La excusa tras la FinReg -la nueva ley financiera- que firmó Obama la semana pasada era que el país no podía arriesgarse a seguir con intermediarios financieros que por su tamaño forzaran el rescate estatal (demasiado grandes para caer) en caso de otra crisis. La ironía es que en lo que va de 2010 al menos 103 bancos fueron absorbidos, haciendo que el mercado bancario esté hoy mucho más concentrado que cinco años atrás (de diez pasamos a seis megabancos). Algo similar ocurre con la promocionada regla Volcker, que pretende impedir un apalancamiento excesivo de los bancos. Varias entidades ya comenzaron a vender fondos de private equity en los que participan con su capital, a cambio de una tajada de las ganancias. El resultado es que la estructura de riesgo es más opaca que antes, lo que se potencia con el vuelco de fondos y negocios al exterior que disparó la exención de las entidades extranjeras y de algunas actividades realizadas en el exterior. Pero lo peor es que la necesidad de buscar e implementar un nuevo modelo de negocios y los nuevos costos que apareja la FinReg están dando lugar a la desaparición de servicios que antes eran gratuitos y la aparición de toda una nueva batería de comisiones, que lo único que hacen es desplazar del sistema al segmento de gente más pobre que no puede pagarlos. No por nada la evolución bursátil del sector financiero en lo que va del año es apenas inferior a la del mercado en general. Una evolución que, luego del 0,38% perdido ayer por el Dow (cerró en 10.497,88 puntos, con lo cual sólo gana 69 puntos en 2010), apenas podemos definir de neutra (el S&P 500 y el NASDAQ volvieron a quedar perdedores para lo que va del año al ceder un 1,04% y un 0,69%, respectivamente).
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