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Lo que dejó la Cumbre: un arreglo de fachada
Se debe a la retórica del primer ministro inglés, Gordon Brown -y a sus constantes tribulaciones de entrecasa-, la invocación a recrear Bretton Woods. La referencia precedió a la primera reunión del G-20 en Washington, donde se urdió el Plan de Acción que ahora se corporizó en la fastuosa Declaración de Londres, bajo el precepto tácito de que «lo que abunda no daña». Se comprende que acomodar las pretensiones dispares de veinte líderes mundiales obligara a extender la marquesina de anuncios. La provisión de cifras «precisas» -que permitieron rotular el cónclave como la «Cumbre del 1,1 billón de dólares»- es otra debilidad conocida del premier británico, que se alimenta de la suma algebraica de cuanta pera y manzana pueda arrimarse a la vidriera. No importa mucho si ya fue cosechada con antelación -como las promesas de aportes al Fondo Monetario- o si pertenece a otro cajón disponible (como el financiamiento comercial de las agencias de seguro a la exportación). En verdad, que hubiera que abandonar la idea primigenia de la Cumbre de los 3 billones de dólares no restó brillo. Para sus propios participantes fue todo un éxito. La sensación de transitar por la cornisa con acierto -sobre una red de seguridad tendida dos semanas antes, en la reunión de ministros de Horsham- eleva la autoestima. De ahí que, sin titubear, montaran otro ágape para setiembre. Será el tercero en un año. Es un alivio que los presidentes, cada vez que se ven la cara, no se sientan compelidos a crear un nuevo orden económico internacional.
El Bretton Woods original no se improvisó. Demandó cuatro años de preparación y una preconferencia en junio antes de sesionar con éxito entre el 1 y el 21 de julio de 1944. Y no fue, en ningún momento, una plataforma de lucimiento para el estamento más alto de las autoridades políticas. No está de más tampoco recordar las palabras inaugurales de Henry Morgenthau, el entonces secretario del Tesoro de los EE.UU. y presidente de la Conferencia. A su juicio, era menester instalar un nuevo sistema monetario internacional «ya que no había amenaza mayor a la paz mundial que la inestabilidad monetaria, que destruyó la base del comercio mundial, creó desempleo y depresión, y condujo a la agresión económica (entre las naciones)». La alusión a la experiencia aciaga del período entreguerras es buen parámetro. En esa comparación se advierte que, esta vez, el mundo conduce con mayor tino sus asuntos vitales.
En enero, Rusia abogó por una reforma de la arquitectura financiera global «radical y no cosmética». Uno de los pilares propuestos: la sustitución de la hegemonía del dólar como moneda de reserva internacional por una moneda supranacional (con la inclusión de divisas como el yuan y el propio rublo). En marzo, el Banco del Pueblo de China y la Comisión de Expertos de Naciones Unidas, que preside el Premio Nobel, Joe Stiglitz, dieron a luz similares planteos. Las iniciativas toman los Derechos Especiales de Giro (DEG), la unidad de cuenta del Fondo Monetario, como un punto de partida para anclar un nuevo orden monetario. La extensa Declaración de Londres omite, sin embargo, cualquier referencia específica. El presidente Hu Jintao tampoco abordó la cuestión en su encuentro previo con Barack Obama.
No hay dudas de que la crisis averió el régimen monetario internacional. Pero nada justifica dar un salto al vacío. Migrar al DEG como moneda de reserva no es muy distinto que sancionar el esperanto como idioma universal. Sólo que la ausencia absoluta de economías de red (y de la más básica infraestructura) lo convertiría en un trastorno todavía más penoso. Por fortuna, el orden existente dista de ser una plataforma inutilizable. Y su flexibilidad de respuesta no debería pasarse por alto. La objeción central al uso de cualquier moneda nacional como hegemónica -el conflicto potencial entre los objetivos de política doméstica y los requerimientos externos- no es particularmente relevante en la encrucijada. Es verdad que los EE.UU. no titubearon en soltar las amarras de su política monetaria (y lo decidieron por su cuenta), pero aun así, el dólar mantuvo su valor y no se convirtió en un factor desestabilizador. Además, a corta distancia, los bancos centrales (incluyendo aquellos que emiten el resto de la canasta de los DEG) le copiaron el paso. Y para quienes ansían el retorno a un patrón mercancía, no es la inflación lo que tritura a la economía mundial. Es el drenaje de la liquidez por la retracción del crédito secundario.
En ese sentido, la ausencia de un prestamista internacional de última instancia se salvó con la oportuna intervención de la Fed y sus generosos swaps cambiarios (cuya utilización actual, a la mitad de la que regía en diciembre, se ubica muy por debajo de los máximos acordados y, llegado el caso, dichos topes podrían ampliarse). Aquí talla también el acierto del G-20: el fuerte aumento de la capacidad prestable de los organismos internacionales (incluyendo la ampliación de la emisión de DEG), capaz de crear reservas internacionales y de distribuirlas allí donde los flujos de capital privados las retacean. En suma, se sabe que, en plena tempestad, ninguna navegación es agradable, pero el orden monetario actual (sin ignorar sus desbalances) no es un mal velero; sobre todo si se considera que es la única embarcación sólida disponible.


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