24 de diciembre 2009 - 00:00

Mal de familia: bisnieto de Stoker sigue con “Drácula”

Bela Lugosi, en su versión de Hollywood en 1931, le fijó una apariencia casi gardeliana a Drácula, que en la novela de Stoker no tenía.
Bela Lugosi, en su versión de Hollywood en 1931, le fijó una apariencia casi gardeliana a Drácula, que en la novela de Stoker no tenía.
Londres - El rotundo éxito internacional de «Luna nueva» (que supera, en muchos territorios, al «Avatar» de James Cameron) es apenas una de las pruebas de que las historias de vampiros están muy lejos de perder vigencia. Bien lo sabe una autora tan mediocre como comercialmente astuta como Stephenie Meyer, quien con su saga de no-muertos románticos se propone quitarle el cetro de J.K.K. Rowling, cuya estrella lógicamente está declinando.

Sin remontarse demasiado en el tiempo, y fijando el inicio de la genealogía de «Drácula» en 1897, año de la aparición de la novela original del irlandés Bram Stoker, la profusión de imitaciones y derivados ocuparía enciclopedias. Ahora, como para restituir la palabra original, su sobrino bisnieto Dacre Stoker ha publicado semanas atrás «Drácula, el no muerto», cuyos méritos literarios la crítica ha puesto ciertamente en duda. Mucho más interesante es la auténtica odisea que debió atravesar el nuevo retoño de la familia Stoker para acometer esta secuela: antes de hacerlo, debió obtener el visto bueno de 70 herederos.

Sus oficios previos poco tenían que ver con las tinieblas y la sangre: Drake Stoker era el director de una reserva natural en Carolina del Sur y ex preparador técnico del equipo canadiense de pentatlón. La inspiración para continuar con la obra de su abuelo, según él, la tuvo al descubrir unas notas dejadas por aquel, sumadas a un buen número de anécdotas familiares. Munido de ellas, tampoco se lanzó sólo a la tarea (no cualquiera tiene las habilidades naturales de su antepasado), y contrató a Ian Holt, historiador y miembro de la Sociedad transilvana de Dracula, para que lo asistiera en la escritura.

Por supuesto, cuando los periodistas lo interrogaron cómo había llevado adelante la tarea, Stoker no dudó en responder con un eco tenebroso: «Trabajábamos por la noche, y no fueron raras las ocasiones en que sentíamos que el fantasma de mi tío bisabuelo estaba a nuestro lado, dándonos consejos». Así, con la ayuda de un fantasma además de un especialista en draculismo, Stoker se lanzó a la aventura de resucitar al vampiro original.

La nueva novela carece (entre otras cosas) de la marca más distintiva de estilo del original, esto es, la forma epistolar, pero no descuida algunas de las argucias actuales para mantener atrapado al lector: capítulos cortos, suspenso adecuadamente distribuido a lo largo de la historia. La acción fue ubicada en 1912, es decir, 25 años después del final del original, y, por supuesto, el famoso conde, pese a haber muerto definitivamente en la novela de su familiar, no puede menos que retornar. Tantas veces sobrevivió a estacas y espejos en el cine que sería una descortesía no hacerlo en una obra de la misma familia.

Algunos de los fans de la obra canónica deberán quizá sofocar cierta indignación, porque Stoker y Holt, para poder darle la continuidad necesaria al argumento, debieron modificar algunos episodios anteriores; de otro modo la secuela actual no tendría coherencia. Tampoco se privaron de algunas bromas, como la inclusión como personaje del libro del mismo Bram Stoker.

En la segunda parte (que, presumiblemente, podría ser seguida por otras en función de los resultados de la actual) Jonathan Harker ahora es un hombre alcohólico, quien vive torturado por la perpetua juventud de su mujer Mina (algo que, como puede sospecharse, ella no le debe al botox sino a otro tipo de tratamiento); el doctor Van Helsing continúa estando del lado de la justicia, pero ahora lo tiene a maltraer otro tipo de vampiro, Jack el Destripador, con lo cual su antiguo enemigo podrá salir por las calles de Londres con menos precauciones.