3 de junio 2009 - 08:19

MARAVILLÓ ÍCONO DE LOS 90: CLINTON

Néstor y Cristina Kirchner, anoche con Bill Clinton en La Cabaña, parrilla de Recoleta en donde el emblema de los 90 fue agasajado sin menciones críticas al neoliberalismo.
Néstor y Cristina Kirchner, anoche con Bill Clinton en La Cabaña, parrilla de Recoleta en donde el emblema de los 90 fue agasajado sin menciones críticas al neoliberalismo.
«No hablo ni de Obama ni de mi mujer». Con este latiguillo que repitió durante toda la jornada, Bill Clinton ingresó anoche a la principal cita de esta gira de día y medio por la Argentina. Fue una cena junto al matrimonio Kirchner -es raro que los Kirchner vayan al centro de la Ciudad, pero esta vez Clinton los justificó-, Daniel Scioli, Julio De Vido, Sergio Massa, el empresario Ernesto Gutiérrez y algunos representantes de la familia Werthein (Julio, Gerardo, Adrián), bastoneros del viaje, en el restorán La Cabaña, en el corazón de la Recoleta (Rodríguez Peña entre avenida Alvear y Posadas).

La cita estaba previsto que fuera en Olivos, pero expresamente Clinton pidió lo despegaran de cualquier acto que pudiera ser parte de una campaña política. No pudo evitarlo, lo prueba que un canal que se identificó como Pres Nac2 emitió en directo imágenes de esa cena por una señal de cable amiga (del Gobierno). La pasión por llegar tarde a todos lados los traicionó a los Kirchner: se les adelantó Scioli en llegar al restorán -el mismo que suele frecuentar Madonna cuando visita el país- y tuvo el privilegio de conversar a solas casi media hora con Clinton hasta que llegaron ellos, picoteando empanadas, riñoncitos y mollejas. Se hablaron todo.

El paseo termina hoy con otro almuerzo con empresarios en el restorán Las Lilas -la parrilla más coqueta de Buenos Aires- en una gira en la que demostró que el es único personaje que puede amparar en la globalidad de su persona a políticos y empresarios, que viven eludiendo mostrarse juntos. La grey política suspendió por un instante sus críticas a los 90, al neoliberalismo y a la globalización, con tal de frotarse un rato con el polvo de estrellas de este Clinton, que fue y sigue siendo el principal adalid de la globalidad económica y política y que gobernó con éxito con el librito del Consenso de Washington en la mano.

Se vio en la conferencia previa a la cena en el hotel Hilton, a la llegó dos horas tarde: los cronistas que hacen filosofía del incumplimiento horario podrán escribir algo así como «Clinton se aísla más del mundo». La demora hizo convivir bajo el mismo techo a Gabriela Michetti con Eduardo Luis Duhalde, a Amado Boudou con Hugo Biolcati y Luciano Miguens.

La oportunidad de ver a Clinton, o de sacarse una foto -privilegio de un grupo que mantuvo una reunión previa en el segundo piso del Hilton- paralizó la agenda de ricos y famosos de la política en la tarde de ayer, apartando a varios candidatos de los padecimientos de la campaña.

En todas las intervenciones, Clinton hizo alarde de una fórmula que él sólo puede sostener: un tinglado de millonarios y vanidades al servicio de lo más parecido al tercerismo que puede ofrecer un capitalista norteamericano. Se hizo pagar una suma que está entre los u$s 250 mil y los u$s 400 mil más gastos, convenció a varios empresarios de cotizar para la Global Initiative, pero también halagó desde el pensamiento global al establishment local con críticas a lo que fue la patria financiera, que prefirió hacer invertir en derivatives, pero no en la economía real.

Esa prédica que escucharon anoche los Kirchner y los Scioli levantó sonrisas en los anfitriones, que aprovechan las consignas del mensaje pos crisis de Obama como si justificasen las realizaciones del modelo autárquico del Gobierno argentino. Entre tanta alegría por tocar al fetiche Clinton, entre tanto fogonazo serial, ¿para qué dedicar tiempo a devanar esa contradicción? Como en el showbiz, el éxito justifica cualquier paradoja.

