Madrid: ARCO cerró su edición más difícil

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La feria de ARCO cumplió su 29° aniversario con opiniones desencontradas. Se llevaban el mundo por delante pero, el domingo cerró las puertas de su edición más difícil. Según señala el diario «El País», ARCO deberá «reinventarse, reformarse e incluso desaparecer»; mientras en el «ABC» auguran, que «las viejas ferias nunca mueren. Como mucho, envejecen». Lo cierto es que la Feria madrileña se fundó para poner a los artistas contemporáneos de España en pie de igualdad con Jeff Koons, Anselm Kieffer, Gerard Richter, Lucian Freud o los exitosos y desprejuiciados jóvenes británicos. Pero el tiempo se encargó de demostrar, luego de casi tres décadas de inversión creciente, que el talento artístico no se compra en el mercado. Es más, basta echar una mirada retrospectiva para advertir que el genio artístico puede convivir con la miseria sin desmedro de la calidad de sus obras, aunque -es obvio- a ningún artista le hace daño el dinero.

Lo cierto es que mientras las obras de las mencionadas estrellas internacionales del arte se subastan en Sothebys y Christies por millones de dólares, las del excelente pintor español Miquel Barceló, apenas si escalan a unos cientos de miles.

Antes de abrir la Feria madrileña, sus directivos apuntaban al coleccionismo privado (con el institucional en retirada) y al arte emergente (con precios accesibles). De los centenares de artistas españoles sobrealimentados durante años a becas, subsidios y premios para la creación, es poco lo que se sabe. La Feria, generosamente financiada por el Estado español y en gran parte por las empresas -varias también del Estado o de las poderosas comunidades-, supo vivir años de genuino esplendor.

ARCO se planeó como una nueva conquista. España aspiraba a reinar en el mundo del arte, y a seducir no ya a una América empobrecida y sin oro, sino a los países como Francia, que además del Louvre y el Pompidou tenían los mejores cuadros que pintó Picasso. En los primeros años de prosperidad del felipismo se invirtieron fortunas para recuperar a los artistas que durante la Guerra Civil produjeron sus obras en el extranjero.

«Las ventas de ARCO han estado por encima de lo previsto», informaron sus directivos, jaqueados duramente por la crisis y por una revuelta interna de los galeristas. Pero el mercado español está en baja. En octubre de 2009 Christies suspendió la subasta de arte español, y Juan Várez -director de la firma para España y Portugal- declaró que este «mercado poco competitivo no está a la altura del mercado internacional». En Alcalá Subastas corroboraron: «para Christies el mercado español ha dejado de ser rentable en términos económicos».

En este contexto, sólo hay dos galeristas argentinos en ARCO: Ruth Benzacar, que viajó a través de la gestión de la artista residente en Nueva York, Judy Werthein, invitada a presentar una instalación; mientras Jorge Mara, que supo tener una bella galería en Madrid, ya estaba en España, porque el IVAM de Valencia exhibe una muestra de Eduardo Stupía. Durante décadas los artistas y galeristas argentinos pensaron que la puerta de Europa estaba en España. Sin embargo, a la gente de ARCO le interesó lograr los favores de las instituciones de París, Londres o Nueva York. Al punto de que luego de dedicar varias ediciones a países como Gran Bretaña, Francia, Italia o Suiza, decidieron incluir a Latinoamérica entera, sin discriminar. Hace unos años invitaron especialmente a Brasil, que siempre tuvo mucha presencia en la Feria, y este año se esperaba que dedicaran la edición a la Argentina, pero prefirieron cambiar las reglas, como si los países de su gusto se hubieran terminado, homenajearon a la ciudad de Los Ángeles.

En general, las ferias crecieron al ritmo de la expansión económica, su formato se propagó por el mundo y ahora están en baja, sencillamente, porque para las galerías el costo resulta altísimo. Alrededor de 50.000 euros calculan los argentinos que quieren llegar a ARCO.

La política cultural de los españoles ha sido inteligente, consolidaron relaciones que es de esperar no les den vuelta la cara en tiempos de crisis. Como la vistosa Carmen Cervera, dueña de la colección que alberga el Museo Thyssen, quien considerando que el acuerdo de préstamo vence en febrero del año próximo, ha dicho que quiere cobrar alquiler. La gran mecenas de España, con un gesto pintoresco, se ha convertido en dealer, y negocia con el Ministerio de Cultura el comodato de las 240 obras que reúne su colección y la que heredó del barón Thyssen junto con el título. Ahora, en su nuevo papel de operadora, la baronesa presentó de la bellísima exposición «Monet y la abstracción».

ARCO se creó cuando España era todavía la parienta pobre de Europa. Entre las múltiples opciones para cambiar esa imagen, el gobierno decidió que lo mejor era invertir en arte moderno y contemporáneo. Museos como el Reina Sofía, el Thyssen o el IVAN, los primeros de una seguidilla interminable.

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