10 de marzo 2015 - 00:00

Maratón Beethoven llegó a buen puerto

Abono Beethoven (integral de sus sinfonías). Solistas: M. Ferracani (soprano), A. Malvino (mezzosoprano), E. Folger (tenor) y H. Iturralde (bajo-barítono). Coro Estable del Teatro Colón (preparación: Miguel Martínez). Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Director: Enrique Arturo Diemecke (Teatro Colón, 3 al 8 de marzo).

Toda ejecución integral tiene un cierto sentido de travesía, de aventura intelectual y espiritual de la que se sabe que ni intérpretes ni oyentes emergerán idénticos. En este sentido puede decirse que la travesía con la que la Filarmónica de Buenos Aires inició su actividad pública de este año, al interpretar las nueve sinfonías de Ludwig van Beethoven en un lapso de seis días, no estuvo exenta de avatares pero dejó un saldo positivo.

La primera dificultad que tuvo este maratón musical fue un régimen de ensayos ingrato y a todas luces insuficiente para un corpus de la complejidad individual y colectiva que conlleva el testamento sinfónico del compositor de Bonn. La segunda, el cansancio derivado de la realización de un concierto diario, de martes a viernes, y su correspondiente ensayo general en la mañana de ese mismo día (el sábado, día en que no hubo concierto, tuvo lugar el general de la Novena).

Así, la prolijidad y concentración con la que dio inicio el ciclo el martes (sinfonías 1 y 3) pareció mermar paulatinamente a lo largo de la semana, aunque hubo en el concierto del viernes (números 8 y 7) un claro repunte. Estas dos veladas se destacaron del conjunto en especial las versiones de la "Heroica" y la Séptima) no sólo por los aspectos técnicos, sino por tratarse tal vez de los momentos en los que orquesta y director alcanzaron mayor vuelo musical y todo pareció fluir sin reparos ni ataduras.

Es justo destacar el profesionalismo con el que Diemecke y la Filarmónica encararon aún en condiciones no ideales este "tour de force", este tránsito por todas las facetas contenidas en el espectro: el drama, la comedia, la ironía, la tragedia, la naturaleza, la danza, el canto, lo humano, lo divino, lo carnal y lo etéreo. La buena comunicación que director y orquesta han establecido a lo largo de estos años de colaboración fue un factor determinante, y llamó la atención la calidad, el empaste y la claridad de articulación de la cuerda. Y si en el conjunto hubiera que resaltar algunos nombres, indudablemente los de Mariano Rey (clarinete), Gabriel La Rocca (fagot) y Arturo Vergara (timbales) deberían figurar por lo impecable de sus intervenciones.

El tan esperado cierre, con la Novena sinfonía, fue posiblemente aquel concierto en el que la insuficiencia de ensayos fue más ostensible, en especial por las dificultades de concertación que presenta. El cuarteto solista integrado por Mónica Ferracani, Alejandra Malvino, Enrique Folger y Hernán Iturralde fue ideal, y el Coro Estable aportó su habitual potencia y correcta dicción, pero mostró dificultades de afinación en numerosos pasajes.

El saldo más allá de infortunios momentáneos- es favorable desde lo artístico y lo simbólico: la oportunidad que se brindó al público (con una fuerte presencia de jóvenes) de asistir a un acontecimiento que permite contemplar la evolución y emancipación creadora de Beethoven, y a los músicos de sumergirse en el mar tan denso como translúcido de su visionaria paleta instrumental.

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