6 de agosto 2009 - 00:00

Lula hurga en los márgenes para salvar a Sarney

 «Resistiré». No es el título de una novela por TV, sino una frase más en la última saga, extensísima, de acusaciones de corrupción en la política brasileña. Quien va a resistir -«porque no tengo otra alternativa»- es José Sarney, presidente del Senado y líder del centrista PMDB (Partido del Movimiento Democrático Brasileño), que conforma la coalición gobernante junto con el PT (Partido de los Trabajadores) de Lula.

Sarney, además de ex presidente del Brasil, ex gobernador de Maranhao y ex presidente de la Cámara de Diputados, ostenta un récord prácticamente imbatible: 55 años de experiencia parlamentaria. Pero el discurso de descargo que tuvo que dar ayer, en respuesta a una ristra de irregularidades que se le achacan, fue, quizás, uno de los capítulos más aguardados en su larga vida política. Contra las especulaciones y los rumores de renuncia de las últimas semanas y el pedido de que diera un paso al costado tanto de opositores como incluso de partidarios, el senador, atornillado a su silla de presidente de la Cámara alta, rechazó todas las acusaciones. «En seis meses (al frente del Senado) sólo corregí errores y tomé medidas sanadoras». Y descartó toda culpabilidad suya en, por ejemplo, los 500 «actos secretos» (medidas no informadas a los organismos de control) por los que se otorgaron cargos a aliados políticos, amigos y familiares.

Ganó tiempo. En el tratamiento de su expediente de denuncias y, sobre todo, para el presidente Lula que, desesperadamente, busca armar nuevas alternativas de coalición política -y gobernabilidad- para su último año de mandato. En el Senado, por caso, del bloque de 12 miembros que responden al PT, apenas cuatro apoyan a Sarney.

El operativo de rearmado de la coalición ya se puso en marcha. Lo dirige el mismo Lula, quien desde hace algunas semanas les abrió de nuevo -públicamente al menos- las puertas a dos descastados operadores políticos dentro del PT: Antonio Palocci, ex ministro de Finanzas en su primer Gobierno, acusado de maniobras fraudulentas, y a José Dirceu, predecesor de Dilma Rousseff en la Casa Civil, implicado en el escándalo del «mensalao» en el Congreso, y hasta hoy, se dice, «asesor especial» para Hugo Chávez en PDVSA.

En cambio, otros «cuadros» de su gabinete no vuelven al redil. Como Marina Silva, ex ministra de Medio Ambiente, que con un 12% de intención de voto se ve presidenciable y acaba de pasarse del PT al Partido Verde (PV). O el presidente del Banco Central, Henrique Meirelles, que iría como candidato a senador por el estado de Goias, pero que aún no decidió a cuál partido afiliarse (en 2002 ganó una diputación por el PSDB, de la Socialdemocracia, opositor).

Frente a la merma política, Lula ya suma a otras figuras «controvertidas» a su liga. La más polémica, sin duda, es Fernando Collor de Mello, el ex presidente (1990-92) que renunció luego del «impeachment» y que hoy, como senador por Alagoas, lidera el PTB (Partido Trabajador Brasileño).

El encendido apoyo de Collor a la permanencia de Sarney al frente de Senado y el posterior agradecimiento público de Lula confirmaron las especies que circularon durante el fin de semana sobre acuerdos bajo la mesa.

Esta «movida» le valió un reproche editorial desde O Globo: «Si Collor, autor de cáusticos improperios contra José Sarney en la campaña de 1989, puede estar ahora del lado del viejo político maranhense, y los dos, al lado de Lula -a su vez detractor de ambos en el pasado-, todo es posible en esta ecléctica alianza que pretende continuar en el poder en 2011».

Aunque quizás, la mejor definición de la crisis y pases dentro de la política brasileña la haya hecho ayer Renan Calheiros, el líder del PMDB en el Senado: «Esta crisis es una cortina de humo, en la que está en juego la elección de 2010, y no es una ilusión óptica, sino una ilusión de ética de algunos fariseos». En esa crisis, Sarney está en el ojo de la tormenta. Que, por ahora, sólo amainó un poco.

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