Pascual, una vieja gloria del tango, ha decidido festejar los cuarenta años de su hija Rosita, convocando a sus antiguos compañeros de orquesta. Su idea es que Rosita ocupe el lugar de su fallecida esposa que era pianista y murió a esa misma edad. Por el patio del caserón circularán criados humillados, tangueros que perdieron su tren y otras figuras fantasmales.
Integran el elenco Silvia Baylé, Eduardo Bertoglio, César Bordón, Luis Campos, Carlos Kaspar, Claudio Martínez Bel, Marcos Montes y Laura Ortigoza.
Periodista: En la obra sobrevuela la amenaza de incesto.
M.J.G.: No se trata solamente de que Pascual abuse o no de su hija. El abuso ya viene del contexto histórico y hacia todos los personajes. Es la violencia que instaló una década de dictadura militar a través del sometimiento y la humillación. Pero el hincapié está puesto en el abuso sobre la mujer, desde lo físico, lo familiar, lo social y también en lo que respecta a su identidad, ya que por mandato paterno Rosita tiene que ocupar el papel de su madre en todo sentido. Es una obra incómoda, con escenas de sexo bastante subidas y un final conmocionante, sobre todo para las mujeres. Igual es muy divertida porque todos los personajes son unos mamarrachos.
P.: La autora también critica al tango por ser una danza en donde la mujer queda sometida al hombre.
M.J.G.: Totalmente. Pero ya nada es lo que parece. Hasta el Morocho, el típico porteño que se las sabe todas, mira al Virola (el criado de Pascual) como si le gustara. La obra transcurre en 1980, porque hay una mención a Pasarella y se habla de la televisión en color como algo reciente.
P.: El texto parece de una época muy anterior.
M.J.G.: Yo no lo tomé literalmente para no repetir fórmulas. Desdoblé a los personajes que están en una especie de limbo -ni vivos ni muertos- y que entran a escena a representar este drama para ver si encuentran ahí algo de vida. Obviamente lo que encuentran es más muerte que vida. Así aparecen en un espacio que es un "no lugar" porque está detenido en el tiempo. Como estos personajes siempre están hablando de cuarenta años atrás, cuando disfrutaron de un supuesto esplendor, decidí transformar ese espacio en algo metafórico. Con la escenógrafa, Cecilia Zuvialde, convertimos el típico patio de tango con malvones, en un lugar totalmente envuelto con papel y cuerdas, empaquetado a la manera de las instalaciones ambientales de Christo, el artista que envolvió edificios, puentes y espacios públicos. El pasado de estos personajes es como esos paquetes que uno arrastró tantas veces de una mudanza a otra, que da pereza abrirlos.
P.: ¿Este es su debut como directora?
M.J.G.: Sí, es la primera vez que dirijo a un elenco y me siento feliz. Esta es mi verdadera vocación. Cuando empecé, con las "Gambas al ajillo" era todo muy horizontal, aunque yo siempre decía en broma que era la que me ocupaba de todo. Después trabajé con muchos directores (Ricardo Bartis Norman Briski, Cristina Banegas, Lía Jelín y Manuel Iedvabni, entre otros) pero hasta el día de hoy, cuando actúo, siempre estoy pensando: "esto hay que hacerlo así o "acá debería pasar tal cosa". Siempre tendí a dirigirme un poco y eso me ha traído algunas dificultades con los directores.
P.: ¿Por qué se tardó tanto en hablar de la violencia de género?
M.J.G.: Por miedo. Recién ahora las mujeres nos animamos a denunciarlo. Era un tema tan tabú que la víctima se culpabilizaba. Nadie hablaba de estas cosas. Hasta Zangaro se sorprendió de que entre todas sus obras, eligiera ésta. Ella la tenía medio olvidada en la página del Celcit. Este es un momento muy interesante para hablar de estas cosas, justo ahora que la mujer está poniéndose los pa ntalones... Lo digo con ironía.
| Entrevista de Patricia Espinosa |


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