17 de agosto 2011 - 00:00

Lo mejor contra la crisis: “Ordem e progresso”

Horacio Busanello (*)
Horacio Busanello (*)
Aquellos que hemos tenido la oportunidad de recorrer Brasil durante las últimas dos décadas hemos sido testigos privilegiados de la silenciosa revolución que está llevando a nuestro vecino próximo a convertirse en la séptima economía del mundo. En este período, la población brasileña no sólo aumentó unos 45 millones de habitantes -el equivalente de una Argentina-, sino que se superó la barrera de los 190 millones con un crecimiento más inclusivo.

El hecho más importante de esta revolución silenciosa es la transformación de su pirámide social. Según datos de la prestigiosa Fundación Getulio Vargas, solamente en los últimos 10 años la clase C, definida como la nueva clase media brasileña, aumentó en 40 millones de habitantes. (Otra Argentina más.)

Hoy la clase C supera los 100 millones de habitantes y se ha convertido en una fuerza económica y social muy poderosa que representa más del 45% del consumo país y que puede decidir por sí sola una elección presidencial. Los cambios que están experimentando los estratos más pobres son una legítima muestra de la gradual reducción de las desigualdades históricas de este país.

Exigentes

Estos nuevos consumidores cuidan su dinero, son exigentes en sus compras y se focalizan en relación precio-producto. No son el resultado de subsidios ni planes como Bolsa de Familia, sino que son parte del motor del crecimiento económico por derecho propio. Los empresarios están tomando nota de la importancia de esta nueva clase media y desarrollan ofertas específicas que van desde nuevas marcas comerciales para productos de primera necesidad hasta aerolíneas de bajo costo.

Pero no sólo los pobres están ascendiendo de manera sorprendente, sino que toda la pirámide social empuja hacia arriba. Las clases A y B, con mayor poder adquisitivo y que representan otro 45% del consumo brasileño, sumaron más de 8 millones de nuevos integrantes, superando los 22 millones.

Este movimiento de ascensión social fue el resultado de una combinación de crecimiento económico con una mejora en la educación. Es cierto que la educación deja mucho que desear todavía al decir de muchos especialistas locales, pero todos coinciden en que hoy es mejor que hace 20 años.

El crecimiento económico ha dejado al desnudo la falta de mano de obra calificada. Los salarios de los profesionales se han disparado y las empresas contratan personas sin todas las competencias necesarias para los cargos que ejercen. Las obras del próximo Mundial de fútbol así como las Olimpíadas y la puesta en marcha de los nuevos yacimientos de petróleo y gas pre-sal sólo van a agudizar la actual escasez de profesionales y técnicos especializados.

El presente brasileño es mucho mejor que su pasado, pero los contrastes y las desigualdades tardarán décadas en desaparecer. Brasil es un país donde todavía convive la pobreza más extrema, esa que nos duele a todos, con la riqueza y la opulencia de los billonarios. Así, podemos encontrar en San Pablo una elite que maneja la flota de helicópteros privados más grande del mundo y ostenta un récord de consumo de vinos Romanée-Conti junto con favelas que albergan a dos millones de habitantes.

En este contexto, los brasileños apuestan por su país y ven su futuro con optimismo. Su vitalidad y energía se perciben en todos los rincones del país. Desde Querência, un pueblo de 10.000 habitantes ubicado en la frontera agrícola de Mato Grosso hasta la sofisticada Avenida Faria Lima, icono de los conglomerados financieros de San Pablo.

Hay muchas materias pendientes. Sin embargo, Brasil mira confiado hacia adelante. Su actual presidenta, Dilma Rousseff, dueña de un fuerte temperamento que no admite medias tintas, se ha mostrado decidida a la hora de enfrentar estos desafíos.

El combate a la corrupción, la violencia urbana, el analfabetismo, la pobreza y la desigualdad social son parte de la agenda de la presidenta, quien ha demostrado su pragmatismo al ponderar la necesidad de un Estado activo en las áreas económica y social al tiempo de promover y balancear el libre mercado.

Los elogios de Dilma hacia Fernando Henrique Cardoso como el presidente que contribuyó decisivamente a la consolidación de la estabilidad económica del país han sido un merecido reconocimiento al intelectual progresista que inició el camino de progreso que hoy transita Brasil.

Un camino que el popular Inácio Lula da Silva profundizó y que Dilma seguramente tratará de potenciar aun cuando el escenario internacional se muestre esquivo. Un camino que lleva prosperidad no sólo a Brasil, sino a todos sus vecinos del Mercosur. Tenemos pues, un vecino que nos permitirá transitar con mayor ánimo las turbulencias de los mercados financieros internacionales y los avatares de una economía mundial ensombrecida por los pronósticos de menor crecimiento. Ordem e progresso para todos.

(*) El autor fue presidente de Syngenta y hoy es el CEO del grupo Los Grobo.

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