3 de enero 2011 - 00:00

Mercados: grandes desafíos de 2011

José Siaba Serrate (Economista)
José Siaba Serrate (Economista)
Si 2009 fue el año de la resurrección, 2010 debía cimentar la recuperación. Y a su manera lo hizo, aunque deja una faena incompleta. Los mercados de capitales (¿quién se acuerda del «flash crash»?) remataron avances de dos dígitos con notable envión a partir de septiembre. La economía mundial dio un paso al frente. Hasta Europa se las arregló para crecer, pese a las vicisitudes de su deuda. Se habló mucho de guerra de divisas, pero el comercio internacional se expandió con vigor sin encontrar escollos severos. Es obvio, más vale asentarlo, no hubo señales de inflación en el G-7. La amenaza opuesta -la de una recaída en recesión y un choque deflacionario en los EE.UU.- fue atacada de raíz por la enérgica intervención de la Fed. El desborde de la crisis europea de la deuda pública fue el gran dolor de cabeza. Se lo mantuvo a raya, pero el equilibrio alcanzado es precario, no previene un contagio mayor y, en consecuencia, todo el mundo aguarda un recrudecimiento (y otro episodio de turbulencia importante) en la primera mitad del año. Si el desafío de 2011 es enterrar la crisis definitivamente, he aquí el enemigo público número uno.

El año 2010 fue el de la recuperación del empleo en los EE.UU. (aunque débil). Los bancos del G-7 dejaron de correr a la zaga de la hemorragia de los quebrantos crediticios (y revirtieron la dinámica a su favor gracias a la desacumulación de provisiones y previsiones constituidas en exceso). Todo sugiere que 2011 asistirá a la recuperación neta del crédito bancario (se observa en Europa y probablemente esté ocurriendo ya en los EE.UU.). Pero la trayectoria de la crisis europea será vital para permitir que la incipiente tendencia no se dilapide.

Que nadie se engañe: 2010 no fue tan propicio como ansiaban las autoridades económicas. Las «estrategias de salida» de todos los bancos centrales del G-7 debieron posponerse. El grave error de Europa -forzar la discusión austeridad versus estímulo mucho antes de tiempo, y llevar la austeridad a la práctica con efectos desastrosos en los países mediterráneos- no deja margen para un repliegue próximo. El crecimiento de los países del G-7 es magro, todavía asistido por medidas extraordinarias de apoyo, que no se pueden desconectar sin el riesgo de una recaída en la zozobra. O que se deben reforzar sobre la marcha (como fue el caso del QE2 y, con menos repercusión adversa, el acuerdo fiscal de Obama con la oposición). En principio, Europa se opone, pero en los hechos toda su estrategia de defensa se recuesta en un uso creciente de mecanismos fiscales y monetarios de excepción. Y doblegar la crisis obligará a extremar su empleo. A priori, ese desenlace es la principal incertidumbre de 2011. Tanto que un think tank londinense -el respetado Center for Economics and Business Research (CEBR)- le asigna al euro sólo una chance del 20% de mantenerse en su «presente encarnación». Esto es, como la moneda común de los 16 países (ahora con Estonia, 17) que conforman la unión monetaria. Si no se neutraliza la desconfianza de los mercados, la solución será quirúrgica. Y la clave, la total separación de los tejidos afectados de los que no lo están. Encapsular a Grecia debió ser el objetivo. Y no se logró. Aislar de los temblores a España y a Italia (y a la banca europea) es el desafío de 2011.

Lo fundamental -desactivar la ruta del contagio- va más allá. EE.UU., Gran Bretaña o Japón tienen tanta deuda o más que los países de la eurozona, y el virus de la inestabilidad, si se descontrola, podría saltar con toda facilidad. Lo que provocaría el fatídico Lehman II. O, más bien, un Lehman al cuadrado. Todos los avances penosamente alcanzados podrían estallar en el aire en una sola explosión. Contrario sensu, una transición atinada (lo que permite que el tiempo juegue a favor) puede conseguir milagros. Pruebas al canto: la resurrección de GM y AIG, la recuperación de la banca de los EE.UU. y por consiguiente de los fondos prestados por el plan TARP. O el renovado estatus de refugio financiero del franco suizo (dejando atrás la sensibilidad por los penosos avatares de UBS y los acuerdos con EE.UU. en materia de secreto bancario).

La crisis es un tábano persistente para las economías avanzadas. Pero, por fortuna para un mundo necesitado de fuentes de crecimiento, no afecta para nada la bonanza a todo vapor de las economías emergentes. Una asimetría que plantea dificultades de manejo (de ahí las disputas EE.UU.-China, la guerrilla de las divisas o el rechazo al QE2) que habrá que administrar con inteligencia. La fuerte suba del petróleo será otro motivo de tensión (porque absorbe una parte no desdeñable del estímulo que insufla el G-7 y lo deposita en bolsillos ajenos). En esta realidad dual, moderar la expansión de las naciones emergentes es también capítulo de importancia (aquí sí hay inflación en curso y presiones al alza). De ahí que China ya definió que este año se dedicará a poner en caja el problema.

La economía mejoró, pero la corrosión de la crisis es más vasta. Si se analiza el G-7, la fatiga en el seno de la sociedad no cede. Se sabe que es una variable que opera con rezago y que no percibe la rehabilitación tenue de las condiciones financieras y económicas. El descontento fermenta, y reveló en 2010 su influencia en las urnas. También aquí Europa aporta la mayor dosis de riesgo de inestabilidad. Imposible no advertir las semillas de un giro hacia posiciones más revulsivas con la Hungría de Viktor Orban asumiendo la presidencia temporaria de la Unión Europea.

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