Liliana Porter abre un nuevo capítulo en Ruth Benzacar

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  Liliana Porter ha vuelto a la Argentina y presenta en la nueva sede de la galería Ruth Benzacar en Villa Crespo una obra tan teatral como significativa: "Reparar el piano y otros compromisos", la continuación de la muestra "El hombre con el hacha y otras situaciones breves", exhibida el año pasado en el Malba. En este nuevo capítulo, Porter intenta reparar la catástrofe del hombre que con un hacha había destrozado un piano además de quebrar y romper gran parte de sus objetos y personajes. La artista compensa ahora la violencia expresada en ese pasado reciente, con una serie de gestos reparadores. La fórmula que caracteriza a Porter es el perpetuo afán de suscitar una sonrisa, el deseo de que las cosas "estén bien", de componer las situaciones ingratas que depara la vida y tornarla más llevadera.

Las cuestiones de este universo, incluso las más oscuras, están representadas por muñequitos, juguetes y objetos de lo más diversos que facilitan la comprensión de las situaciones más terribles.

Ninguna de las dos muestras, ni la de ese pasado desolador que presentó el Malba, ni la de un presente en el cual se corrige y restaura el destrozo, hace referencia al contexto en el cual se desarrolla la acción. Radicada en Nueva York desde 1964, Porter mantuvo siempre sus lazos con el país y regresó con dos exhibiciones poderosas. El atractivo visual de "El hombre con el hacha..." y de "Reparar el piano y otros compromisos", corre parejo con la dimensión conceptual.

Con su forzado optimismo y el gesto positivo de levantar ese mismo piano que ayer estaba destripado para ponerlo de pie, la artista demuestra la intención de cambiar el destino. Ella cuenta que ha leído a Swedenborg -el "mago" que sedujo a Borges- y su "Arquitectura del cielo". En el medio de la sala hay personajes derramando sustancias mágicas, arenas azules, polvos brillantes. En "La función social de arte", Apollinaire observa: "Los poetas y los artistas determinan de común acuerdo el aspecto de su época y el porvenir, dócilmente, se aviene a su parecer". Nuestra artista acaba de cambiar todo lo que está en sus manos: dio vuelta la desventurada imagen del piano patas para arriba, ordenó un territorio devastado y, después, preparó la escena de una bienaventurada reconstrucción. Con el mismo empeño con que en "Cien años de soledad", García Márquez renombró la silla, la vaca y las cosas, Porter dibujó otra vez el círculo, el triángulo, el infinito. Ambos advierten que la gente ha olvidado cómo se llaman las cosas y para qué sirven las cosas.

Para esta ocasión especial, la artista trajo consigo el elenco completo de actores. Los personajes como el pollito despeinado, fanático de Fidel Castro, o los muñecos de cerámica (uno de ellos decapitado en la muestra del Malba) hacían sus apariciones en fotos o filmaciones. Hoy, ostentan su vulnerabilidad sobre un estante. Con una ternura infinita aunque también con ingenio, Porter les infunde elocuencia, identidad y hasta un alma a sus objetos y muñequitos que cumplen tareas a veces titánicas en este mundo. Un mundo en permanente cambio que se deshace, con caminos que se enredan y confunden. Después de la tragedia del hacha, la obra se percibe excesiva y compleja.

Desde los inicios de su carrera, Porter explora "las relaciones entre el mundo y los sistemas mentales que lo ordenan y explican, con la intención de superar el aparente caos de las circunstancias y encontrar un horizonte de sentido", así lo señaló entonces el crítico Martín Crosa y destacó los rasgos de una "niñita aplicada" que realiza una tarea difícil.

La galerista Orly Benzacar sugiere la posibilidad de cotejar estas nuevas expresiones con la serie de los "trabajos forzados". Entre esas obras hay un pequeño hombrecito empeñado en devastar una madera que, a simple vista, supera al menos cien veces sus fuerzas y su tamaño. El mismo heroísmo le demanda la artista a una tejedora con ovillo de lana tan inmenso que va a dejar la vida si pretende tejerlo. Las misiones de toda esta serie eran, desde el inicio, imposibles.

Liliana Porter es una figura consagrada en el circuito internacional. El espacio ganado en los museos del mundo, aquellos que en realidad cuentan, se remonta a sus primeros trabajos conceptuales, unas obras donde contrapone lo real (un hilo de verdad) a lo aparente (la foto del clavo que lo sostiene).

En la actualidad la producción de Porter ha cambiado y resulta inevitable cotejar sus ficciones con la realidad. Ella cuenta que lee a Oscar Wilde, quien aseguraba que la vida debe imitar al arte. En este caso, el arte pone en evidencia la necesidad de ponerle fin a las fuerzas empeñadas en destrozarlo todo, mientras se inaugura el tiempo de reunir lo que sobrevivió a la tormenta. "Cada obra de arte es el cumplimiento de una profecía. Porque cada obra de arte es la conversión de una idea en imagen. Cada ser humano debe ser el cumplimiento de una profecía. Porque cada ser humano debe ser la realización de un ideal, o en la mente de Dios o en la mente del hombre", sostenía Wilde.

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