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“Me interesa la literatura con cierto vértigo y muchas voces”
La escritora y cineasta explica que su constante es trabajar con «novelas y películas cuyas historias tengan un punto de vista muy anclado en miradas en proceso, en individuos en formación».
Periodista: ¿Qué fue lo primero para usted el cine o la literatura, la imagen o la escritura?
L.P.: La escritura. Yo era una nena que leía compulsivamente todo lo que le pusiera adelante. Me decían: podés leer, pero tenés que salir a jugar. Disfrutaba de la lectura. Sentía que los mundos de la ficción eran insuperables. Me daba tristeza cerrar un libro y salir a la calle, porque nada se comparaba con esos mundos. Mi adolescencia fue así, el cine vino después.
P.: Su forma de narrar, plena de imágenes, parece planeada para ser traducida a una película.
L.P.: Eso, acaso, proviene de los escritores que me gusta leer. Por ejemplo, John Cheever y sus universos cargados de imágenes y a la vez escritos minuciosamente. Hay algo en la oralidad de escritores que admiro, que se esmeran especialmente en entender cómo habla cada personaje, saber que no hablan todos igual. Hay un trabajo en la oralidad que me gusta mucho. Es una oralidad falsa porque no hay nada más lejos de la realidad que la oralidad construida en la literatura. Me interesa la literatura con cierto vértigo y muchas voces.
P.: ¿Qué constantes percibe en sus cinco novelas?
L.P.: En «El niño pez» son chicas de 18 años, en «XXY» son chicos de 16, en «La furia de la langosta» son un poco más chicos, de 13. En muchos casos los protagonistas son adultos en formación, pequeños individuos que están aprendiendo quiénes son, y aceptándolo. Es una etapa humana a la que vuelvo una y otra vez. En lo que escribo ahora vuelve a suceder. Es que me interesa trabajar con novelas y películas cuyas historias tengan un punto de vista muy anclado en miradas parciales, en miradas en proceso, en individuos en formación.
P.: ¿Qué cuenta en «La furia de la langosta?
Lucía Puenzo: El derrumbe de una familia a través de los ojos de Tino, un nene de 10 años, que un día, al perder a su papá, que desaparece de su casa escapando de la justicia, empieza a entender todo el entramado de negocios turbios de los que era dueño su padre y que él desconocía. Comienza así a saber quién era ese hombre que casi no lo crió pero que era su padre. Esa historia está muy anclada en la mirada de este niño, de sus hermanas y de los personajes de los márgenes de ésas familias poderosas: mucamas, guardaespaldas, amantes y demás; personas que se mueven por los márgenes, pero que lo ven todo.
P.: ¿Cómo eligió contar ésta historia, luego de las sorprendentes «XXY» y «El niño pez»?
L.P.: En todas las novelas y películas que escribí, el inicio es arbitrario, caprichoso y misterioso. Nunca entiendo de dónde vienen. Empecé con ese personajito porque en mi infancia, en el colegio, conocí personas similares que ni de cerca estaban metidos en esos dramas, de ahí y tirando de las líneas de un montón de elementos de nuestra realidad que han salido en los diarios sobre hombres que han tenido debacles similares a la que vive Razzani, el padre de mi protagonista. En ese sentido, Razzani conjuga a muchos hombres del poder. Un poco reuniendo el mundo de mi infancia con la realidad de nuestro país fue surgiendo sin hoja de ruta, sin plan «La furia de la langosta». La libertad en literatura es escribir sin saber adónde va la próxima página.
P.: ¿Ese chico padece maltratos?
L.P.: No al comienzo. A mí me interesan esos personajes niños, púberes o adolescentes. En este caso son todos chicos de entre 11 y 13 años que están en una edad que puede ser muy cruel, muy influenciada por los mayores. Y empieza a pasar que en sus casas escuchan en qué universo estaba metido ese chico con ese padre tan mediático y esa familia que está envuelta en la vergüenza. La tragedia de lo que le pasa a Tino es que no sólo su padre es quien de repente es una vergüenza, y de quien mejor no hablar, sino que todos ellos pasan a ser una familia de la que uno podría sentirse avergonzado. Los chicos son ocultados en Punta del Este, como tantos otros chicos que los sacan de una situación traumática y los esconden en otra burbuja, como es meterlos en Uruguay todo el año para que nadie los vea. Lo que les dicen, lo que le dicen a Tino, es que mejor no los vean por un tiempo. Tino pasa a ser una vergüenza también y pasa en el colegio las consecuencias de eso.
P.: ¿De dónde surge el título «La furia de la langosta»?
