11 de enero 2011 - 00:00

Liliana Porter y sus poéticas escenas de la vida moderna

Los laboriosos pequeños personajes de Liliana Porter muestran que no hay límite alguno para la ambición y, al mismo tiempo, que todas las misiones son imposibles.
Los laboriosos pequeños personajes de Liliana Porter muestran que no hay límite alguno para la ambición y, al mismo tiempo, que todas las misiones son imposibles.
Punta del Este - La consagrada artista argentina Liliana Porter pasó unos días en su casa de Punta Ballena y el viernes pasado, antes de regresar a Nueva York, ciudad donde está radicada desde la década del 60, presentó una exhibición de dibujos, collages, objetos, pequeñas instalaciones y videos, en la Galería del Paseo, en la zona de Manantiales.

La muestra se abre con un pequeño hombrecito empeñado en devastar una madera que, a simple vista, supera al menos cien veces sus fuerzas y su tamaño. La lucha resulta heroica. Con el mismo voluntarismo del personaje que empuña su hachuela, hay una tejedora en plena labor. La mujercita tiene a su lado un ovillo de lana rosa tan inmenso y su figura es tan diminuta, que todo invita a conjeturar que tejerlo le demandará la vida entera. Entre otras proezas figura la que ejecuta un joven flautista, apaciguando la ferocidad de un tigre con su música, y la del pintor sentado sobre un breve cubo blanco quien, con un diminuto pincel en su mano, logró desplegar sobre la pared una línea errática pero tan extensa, que sobrepasa largamente sus posibilidades. En todo caso, no hay límite alguno para la ambición, pero la mayor parte de las misiones son imposibles. El personaje que carga sobre sus hombros dos baldes de pintura negra está superado: la cantidad de pintura que derramó en el piso sobrepasa varias veces la que transporta en esos mínimos dedalitos.

Este «dripping» inesperado que se extiende por la pared, es una de las referencias a la tarea artística. Al observar las obras se abre, como los pliegues de un abanico, un universo de posibilidades interpretativas acerca de estos fenómenos de escala. En el catálogo de la muestra, Porter señala: «Estas viñetas teatrales, son comentarios visuales que hablan de la condición humana. Lo que me interesa detrás de ellas es la simultaneidad del humor y la aflicción, lo banal y la posibilidad de sentido. En esta muestra hay temas recurrentes como los trabajos forzados, donde hay una desproporción entre el personaje y la tarea que debe cumplir, o situaciones donde parece haber una revelación, como el hombre que se encuentra con el diamante».

Porter mira con una sonrisa cómplice los afanes y la fe de sus laboriosos personajes, los observa con ternura desde un presente signado por el escepticismo. Desde el minimalismo de su propia obra, que comprende tanto las cuestiones formales como conceptuales, la artista parece revisar la historia y de este modo ironiza sobre el maximalismo de los tiempos modernos y los grandes relatos.

El minimalismo de Porter se advierte en las obras resueltas sobre una hoja de cuaderno infantil, y este mismo minimalismo se extiende al relato, en contraposición con la grandiosa narrativa moderna. Así, con una austeridad de recursos digna de destacarse, realiza su obra más poética y expresiva, y la denomina «Sin título, en el camino». Con apenas un trazo de grafito marcó una curva, es el camino sobre el que pegó una figurita roja. La línea culmina en un trozo de papel irregular de unos escasos dos o tres centímetros donde se ve un paisaje, una casa, unos árboles.

Hace ya algunos años que Porter comenzó a relatar las peripecias de sus pequeños personajes, que siguen todavía empeñados en la realización de grandes hazañas. Las dimensiones diminutas de esas figuritas las tornan vulnerables, mientras el hecho de que sobrevaloren su capacidad y emprendan tareas que superan en exceso sus posibilidades, resulta sencillamente conmovedor.

En el jardín de la galería proyectaron la tarde del concurrido vernissage, «Matiné», un video de Liliana Porter codirigido por la artista Ana Tiscornia, con música de Sylvia Meyer y con Tom Moore a cargo de la cámara y la edición. Porter hace gala de un oficio que domina y de un humor infalible. Así, en secuencias muy rápidas, presenta algunos de sus íconos: el Che Guevara, esta vez acompañado por Fidel Castro, sus infaltables pollitos, ahora como fanáticos, con sus plumas volando, y la muñequita que semeja una prostituta.

«Son hechos descontextualizados, que al presentarse fuera de toda narrativa o argumento preciso, abren en el espectador la posibilidad de una relación quizá más subjetiva con las situaciones que se presentan. En la sucesión de imágenes convergen y conviven sentimientos contrarios: comedia y tragedia, lo familiar y lo extraño, lo literal y lo metafórico», concluye el texto.

«Ver en rojo» se llama el corto que Porter dedica al color que atrapa con mayor facilidad las miradas, el color esencial de la energía, la violencia y la pasión. La artista presenta el rojo con la densidad de la pintura, en medio de una marea roja que arrastra a todos sus personajes en una dramática caída.

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