“Martín Fierro”: recuerdos de una Argentina próspera

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La muestra dedicada al Bicentenario que acaba de presentar el Museo de Bellas Artes, rescata el esplendor de la década del 20, «los últimos años felices de hombres felices», según la definición de un prominente martinfierrista. «El periódico Martín Fierro en las artes y en las letras», es una exhibición erudita, un banquete para especialistas con atractivos para el gran público, ya que permite vislumbrar en imágenes y con claridad, un período la historia argentina. El curador de la muestra, Sergio Baur, descubre, a través de las publicaciones que van desde el año 1924 al 1927, una Argentina próspera, con artistas e intelectuales confiados en su saber y también en el futuro, que miraban el mundo desde un lugar muy distinto al que se había divisado hasta entonces desde la perspectiva «oficial» o dominante.

El escenario estaba ocupado por un lado por los «burgueses», como denominó Jorge Luis Borges a los representantes de los sectores más conservadores, que miraban la estética académica que se importaba de Europa con auténtica veneración. Por otro lado estaban los jóvenes vanguardistas, que se servían de la cultura universal a la que por derecho propio pertenecían, pero además dedicaron sus afanes a rescatar lo propio. Con el nombre del gaucho de José Hernández, y por aquello de «cantar con sentimiento», «cosas de jundamento», los martinfierristas enfrentaron con sobrada ironía la pasión que suscitaban en la Argentina las volutas de la arquitectura francesa y las manías hispanas. Oliverio Girondo, Macedonio Fernández, Leopoldo Marechal, Xul Solar, Figari y, entre otros, Ricardo Güiraldes, con su «Don Segundo Sombra», decidieron ponerle fin a un modelo cultural dependiente. Sin discursos reivindicatorios y con una alegría que nunca volvió a reiterarse, aspiraban a recuperar la tradición criolla y encontrarle a nuestra ciudad, «la poesía y la música y la religión y la metafísica que con su grandeza se avienen», como lo expresaba Borges.

La génesis de «Martín Fierro» se exhibe completa. Figuran las publicaciones del ultraísmo español con figuras como Guillermo de Torre o Rafael Cansinos Asséns, y la revista italiana Lacerba junto a una obra de Emilio Pettoruti, radicado en Italia a comienzos de la década del 20. También está el despuntar de la vanguardia argentina, con «Prisma», el primer diario mural de la Argentina (Borges, Eduardo González Lanuza y Francisco Piñero) y la revista «Proa». Un párrafo especial merecen las ilustraciones de Norah Borges, que le imprimen a estas publicaciones el ritmo y el espíritu rupturista de la vanguardia y, luego, la ya sosegada elocuencia de la llamada «vuelta al orden» que encontramos en el periódico y que describiría Ramón Gómez de la Serna. El autor de las greguerías, ese «humorismo más metáfora» según su propia definición, imagina a los hermanos Borges viviendo en la ciudad que aún no conoce, pero que adivina casi mágica a través de las palabras de Borges y las pinturas de Norah. Desde Madrid escribe sobre «esas terrazas en que suenan los pasos como en habitaciones, como si la noche inmensa adquiriese profunda intimidad sobre ellas y fuese una habitación estrellada».

Si bien en la muestra predominan aspectos literarios, las facetas multidisciplinarias de «Martín Fierro» generan un despliegue visual sin pausas, que comienza con un fragmento del film de Ferreyra, «La chica de la calle Florida», y una fotografía de época. Las imágenes subrayan la característica urbana y el punto de encuentro del grupo martinfierrista. En ese contexto reaparece la difusa y a veces confusa rivalidad entre los integrantes de Florida, que se inclinaban por el arte puro, y los del grupo Boedo, que promovían una estética del compromiso social.

Baur aclara: «Del análisis del Manifiesto martinfierrista, se desprenden las ideas que predominaron en la vanguardia artística argentina, inaugurando una nueva concepción cultural en el país».

