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Los museos analizan la economía que los sustenta
Consuelo Ciscar, directora del IVAM y Fernando Castro, moderador del encuentro en el que críticos, curadores y directores de museos de América Latina analizaron «La dimensión económica del arte».
Los Diálogos Iberoamericanos, la cita en Europa creada por la directora del IVAM, Consuelo Ciscar, se convirtieron en un punto de encuentro obligado para muchos críticos de arte, curadores y directores de museos de América latina que, este año, en su novena edición, analizaron un tema que se torna insoslayable: «La dimensión económica del arte. Trabajo e infraestructura cultural».
Ciscar abrió el encuentro desde una plataforma segura. El IVAM posee un riquísimo patrimonio que nadie puede descuidar, además de una actividad constante de exposiciones que van y vienen de un continente a otro. Los protagonistas de estos Diálogos, según insistió Ciscar, deberían generar exposiciones que roten hacia su tierra. Para cumplir esta meta añadió que espera propuestas, e invitó a pensar el modo de optimizar recursos. En la edición anterior se tomó la iniciativa de abrir en Valencia una Cátedra de Arte Latinoamericano y la iniciativa ya se ha concretado, es un hecho: el año próximo comienzan las clases en la Universidad Católica.
El IVAM ganó fama desde su fundación con la excelente calidad de sus catálogos y publicaciones, y Ciscar acaba de sumar a la recopilación de las ponencias de los Diálogos, los textos de los teóricos latinoamericanos Tisio Escobar, Aracy Amaral, Gustavo Buntix y Nelly Richard presentados este año.
Crisis
Sobre la crisis actual, que para algunos museos resulta acuciante, habló el moderador de estos Diálogos, el erudito Fernando Castro, quien destacó el sofisticado trabajo que gira en torno del arte. «No reconocer el trabajo artístico es caer en el romanticismo», aclaró. Enfrentó la actual estrechez con cierto optimismo, aunque sin negar la gravedad de la cosa. Para pintar la situación trazó una analogía con un cuento de Bioy Casares y relató la historia de un hombre a punto de suicidarse. De repente, el hombre oye que tocan el timbre. Al abrir la puerta se encuentra con una carta y descubre la cuenta del sastre que había quedado pendiente. «Sería muy poco elegante abandonar el mundo sin pagar el sastre», subrayó Castro. A estas palabras se sucedieron las dedicadas a exaltar los logros y a generar estrategias para un futuro sostenible. Se mencionaron los precios escandalosos y, en algunos casos, obscenos, que se pagan por el arte; se cuestionó que el arte pueda ser un buen refugio para el dinero y hasta que se lo perciba como consuelo existencial.
Pero, por sobre todo salieron a relucir los tratados, como la Conferencia de Venecia del año 1970 de la UNESCO o el texto del argentino Edwin Harvey sobre el derecho a la cultura. Lo cierto es que estas y otras leyes son buenas expresiones de deseos y nada más que eso, si no cuentan con respaldo político y económico. Expresiones que, por desgracia, se convierten con frecuencia en enunciados ajenos a la praxis. Se habló de las empresas que aportan dinero, de la democratización del ocio, de los modelos que en estos años funcionaron y de los que fracasaron y deberían asumir el fracaso.
Para culminar Castro mencionó la torre de Babel, donde reinó la confusión generalizada del idioma y «fracasó porque faltaban traductores». «Si algo va mal hay que actuar, lo que queda es la acción», aseguró. Y agregó: «Es el momento de elevar la voz».
Castro aclaró los cuatro modelos que rigen la economía del arte: el sistema público y el del mercado, la filantropía y la economía mixta. Un buen ejemplo de gestión privada y filantrópica presentó el mexicano Agustín Arteaga que tuvo a su cargo el Malba porteño desde su creación hasta el año 2001, y que en la actualidad dirige el Museo de Ponce de Puerto Rico. Arteaga contó con números y porcentajes la historia de una institución de excelencia, que es un modelo de gestión. Desde sus inicios, cuando un coleccionista visionario cumplió con la ambición de abrir una sede para sus centenares de obras (todas de primer nivel) que, mayormente, había comprado en sólo 20 años.
La misión de Arteaga fue convertir esta colección personal en una institución, que hoy cumple con todos los parámetros de calidad de los mejores museos internacionales. Un buen ejemplo es la disposición de las obras, seleccionadas por temas, como en la Tate Gallery de Londres, y no por épocas o países, para evitar que la visita al museo se convierta en una clase de historia o de geografía.
Si bien es cierto que todos los museos deberían contar una historia, y aspirar a que el público que ingrese viva allí una experiencia transformadora, la del Museo de Ponce es una historia feliz. Cuando el coleccionista murió, Arteaga consiguió que la sociedad entera considerara el proyecto como algo propio, y que donaran a la institución 30 millones de dólares que le permitieron ampliar y remodelar el Museo.
Para cerrar los Diálogos, Castro volvió sobre la necesidad de gestores culturales activos, cuando dijo: «No se puede depender de la generosidad de los extraños. Todo depende del trabajo que hagamos nosotros». Allí estuvo el experimentado Ángel Kalenberg, que tuvo a su cargo la dirección del Museo de Bellas Artes de Uruguay; se sumaron el brasileño José Guedes (Recife), María Elena Ditren (Santo Domingo), Osvaldo Salerno (Paraguay), la editora y curadora brasileña Leonor Amarante, Luiz Ernesto Pereira (Bienal de Curitiba) y Lillian LLanes (fundadora de la Bienal de La Habana), entre muchos otros.


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