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Matilde Marín, un arte inspirado en Malevich
A la izquierda, una de las obras de “El viaje imaginario de Kazimir Malevich”, para las que Matilde Marín se inspira en las formas “indestructibles” del artista ruso (abajo) que sentaron las bases del Suprematismo.
La prueba del interés creciente por la obra de Malevich está en París. La flamante Fundación Vuitton acaba de reunir para su inauguración una muestra con varias de las obras más importantes del mundo. Entre los tesoros prestados por los grandes museos de Rusia figuran el conocido "Busto" figurativo de Kazimir Malevich, y el "Cuadrado negro", el "Círculo negro" y la "Cruz negra", pinturas que sientan las bases del Suprematismo.
Marín descubre estas mismas formas en sus paisajes y las destaca en su serie de 16 fotos en blanco y negro. Frente a un edificio de Varsovia hay unos árboles cuyos troncos se recortan sobre la nieve e inducen a evocar los alargados rectángulos negros de Malevich. Marín proyecta un círculo de luz sobre la nieve y subraya la geometría de los troncos al reproducirla debajo de la foto. Para recrear los gestos provocativos de Malevich en los montajes, la artista agrupa sus imágenes y pinta una cruz negra cerca del techo de la galería. Las vanguardias inspiran en nuestro tiempo a los artistas y curadores de museos y también a los teóricos. El académico José Emilio Burucúa rastrea las formas elementales suprematistas en el pasado de Rusia y de Europa y le dedica a la muestra de Marín el texto "Malevich entre futuro y pasado", en el que afirma: "Matilde ha conseguido esa espacialidad pura, sin tiempo, en sus fotos transfiguradas, pues genera y transmite la sensación de que las formas suprematistas pueden aparecer donde quiera sea que la mente y las manos las produzcan, como signos de la capacidad humana de creación radical". A partir de allí, Burucúa ahonda una investigación sobre los posibles orígenes del paso del Cubismo y el Futurismo al Suprematismo, y cita a Malevich: "Me transformé en el cero de la forma y emergí de la nada a la creación, vale decir, al Suprematismo, al nuevo realismo en la pintura: la creación no objetiva".
Hace unos meses, el teórico ruso Borys Groys llegó a la Universidad Torcuato Di Tella. Su libro "Volverse público. Las transformaciones del arte en el ágora contemporánea" circula de mano en mano. En el capítulo "Devenir revolucionario. Sobre Kasimir Malevich", recorre el camino que guía al artista hacia el grado cero del arte y el célebre "Cuadrado negro sobre fondo blanco". Al vanguardista le preocupaba -observa Groys- el destino del arte, pues deducía que "no puede ser diferente de las demás cosas. Su realidad común es la desfiguración, disolución y desaparición". Y entonces agrega: "Malevich narra una y otra vez la historia del arte desde Cézanne al cubismo y el futurismo hasta su propio suprematismo- como la historia de la progresiva desfiguración y destrucción de la imagen tradicional tal como nació en la antigua Grecia y se desarrolló a través del arte religioso y del Renacimiento". Al llegar a este punto, Groys deduce que Malevich busca la forma de sobrevivir al proceso de destrucción y arriba a la conclusión más radical: "La imagen que sobrevive a la destrucción es la imagen de la destrucción". Así destruye su propia obra y pinta el cuadrado negro.
De acuerdo a esta teoría, antes de la revolución de Octubre de 1917, los primeros vanguardistas ya habían demostrado la "indestructibilidad del arte" y gestado un renacimiento cultural sin precedentes. Pero el interés que despiertan en las nuevas generaciones las vanguardias rusas y las ideas de Groys no es puramente histórico. La crítica de Malevich a la búsqueda utópica de la "perfección última" en el comunismo y el cristianismo, conduce al teórico ruso a encontrar una evidente similitud con la situación moderna y contemporánea y con los intentos actuales de "politización del arte". Groys disiente con la típica relación que se establece entre la revolución estética y política.
Más allá del deseo de un cambio de rumbo en el mainstream del arte, o de la nostalgia por las formas "indestructibles" del pasado en la inestable estética global, estas ideas flotan en el aire y los artistas las transportan, al igual que Marín, a sus propias obras. Por mencionar sólo algunos, Amadeo Azar y Jorge Miño presentaron hace unos meses en la Fundación Federico Klemm una exhibición donde analizaban la relación de las vanguardias rusas con el diseño, la pintura y la fotografía. Antes, el grupo santafesino La Herrmana Favorita integrado por Ángeles Ascúa, Juan Manuel Brandazza, Joaquín Boz y Florencia Caterina, había expuesto una investigación sobre el grupo de arquitectos checos cuyas obras se remontaban a 1910.
Más atrás en el tiempo, en el año 2001, Teresa Bulgueroni y Teresa Anchorena presentaron en el Centro Cultural Recoleta una exposición memorable con más de 60 obras de 14 museos de Rusia, representativa de un momento crucial que hoy reaparece con renovada fuerza.


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