Martirio sedujo con un repertorio más amplio

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«25 años en directo». Actuación de Martirio (voz). Con Raúl González Quiñones (piano) y Jesús Lavilla Lobato (guitarra). (Teatro Gran Rex; 7 de junio). 

Hacía 12 años que no venía a la Argentina. Pero todavía están muy vívidos por aquí aquellos maravillosos conciertos que María Isabel Quiñones Gutiérrez, alias Martirio, hizo en La Trastienda junto a Chano Domínguez para presentar su disco «Coplas de madrugá». Por lo fuerte que fue ese trabajo en la historia artística de esta andaluza y porque es a partir de esa línea de trabajo que se la conoció mucho más en nuestro país, está claro que quienes se acercaron al Gran Rex para verla esta vez -unos cuantos menos que los necesarios para llenar una sala tan grande- querían escucharla en esos repertorios bien españoles.

Como contraparte, seguramente como un gesto de buena visitante, pero además porque esta gira forma parte de la presentación de su álbum de celebración por sus 25 años como cantante (que grabó en vivo en 2008 y que incluyó piezas de distintas épocas de su vida), prefirió mezclar ese repertorio de coplas con canciones de otros orígenes. Y, entre ellas, hubo unas cuantas -a lo mejor, demasiadas- de autores argentinos.

Frente a eso, coincidimos con el público que le festejó muy especialmente su personal modo de recrear la canción española tradicional, desde clásicos como «La bien pagá», «Mi marío», «Ojos verdes» -uno de los grandes momentos de su concierto- o «Compuesta y sin novio» hasta una obra más cercana en el tiempo de Carlos Cano como «María la portuguesa». Siempre hispánica aunque con su toque urbano y posmoderno, fue muy bueno lo suyo en canciones como «El productor», «Madurito interesante», «Y a mí, quién me cuida» -de su propia creación- o «Las mil calorías» -una especie de rap flamenco-.

Se hizo gigante en su versión por bulerías del vals de Canaro y Amadori «Quisiera amarte menos», con el que recordó a Chavela Vargas. Y el largo listado de piezas argentinas se completó con «Yo vengo a ofrecer mi corazón» de Fito Páez con la que arrancó, la «Canción de las simples cosas» de Isella y Tejada Gómez, y los tangos «Naranjo en flor», «En esta tarde gris» y «Volver» -«la canción más aplaudida en todo el mundo», dijo mientras tiraba un beso al cielo para «el señor Gardel y el señor Le Pera»-. Dos muy buenos y jóvenes músicos la acompañaron en este caso, quienes supieron poner la combinación justa entre tradición flamenca y modernidad casi roquera: el pianista Jesús Lavilla Lobato y su hijo, el guitarrista Raúl Rodríguez Quiñones.

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