2 de agosto 2011 - 00:00

Lucian Freud, ícono del retrato hiperrealista

«Benefits Supervisor Sleeping», la obra más importante de Freud en salir al mercado (se vendió en 2008 en 33.6 millones de dólares), tomaba como modelo a Sue Tilley, una supervisora de subsidios sociales de Londres.
«Benefits Supervisor Sleeping», la obra más importante de Freud en salir al mercado (se vendió en 2008 en 33.6 millones de dólares), tomaba como modelo a Sue Tilley, una supervisora de subsidios sociales de Londres.
Lucian Freud, el artista británico fallecido el pasado 20 de julio a los 88 años en su casa de Notting Hill, fue considerado el más grande retratista de nuestros días. Una de las figuras más importantes de la pintura inglesa desde la postguerra, fue seleccionado en 1954, junto a su pareja, Francis Bacon, para representar a Gran Bretaña en la Bienal de Venecia.

Nieto de Sigmund Freud, Lucian nació en Berlín en 1922, pero se trasladó a Inglaterra con su familia, a los 11 años, huyendo del régimen nazi. Estudió en la escuela de pintura creada por Cedric Morris en Dedham sobre el Stour, el valle natal de Constable. También estudió en el Londons Central School of Art and Goldsmiths collage, y su carrera se vio interrumpida cuando trabajó como marino mercante en 1941.

Tras la segunda guerra mundial se fue a Francia y a Grecia, volvió al Reino Unido en 1948 para enseñar durante 10 años en la escuela de Arte Slade. Estuvo casado 3 veces y tuvo 13 hijos con distintas mujeres.

Desde entonces se fue familiarizando con su universo y sus paisajes. «Sus primeros cuadros redefinieron el arte británico y sus últimos trabajos pueden compararse con el de los grandes pintores figurativos de cualquier época», manifestó el director de la Tate Gallery de Londres, Nicholas Serota.

Su lienzo «Benefits Supervisor Sleeping» (1995), que mostraba a una mujer obesa recostada en un sofá, se subastó por 33.6 millones de dólares, adquirido por el multimillonario ruso Abramovich. El óleo, su pintura más importante en salir al mercado, tomaba como modelo a Sue Tilley, una supervisora de subsidios sociales de Londres que posó para el artista en diferentes ocasiones. Freud decía que su pintura era autobiográfica, que pintaba «a la gente que le interesaba y que le importaba», en las habitaciones en las que vivía y que conocía bien.

En el contexto de una sociedad industrial y tras la invención de la fotografía, el género tradicional del retrato en tanto encargo con el ritual de las largas sesiones de pose y la captación del parecido, parecía destinado a extinguirse.

Se mantiene vigente en el siglo XX y se transforma radicalmente gracias a las innovaciones propias de las vanguardias. La verdad como copia, el espejo, es desplazada por el hermetismo de la máscara.

Los artistas no sólo experimentan con el retrato sino que también algunos lo convierten en el eje de su obra. Una de las principales transformaciones es la ruptura con el compromiso entre el modelo y su imagen. El espejo remite a la tendencia de los artistas modernos a imponer sobre los retratados su sensibilidad: el retrato es más un reflejo de su creador que la representación de su visión del modelo.

Desde finales del sigo XIX y durante el siglo XX, los artistas modernos continuaron realizando retratos pero sin encargo previo. Sus modelos eran habitualmente sus amigos o ellos mismos en los autorretratos. No eran clientes que pagaban por ello y si los vendían era necesariamente a sus modelos si no a marchands y coleccionistas.

Las pinturas de Lucian Freud nos presentan una imagen del mundo a la que creemos no estar habituados. Pero sí lo estamos, cuando nos confrontamos con nuestra propia imagen o con la de los cercanos y tenemos la valentía de mirar cada uno de los poros, las arrugas, las marcas del tiempo, las cicatrices que son propias del hecho de estar vivos, o cuando con nuestros sentidos nos aproximamos a los otros en momentos de profunda intimidad como el nacimiento, la enfermedad, la vejez o el contacto sexual, todo lo que crea la comunión de los cuerpos en su animalidad.

Nos parece extraño el universo de Lucian Freud porque no tenemos el valor de mirarnos. El público cree que el modo de expresarse de Freud es la muerte y la decadencia cuando en realidad es la vida misma.

Como dijimos anteriormente, Lucian nació en Alemania, cuna también del gran artista Mathias Grünewald que más que precederlo lo presagió. Incluso para observar el cambio de paradigma en el arte expresionista y analizar el retrato moderno hay, una vivencia relatada por Pablo Picasso donde pone de manifiesto la manera que utiliza el artista para describir lo que observa.

Luego de varias sesiones, Picasso repintó la cabeza de su famoso retrato de Gertrude Stein, hasta lograr la apariencia de una máscara basada en las obras del medioevo español y la antigua escultura ibérica. Ante algunas quejas por la ausencia de parecido, el artista respondió: «Todo el mundo piensa que no se parece en nada a su retrato, pero no importa, al final acabará pareciéndose».

El retrato no se plantea cuestiones como la apariencia, la ocupación o la posición social, sino mostrar su interioridad.

En los rostros de muchos retratos modernos se cumplen los temores borgianos: «temía que el espejo me mostrara otra cara o una ciega máscara impersonal que ocultaría algo sin duda atroz. Temí asimismo que el silencioso tiempo del espejo se desviara del curso cotidiano de las horas del hombre y hospedara en su vago confín imaginario seres y formas y colores nuevos. Yo temo ahora que el espejo encierre el verdadero rostro de mi alma, lastimada de sombras y de culpas».

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