Mayumana trajo su show más logrado

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«Momentum». Mayumana. Dir. Gral.: Roy Ofer. Dir. Art. y Comp. Mus.: E Puphar y B. Berman (Teatro Gran Rex).

El tiempo manipulado, detenido o ralentizado, en fast forward, rewind o simplemente suspendido, en pausa. De eso se trata «Momentum», el nuevo espectáculo de la compañía internacional Mayumana, que se vale de infinitos artilugios para dar al espectador una idea más o menos acabada de cuánto podría ocurrir (o no) si pudiera controlarse el tiempo tan fácilmente como acariciar las agujas de un reloj o darle cuerda.

Este espectáculo estrenado el año pasado en Madrid y con el que la compañía viene girando por el mundo, resulta mucho más redondo y coherente que el anterior. Con una idea tan clara que signa casi todos los cuadros, esta vez trabajan mejor el humor, sintetizan las secuencias y se abren a una mayor interacción con lo audiovisual, gracias al agregado de una pantalla gigante y el uso simultáneo de una videocámara para reproducir, grabar y editar.

Otro punto a favor es el mayor y mejor feedback con el público, siempre desde el humor físico e ingenuo, propio de lo clownesco. Resulta tan divertida la intervención de la platea (los participantes convocados son reproducidos en pantalla gigante para evitar el chiste entre unos pocos), que está entre lo más celebrado y despierta las mayores ovaciones.

Claro que cuando la platea no ríe a carcajadas, admira esa maquinaria perfecta de creación y movimiento que es Mayumana. No se puede menos que quedar azorado con la sincronía y la rigurosa técnica, propias de una disciplina cuasi militar. La compañía nacida en Israel cuenta hoy con más de 100 integrantes de 32 países, mientras el elenco que llegó al país está compuesto por artistas de Bélgica, Suiza, Costa de Marfil, España, Israel, Holanda, Brasil, Francia, Haití y Argentina.

Cada uno tiene una destreza particular y su momento de lucimiento personal. A destacar, el brasileño Vanderson Souza Dos Santos, que arma su propia orquesta en pantalla gigante, con él mismo tocando diferentes instrumentos, además de exhibir su talento acrobático y pases de capoeira. Otro de los mejores es Michael Feigenbaum, quien produce con la boca sonidos idénticos a los de una bandeja de DJ, pero además divierte cuando conversa con el público y ofrece su propio fast forward corporal o cámara lenta gestual. No falta el personaje tierno y torpe a quien todos ayudan, que revela más dotes actorales que de bailarín o percusionista: el santafesino «Ramiro Tersse Ramiroquai». El otro argentino de la compañía es Jonathan Elías, quien divierte con su despliegue de muecas con la fijación sexual como leit motiv.

En los cuadros grupales, combinan percusión (con tambores, con recipientes, con tachos), baile y acrobacia. De este modo, y aunque tiene puntos de contacto con ambos, Mayumana explota y trasciende el esteticismo contenido del «Cirque du Soleil» y redobla la percusión pura y furiosa de «Stomp».

Uno de los momentos más originales muestra el baile individual de cada uno dentro de una megaestructura de varios cubos. Allí tocan, se cuelgan, se deslizan, se columpian, saltan y gritan. En dos cuadros bien diferentes se pone de manifiesto, mediante voces o tambores, la descomposición de la música. Cada uno elabora un sonido que, combinado a la perfección con los restantes, se convierte en parte de la melodía.

Excelente el número donde cada integrante se prueba una suerte de estetoscopio que reproduce en pantalla el dibujo de un electrocardiograma. De cada parte del cuerpo suena un pulso diferente, y luego de cada integrante, resulta un ritmo. Salvo una excepción, la más graciosa. Todo se combina con el tic tac de relojes que marcan el tiempo externo y objetivo, pero el que prevalece e interesa verdaderamente, es el tempo subjetivo de cada uno (inmerso en su contexto). ¿Cuál es el tiempo real? No basta con sólo saber darle cuerda al reloj.

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