Balas y chocolate" el viernes 14 en el teatro el Círculo de Rosario. Pasará luego por el Espacio Quality de Córdoba (15/8), el Auditorio Ángel Bustelo de Mendoza (17/8), Santiago de Chile (19/8), el Gran Rex de Buenos Aires (21 y 22/8) y La Paz en Bolivia (27/8). Concluirá en el Auditorio del Sodre de Montevideo el sábado 29. Y anuncia que regresará a Buenos Aires en marzo del año que viene.
Periodista: ¿De allí que esas contradicciones se plasmaran en su música años después?
Lila Downs: Porque estaba la necesidad mía de buscar una manera de traducir hacia ambos lados, para que indígenas y blancos se conocieran mejor en sus respectivas culturas. Y ha tenido su aspecto muy bueno. A lo largo de mi vida me he relacionado con facilidad con gentes diversas, en lo humano y en lo artístico.
P.: Sin resentimientos futboleros.
L.D.: Fíjese que en ese punto, sin que el fútbol me interese demasiado, me da de ponerme del lado del más pobre. Yo vengo de una madre que tiene un pensamiento de derecha y que viene de cuna humilde, que se hizo a su propio esfuerzo. Viví mucho tiempo en Nueva York, tengo un esposo norteamericano. La mezcla es lo más puro en mí.
P.: ¿Siempre supo que sería cantante?
L.D.: Siempre me gustó cantar. Me formé. Pero mi madre, por esa cuestión de clase de la que hablaba, quiso que yo tuviera una profesión, que hiciera una carrera. Así fue que estudié y me recibí de antropóloga. Me parece que, más allá de satisfacer ese deseo de mi madre de tener una hija universitaria, elegir esa carrera que me gusta mucho- fue un modo de querer encontrarme a mí misma, de entender quiénes somos verdaderamente. Como dato nomás le digo que cuando nací y mi madre vio que yo no tenía la piel blanca y los ojos claros, se puso a llorar. Por todo su sufrimiento, creo yo, estaba en ella cierto rechazo a todo lo indígena y una necesidad de identificarse con lo europeo. De modo que la antropología me recibí con una tesis sobre los huipiles de San Andrés Chicahuaxtla- fue también un modo de ir hacia mis raíces y rehacer mi historia.
P.: ¿Por qué terminó siendo artista entonces?
L.D.: Es que por esos tiempos de estudiante escuché a Mercedes Sosa y supe que lo mío sería el canto. Después, vendrían los líos, sobre todo para quienes han tenido la tarea de venderme. No saben si soy pop, si soy folklórica, si soy parte de la industria o quiero romper con ella. Y honestamente, me siento cómoda en ese sitio, fuera de las categorías habituales. Recuerdo que cuando empecé me sugerían que, aprovechando mi aspecto físico bien mexicano, pusiera más el acento en las rancheras, en los boleros, que fuera en la línea de Chavela Vargas. Pero mis necesidades siempre han sido otras. Por eso, otra vez, tanto en lo humano como en lo artístico, siempre sentí que no todos los yanquis eran el diablo y que México y los Estados Unidos estaban unidos en mí en igual dosis de afinidad y de distancia.
P.: En tiempos en que suele trabajarse más sobre canciones que sobre obras integrales, usted prefirió hacer un álbum como "Balas y chocolate" que tiene mucho de conceptual. ¿Por qué?
L.D.: Eso puede, como todo en mí, ser variable. En este caso, me encontré con un artista plástico zacatecano maravilloso como Humberto Valdez. Le pedí que dibujara sobre varios de los personajes de las canciones, partiendo de la idea de que el disco hablaría sobre el México triste. Así, armó el arte de tapa con la calavera, la araña, el alacrán, el ojo de Dios, el rifle, el Mictlan (la ciudad de los muertos), la mano negra, el Sol, la Luna, etc. Las balas y el cacao, que hoy es un placer que podamos darnos comprando un chocolate en cualquier esquina, son parte de la historia más dura de México, cuando ese cacao era moneda de cambio que costó muchas vidas. Mi país está en permanente diálogo con la muerte y aún en el presente es un sitio lleno de esos sentimientos. Es un disco que habla de las cosas que sentimos, a través de varias canciones que hicimos con mi esposo, el saxofonista y arreglador Paul Cohen, a las que sumamos otras de Luis Méndez Almengor, Alberto Aguilera Veladéz, Jesús Rosas Marcano y Cirino Paniagua García. Y tuve la suerte de contar como invitados con dos amigos a los admiro muchísimo: Juanes en "La patria madrina" y mi Dios, mi compatriota, el gran Juan Gabriel en "El farsante".
P.:¿Cómo serán estos conciertos sudamericanos?
L.D.: Haremos las canciones de "Balas y chocolote" pero también habrá varios de los clásicos de mi repertorio. En todos los casos, serán canciones que hablen de las cosas que sentimos. El álbum nuevo es el motor pero aquí estará, como siempre, lo que es el eje de mi vida. El arte es lo que en definitiva nos salva; es lo que permite que al día siguiente de las desgracias las cosas vuelvan a estar bien.
Entrevista de Ricardo Salton


Dejá tu comentario