El «Manifiesto», destinado a conmover «la impermeabilidad hipopotámica del honorable público», y la «funeraria solemnidad del historiador y del catedrático que momifica cuanto toca», recién se publicaría en el cuarto número del periódico, cuando se «consolida la conciencia del grupo».

Cosmopolita

Las noticias sobre el acontecer cultural de Buenos Aires surcaban el océano, y la exposición es un fiel registro. A la par de las páginas del periódico, aparece la pintura de Gauguin perteneciente a la colección del Bellas Artes: el torso desnudo de una tahitiana ilustra un artículo sobre la vuelta hacia la sensualidad del primitivismo. En éste capítulo se exhiben los bocetos y la maqueta de la estatua ecuestre del General Alvear del francés Antoine Bourdelle, el monumento que en el años 1926 se emplazó en la Recoleta. Las pinturas de Modigliani, Fujita, Marie Laurencin, Carlo Carrà y los grabados de Picasso, están junto a las obras del rioplatense Figari, los mexicanos Rivera, Lazo y Zárraga, y las de los argentinos Riganelli, Basaldúa, Bigatti, Thibón de Libián, Corner, Guttero, entre otros, como los platenses, Vecchioli, Trasvascio y Montesinos. El arte se conjuga con la literatura de aquí y la del mundo. Así, la muestra trae el recuerdo de las palabras del director de Museo, Guillermo Alonso, quien cuando asumió dijo que aspiraba a que el Museo no ilustrara una clase de geografía, y que las colecciones de arte europeo y argentino debían reunirse por familias y afinidades.

Un lugar especial ocupa el fundador de «Martín Fierro», Evar Méndez, que se desempeñaba como bibliotecario de la Casa de Gobierno en los tiempos del presidente Marcelo Torcuato de Alvear. Casado con la soprano Regina Pacini, Alvear fue amigo de los artistas, y hasta intervino cuando se publicó una balada satírica burlándose del intendente porteño, el arquitecto Noel, autor del revival colonial donde hoy está el Museo Fernández Blanco. En la última página del número siguiente, aparece una carta titulada «Del Presidente» y firmada por «Marcelo», quien dice haber leído «con una carcajada varios de los desahogos del Martín Fierro». Felicita a los autores, les pide «no se extralimiten con mis gentes», y agrega que «habría entre ellas más de un candidato [.] para tomarlo para la butifarra».

Otra característica de la muestra, además del cruce tan notable entre las expresiones de Europa y la Argentina, son los libros exhibidos como obras de arte, con su aura, como la bellísima edición de «Veinte poemas para ser leídos en el tranvía» de Oliverio Girondo, entre muchos otros, colgados como cuadros, sobre las paredes.

La exhibición pone en lugar destacado las primeras críticas del cine de vanguardia, desde Eisenstein a Chaplin, al igual que las de teatro, escenografía y diseño. Además figura la arquitectura de líneas puras, que luchando contra la irracionalidad de los palacetes, supieron mostrar Ernesto Vautier y -el autor del ascetismo de la Casa del Teatro creada en esa década- Alejandro Virasoro.

Para culminar la muestra está la reseña de «El divino fracaso» de Cansinos-Asséns escrita por Borges. Después de 45 números, tras cuatro años de vida, cuando asumió la presidencia Hipólito Yrigoyen, la publicación dejó de salir por disidencias entre los redactores. Para ese entonces, sin embargo, «la nueva sensibilidad ya había dejado de ser nueva», como observó Eduardo González Lanuza. El cierre de «Martín Fierro» anuncia el fin de la belle époque argentina, el despuntar de muchos de los problemas que hasta hoy acosan el país. A la accidentada segunda presidencia de Yrigoyen le sigue el golpe de Uriburu y la década infame, que marca la muerte definitiva de los «años felices» y el fin del espíritu despreocupado y risueño que seduce al espectador desde el comienzo hasta el fin de la exposición.

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