15 de noviembre 2011 - 00:00

Mario Roberto Álvarez fue un ícono de la vanguardia

El importante legado que dejó Mario Roberto Álvarez demuestra la especial importancia que le dio a la modernidad, eficiencia y austeridad en cada una de sus obras y proyectos.
El importante legado que dejó Mario Roberto Álvarez demuestra la especial importancia que le dio a la modernidad, eficiencia y austeridad en cada una de sus obras y proyectos.
Con la muerte de Mario Roberto Álvarez, la semana pasada a los 90 años, el mundo de la arquitectura perdió uno de sus máximos exponentes. Con él desaparece una personalidad singular y quizá el arquitecto más importante de la Argentina, dejando un legado de humanidad, profesionalismo y pasión por el trabajo y la creación de obras de Arquitectura. Dándole especial importancia a la modernidad, eficiencia y austeridad en cada una de sus obras y proyectos.

Su estudio MRA+A, conformado por Leonardo Kopiloff, Mario Roberto Álvarez (h), Miguel Ángel Rivarena, Hernán Bernabó y Fernando Sabatini, es un equipo de trabajo homogéneo llegando a ser el estudio de arquitectura que más construyo de la Argentina con 3.200.000 metros cuadrados construidos a la fecha.

Decano de los arquitectos argentinos, Álvarez (nacido en 1913) fue también uno de los grandes maestros de su arte, dentro y fuera del país, con una obra vasta, iniciada en 1937, que abarca todas las tipologías. Racionalista convencido y declarado, el racionalismo de Álvarez no es un congelamiento de formas, invariable a lo largo del tiempo, sino, por el contrario, una incesante adaptación de las formas arquitectónicas, y una creencia en los valores permanentes y universales materializados por medio de la arquitectura. Desde esta perspectiva, Álvarez asumió una posición clásica, y su obra aporta al contexto urbano elementos de orden y claridad que otorgan a sus trabajos una rigurosa contemporaneidad y una sabia orientación artística. El suyo es, pues, un racionalismo sensible.

«Tratamos de ser buenos y delicados, sin alardear, evolucionando siempre sin contradecirnos. Tratamos de dar respuestas simples a requerimientos complejos», ha escrito alguna vez. También ha dicho que se niega toda «delectación estética» y que pone sus creaciones «a cubierto de particularismos excesivos y sentidos anecdóticos». Por eso, cada edificio suyo es inconfundible, y así, a la certeza del diseño se suma la del significativo comportamiento urbano del proyecto realizado. Para Álvarez, un edificio es «un organismo vivo de características y exigencias particularizadas, que interpreta la realidad circundante», y cuya misión es «inducir el cambio».

Como sucede con la obra de todo arquitecto, la de Álvarez contiene producciones emblemáticas, que la ciudad ha incorporado a su imaginario y a su patrimonio. Las más distantes en el tiempo son el Teatro Municipal San Martín (1953-60) y el Centro Cultural San Martín (1960-70), dos edificaciones contiguas que dan a calles paralelas. El Teatro es un edificio sólido y transparente, riguroso y grácil, cuyo volumen parece elevarse en presencia más que en corporeidad, tanta es la poética elegancia de su curtain-wall. El Centro Cultural, que alberga salas de congreso, aulas y oficinas, también agiliza sus volúmenes a partir de un atrio y una plaza seca.

El primer edificio de altura en el barrio de Palermo fue una obra de cuatro pisos, todavía en pie, en la esquina de Cabello y Malabia, según planos de Pigeon. No lejos de allí, se yerguen desde hace pocos años dos torres, Libertador 4444 (40 pisos) y Le Parc, Oro y Demaría, una de las más altas del país (53 pisos). Su arquitectura debe ser entendida como un fenómeno cultural y social, que afianza lo dado, sin sumisiones y lo altera (en sentido progresivo) sin trastornos.

En la ribera de la ciudad, ha tenido especial participación, este gran arquitecto y su equipo en la creación de los edificios más importantes de Puerto Madero, como el Hotel Hilton del año 2000, edificio República, asociado a César Pelli del año 1996, Madero Office del año 2010, que representa una puerta gigante a la ciudad. Cercano a esta zona en Catalinas, Álvarez diseñó la Torre IBM (1979-83), torre prismática que emerge sobreelevada del suelo para aducir en el espacio su geometría elemental; y el de American Express (1985-88), con sus largas tiras de ventanas sobre antepechos continuos, que cierra la Plaza San Martín por su ángulo construido del Noroeste.

Álvarez, se ha ubicado, como en todo, en el justo medio: asumiendo los desarrollos tecnológicos, pero sin dejarse atropellar por ellos. Este «axioma de intuición» es la base de su arquitectura y tiene su paradigma en Somisa (1966/75), la compañía siderúrgica estatal que se privatizara en 1992. Es el acero uno de los elementos que el arquitecto debe estudiar a fondo. Según Álvarez, sin él no podrían pensarse la revolución de la arquitectura en las últimas tres décadas.

Somisa fue el primer edificio de Latinoamérica con una estructura de hierros soldados, eludiendo la necesidad la necesidad de columnas interiores, brindando una flexibilidad siempre deseada para los ocupantes del mismo con distintos requerimientos. Por eso su modernismo no es un congelamiento de tipologías, invariable en el tiempo, sino una búsqueda apasionada de una arquitectura creativa. Hoy en día es el edificio de la jefatura de Ministros de la Nación.

Con esta descripción observamos lo revolucionario que fue Álvarez en toda su trayectoria de arquitecto en los distintos desafíos que encaraba. Además de ser un prócer de la arquitectura, fue una persona comprometida y generosa durante toda su vida. Participó y apoyó las Bienales de Arquitectura, desde su creación en 1986, inaugurando todas ellas. La pérdida para el mundo de la cultura argentina es irreparable ya que, se nos fue un prócer pero además, un gestor cultural y gran maestro.

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