Clinton llegó al país a las 6 de ayer y se internó en una suite del Hilton junto a un equipo de colaboradores que lo acompañó también en la visita del lunes a Brasil. Atendió a un selecto grupo de empresarios a mediodía (ver nota en Contratapa) y por la tarde se entregó, antes de la conferencia ante casi 1.500 asistentes, a una sesión de diálogos y fotos con un conjunto de invitados vip en el segundo piso del hotel. En realidad fue un besamanos seguido de una sesión individual de fotos con Clinton que van a comenzar a conocerse desde hoy, algunas en afiches de campaña. Cruzaron diálogos de circunstancia con el esposo de Hillary, entre otros, Aníbal Fernández, Ernesto Gutiérrez, el candidato cordobés Guillermo Mondino, los senadores José Pampuro y Juan Carlos Romero, Guillermo Francos, los caciques de la UIA Héctor Méndez y José Ignacio de Mendiguren, Adelmo Gabbi, los jueces de la Corte Suprema Ricardo Lorenzetti, Elena Highton de Nolasco y Juan Carlos Maqueda, los embajadores Rafael Estrella (España), Francisco Bustillo Bonasso (Uruguay), y Yuri Korchagin (Rusia) y hasta la animadora Teté Coustarot. Este grupo pudo consolar la espera, otra, de casi de una hora y media, con un cóctel. La explicación, como todo lo que hace el visitante, encantó a los esperantes: Clinton, cuando terminó el almuerzo con empresarios, pidió conocer la Ciudad. Subió a la caravana de combis, ambulancias y limosinas, al embajador Anthony Wayne, su asesor eterno James Carville (el mismo que asesoró antes a Eduardo Duhalde y a Daniel Scioli, el pelado que suele aparecer en sitcoms norteamericanas como actor cómico y que inventó la frase «es la economía, estúpido») y uno de los argentinos que organizó el viaje, el empresario Rolando González Buster, ligado a la Fundación Clinton. Se paseó por barrios de la Capital, fue a un shopping, tomó café y volvió con bolsas de compras a su suite. Cada vez que viene, contaron en la comitiva, Clinton compra especialmente artículos regionales. Dice que son un seguro de éxito en materia de regalos, especialmente entre las mujeres. Vigiló todo el proceso el lobbista argentino Saúl Rothstein, amigo de los demócratas, influyente puntero de la comunidad judeo-norteamericana, y que tuvo su hora de gloria como subsecretario de Asuntos Étnicos de Carlos Ruckauf.

Cuando Clinton comenzó la conferencia ante el grupo más grande de invitados para ratificar su mensaje de que lo-peor-de-la-crisis-ya pasó, los asientos estaban ya raleados por quienes no toleraron la espera de dos horas. Pacientes, aguantaron, entre otros, el empresario Rafael Garkunkel, el coreógrafo Mauricio Winrot, Teresa González Fernández, la ministro Deborah Giorgi, la bodeguera Ercilia Nofal, el productor de cine y petrolero Jorge Estrada Mora, Gustavo Marangoni (Banco Provincia, ex candidato testimonial), Nacha Guevara, Jorge Sánchez Córdova (Banco Finansur), el músico Charly Alberti, Cristina Guzmán, el funcionario de la UIF Héctor Rodríguez (siempre alerta a algún lavado), los jueces María Servini de Cubría y Jorge Ballestero, el ex juez Jorge Urso, Juan Pablo Schiavi, Diego Santilli, José Scioli y los ministros Daniel Arroyo y Ricardo Casal, los ex ministros Roberto Aleman y Jorge Domínguez, Decio Oddone Da Costa (CEO de Petrobras) y Guido Parisier. Melancólicos de toda melancolía, veían el show ajeno dos cancilleres de contrafrente, Ricardo Lagorio (de Daniel Scioli) y Diego Guelar (de Mauricio Macri).