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En política una persona puede decir que es el gran vencedor de unos comicios, aun cuando menos de uno de cada cinco habitantes del país voten por ella. Si además tiene el control de la inmensa mayoría de los medios de comunicación, seguramente no se escucharán muchas voces dispuestas a llamar a las cosas por su nombre. En el mercado financiero las cosas no son tan fáciles para los tramposos porque la realidad se nos impone en cada instante, nos guste o no. Por ejemplo, podemos tener un nuevo marco regulatorio al que algún comunicador pueda definir de ser una "Ferrari" (con este apoyo seguramente dejaría muy contentos a los redactores de proyecto). En tanto la nueva estructura sea medianamente buena y el comentarista no fuese un amanuense del poder, no habría mucho más para decir. Pero si en lugar de una Ferrari tenemos un "Justicialista" (en la década de 1950 por una decisión política se construyó este vehículo -una mala copia de los DKW desarrollados en la Alemania nazi- que fracasó estrepitosamente), la realidad se impondrá y el sistema continuará su camino hacia la extinción, por más que nuestro obsecuente arguya que el problema no es del vehículo (la ley) sino de los conductores (y de manera ladina no defina si el conductor es el regulador, los intermediarios, los inversores o todos ellos). Después del derrape de la semana pasada, el Promedio Industrial arrancó cediendo un magro 0,04% a 15.419,68 puntos. Con un volumen negociado que continúa sin ser destacable, lo más que podemos decir es que los inversores parecen seguir aguardando. A qué, no lo sabemos pero no parece ser a ninguno de los datos macro de los próximos días (ventas minoristas, inflación, producción industrial, seguros de desempleo, etc.) ni a los pocos balances que aún faltan ingresar.

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