27 de julio 2012 - 00:00

Mercados piden prueba de amor el próximo jueves

¿Hasta acá llegó la crisis? Como en diciembre último, el BCE tomó por fin cartas en el asunto. No anunció medidas, pero su titular, Mario Draghi, fue contundente: «El BCE hará lo que sea necesario». Y acotó, por si hiciera falta: «Créanme que serán suficientes». El mercado le creyó en el acto. En rigor, ya lo había hecho un día antes, cuando Edwald Novotny, el representante austríaco en el Consejo de Gobierno, anticipó un posible cambio de actitud. Su intervención es plenamente verosímil; lo de no creer era la desidia del Banco Central, su desconexión ante la volcánica irrupción de los acontecimientos en el corazón de Europa. Lo extraño era pensar la crisis europea como una provincia ajena a la esfera propia del BCE. No lo es, como Draghi admite ahora con increíble (y muy costosa) tardanza.

Las peticiones de España (y de Italia y Francia) han sido escuchadas. Una semana atrás, Draghi había dicho que el BCE no estaba para socorrer las finanzas de nadie. ¿Qué cambió, más allá de la temperatura de cocción? Abracadabra. Las palabras mágicas que pronunció la cabeza del Banco Central: «En la medida en que las primas de riesgo dificulten el funcionamiento de los canales de transmisión de la política monetaria, caen bajo nuestro mandato». Maravilloso. Es que el BCE no sólo debe velar por preservar una inflación menor del 2%. La estabilidad financiera también está bajo su responsabilidad. Fue la razón, por ejemplo, para habilitar el billonario programa de pases a tres años que, entre diciembre y febrero, trajo la calma después que la crisis llevó a países y bancos al borde del abismo. Pregunta el profano: ¿Hace falta que las primas de riesgo-país lleguen al estrangulamiento para reaccionar? ¿No sería mejor prevenir que curar? El éxito de la política antiinflacionaria de los bancos centrales del G-7 se afianzó recién cuando las decisiones se tomaron con anticipación, antes de tener que lidiar con los hechos consumados y una inflación fuera de órbita. ¿No podría prevenirse acaso la perturbación del mecanismo de transmisión de la política monetaria? Seguro. Pero eso fue lo que el BCE (sobre todo, en tiempos de Jean-Claude Trichet) le criticó a la Fed con acidez. No obstante, lo peor no es la carencia de visión. Ocurre que la correa de transmisión se soltó hace tiempo. ¿Cómo evaluar la política monetaria de la región cuando media Europa es arrasada por la suba sin freno de las tasas de interés y, por eso mismo, la otra mitad paga tasas negativas? El BCE supo del trastorno antes que nadie ya que debió suplir la parálisis interbancaria con su asistencia, pero igual dejó acumular las tensiones hasta un extremo.

¿Qué más dijo Draghi? Que el BCE hará lo que sea para preservar al euro. ¿Cuánto talla el euro en todo este zafarrancho? Nada. Cero. Aun en el momento de mayor desconcierto, su cotización estuvo siempre por encima de cualquier estimación convencional de valor razonable. Cuando se lanzó la moneda única con gran fanfarria, su precio era de 1,19 dólar. Y nadie pensaba que sería debut y despedida; 1,19 era, pues, una cotización compatible con la euforia. Cuando Domingo Cavallo quiso incorporar el euro en una canasta -junto con el dólar- para mantener a flote la convertibilidad, cotizaba a $ 0,90 y tampoco nadie temía por su extinción. Mentar al euro en este entuerto es un eufemismo notable. No hay corrida contra la moneda común; sí contra la deuda de España e Italia. Ni qué decir de las obligaciones de Grecia (deuda que el propio BCE ya no acepta como colateral de sus préstamos). Pero el BCE no puede salvar a España e Italia, debe «salvar al euro». Todo el mundo lo entendió así. La prueba está sobre la mesa: el bono español de diez años, que supo rozar un rendimiento del 7,80% dos días atrás, se fortaleció como una exhalación. Entre Novotny y Draghi, ayer, la tasa larga bajó al 6,90%.

El mandamás del BCE también dijo que el euro es irreversible. O sea, una obviedad que, al estar cuestionada, resulta, a la par, una afirmación importantísima. ¿Significa que Grecia no será expulsada de la moneda común? ¿Qué otra cosa puede entenderse?

¿Qué más señaló Draghi? Nada más. De ahí el gran impacto de sus palabras. Fue todo énfasis. Y no develó ningún contenido. Es la voluntad del BCE (e, indirectamente, de la eurozona) lo que se valora. La crisis avanza cuando esa voluntad flaquea (o hace mutis por el foro). Pero todavía obedece, agacha la cabeza y se repliega al solo anuncio de su vuelta a escena. ¿Qué hará el BCE para contener el desborde? Europa es como los viejos galanes de la radio. Cuando quiere, sabe impostar la voz. Pero se corre el riesgo de la decepción cuando lo que cada uno imaginó se revela en la realidad. ¿Se reactivará el programa de compras de deuda soberana? ¿O se comprará la deuda que emita el muro cortafuegos? ¿Se le dará la chapa de banco al fondo de rescate permanente? ¿Se lanzará una nueva ronda de pases a largo plazo? ¿Habrá mayor flexibilidad para la admisión de activos bancarios como garantías para redescontar en el BCE? Ese arsenal de hipótesis es infinitamente más poderoso que lo que, en última instancia, el BCE aceptará consagrar. Las palabras de Draghi dieron vuelta la página. El jueves próximo, cuando el BCE celebre su reunión mensual de política monetaria, los mercados pedirán que, como mínimo, el Banco Central abone una primera seña.

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