En la campaña presidencial de hace dos años Obama todavía consiguió atraer a las masas, pero ahora se mantiene alejado de los actos de campaña en los estados más disputados para no perjudicar las posibilidades del partido. Su papel se limita a asistir a eventos benéficos de grandes donantes en zonas de tendencia demócrata, como Nueva York o Los Angeles.
"Mi nombre no está en la papeleta electoral, pero sí nuestros valores, nuestros ideales y las cosas por las que lucharon varias generaciones para hacer de éste un lugar justo, próspero y con los mismos derechos", dijo el presidente hace un mes a un grupo de donantes.
Según una encuesta de Gallup, la aprobación a la gestión de Obama se sitúa actualmente en el 42%, apenas algo superior al valor de septiembre, cuando se situó en un mínimo. Su baja popularidad sirve para hacerse una idea de cómo podrían transcurrir los próximos dos años si los republicanos logran la mayoría en el Senado. Teniendo en cuenta que ya dominan la Cámara de Representantes, podrían interferir aún más en cuestiones como el presupuesto o el nombramiento de altos funcionarios, interponiéndose todavía más en la agenda del presidente.
De cara a las presidenciales de 2016, algunos republicanos podrían sentirse tentados a la hora de cooperar con Obama en cuestiones como la reforma migratoria, apunta el periodista James Hohmann, del portal Politico. Pero el ala ultraconservadora Tea Party impidió hasta ahora cualquier cooperación de ese tipo.
Los republicanos tienen a su favor la carta de un presidente debilitado y en sus anuncios de campaña atacan a sus rivales demócratas argumentando que apoyan a Obama. Para muchos votantes el nombre del presidente también aparece en las papeletas: según Gallup, un 32% admite que su voto es una advertencia para Obama.
El actual clima político inclina la balanza a favor de los republicanos, ya que unos cuantos senadores demócratas que llegaron al puesto aprovechando el efecto Obama de 2008 ahora tienen el viento en contra.
Los republicanos tienen que ganar seis escaños para hacerse con el control del Senado, y las encuestas pronostican su victoria en Dakota del Sur, Virginia Occidental y Montana. En otros diez estados se espera que los resultados sean muy ajustados. Y en opinión de los expertos en demoscopia, los republicanos sólo deben temer realmente a los demócratas en tres estados.
"Hay tantos lugares indecisos en los que los republicanos pueden ganar que el partido tendría que vivir una verdadera serie de desgracias -combinada con una movilización extraordinaria de los votantes demócratas- para sufrir una derrota", apuntó el analista Larry Sabato, de la universidad de Virginia.
Los demócratas, por su parte, tienen alguna oportunidad en los casos más ajustados, como en Kansas, donde un candidato independiente podría batir al senador Pat Roberts.
Los estadounidenses no muestran demasiado interés por estas elecciones. Según el Pew Research Center, sólo el 15% sigue de cerca las noticias al respecto, ya que otros temas como el ébola o la amenaza de Estado Islámico dominan los titulares.
El porcentaje es menor que el de otros años en los que el poder cambió de manos en el Congreso. En 2010, los republicanos recuperaron la Cámara de Representantes con su oposición a la reforma sanitaria de Obama. Cuatro años antes, en 2006, los demócratas habían logrado la ventaja en el Senado gracias a la decepción por la gestión de George W. Bush y la Guerra de Irak.
| Agencia DPA |

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