L.P.: Razzani es fanático de la langosta, es su menú preferido. La langosta es un animal que al migrar se puede transformar en caníbal. En general tienen otra alimentación, pero si se ven sitiados, forzados a migrar, lo primero que hacen es enterrarse en el fondo marino, bajo la arena. Sólo sacan sus tenazas a veces y comen lo que se les acerque. Hacen lo que sea necesario para sobrevivir. Muchas veces se ocultan y se defienden entre ellas agarrándose tenaza a tenaza hasta llegar a aguas cálidas que le sean favorables. Me pareció el resumen perfecto de lo que hacen esos hombres del poder que cuando se le baja el pulgar y algo cambia en el tablero de juego, son capaces de borrarse aunque se queden cerca, muchas veces con sectores del poder que saben dónde están. En la novela Razzani vive en un departamento enfrente de su casa, en Barrio Parque, y tiene connivencia con sectores del poder, con los medios, pero nadie lo muestra porque conviene que no se lo vea por un rato.
P.: ¿Escribió esta novela por etapas o de un tirón?
L.P.: Fue la única novela que interrumpí para filmar en el medio una película. Escribí la mitad, empecé a filmar «El niño pez», edité la película y retomé la escritura de la novela hasta terminarla. Escribo todos los días de lunes a domingo, todas las mañanas, unas seis horas por día y sin parar. Ésta fue la única novela de las que escribí en la que en el medio cayó un rodaje de nueve semanas, y tuve que interrumpirla. Me fue muy difícil retomarla. Cuando uno escribe una novela se sumerge en un tono, un ritmo y una voz, y cuando sale de ahí se desprende de eso, y si quiere volver a entrar unos meses más tarde se le hace realmente difícil. Mi sensación era que el tono, la voz, el ritmo era un escudo que tenía que atravesar para volver a hacer contacto con lo que estaba detrás. Lo logré, pero tardé más de un mes en entrar por las fisuras.
P.: ¿Cuánto tiempo le llevan por lo general sus novelas?
L.P.: Depende. La que estoy escribiendo ahora, «Wakolda», ya me lleva seis meses. Por lo general tardo entre siete meses y un año, trabajando todos los días.
P.: ¿Qué es «Wakolda»?
L.P.: Un nombre mapuche y mi próxima novela, donde cuento la huida de Menguele a la Patagonia. Tras vivir un tiempo en Buenos Aires se evapora, luego reaparece en Paraguay y muere en Brasil. En ese intermedio poco conocido pasa unos meses en Bariloche, y se dice que puso una juguetería, o trabajó en una juguetería, la cuestión es que hizo muñecas arias. Es increíble que «el médico de la muerte» que no podía parar de modelar genéticamente una nación, haga muñecos arios de plástico para seguir con su fascinación. También se camufló como veterinario. Inyectaba a vacas de la Patagonia con hormonas de crecimiento. En ese tiempo vive con una familia en la que hay unos niños, otra vez los niños en mis historias, que comienzan a descubrir que el hombre que vive con ellos es Menguele. Estoy sumergida en esa historia. Y con mucho interés de llevarla al cine.
P.: En «La furia de la langosta» si bien hay un protagonista central, hay coprotagonistas importantes.
L.P.: Hay esas redes. Cuando empecé a escribirla era una novela coral. Lo que me suele pasar es que hay personajes que se ganan el protagonismo como en la vida, que solitos empiezan a ser los que empujan la trama, los que tienen más brillo y entonces pasan al frente. No pensé que el protagonista iba a ser ese niño sino el guardaespaldas, Bruno, que me parece muy extraño y hasta muy siniestro. Hay algo de la seguridad privada de nuestro país, de personajes que están invernando ahí esperando mostrar las garras, que siempre me dio mucho temor. Sobre todo cuando se ve que muchos niños de clase alta tienen esas sombras a su lado. Esa figura amenazante, me interesaba especialmente.
P.: ¿Piensa llevarla al cine?
L.P.: No. Pero hay amigos que me dijeron si no me interesaría escribir un guión para que ellos la dirijan. Van a tener un tema de producción, porque personas como mi personaje se mueven por todos lados, tienen muchas propiedades, andan por el mundo.
P.: Aparte de «Wakolda», ¿qué otras cosas está haciendo?
L.P.: Estoy escribiendo varios guiones. La película «Hombres del humo», que Pablo Fendrik va a dirigir y yo voy a producir. Y estoy trabajando en otros guiones, para España y Brasil. Y dirigiendo la serie «Gente grande» para canal Encuentro, que son 13 capítulos sobre argentinos completamente desconocidos, que han tenido alguna incidencia en algún proceso histórico, valorizando a nuestros viejos, que es algo muy importante. Las mañanas para la literatura, el resto para montones de cosas.
Entrevista de Máximo Soto


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