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Metamorfosis muy bien narrada

En «Muy lejos de Kensington», Muriel Spark deja de lado los esquemas clásicos de quien fuera su protector, Graham Greene. Mientras Greene se caracterizaba por tramas apasionantes e historias repletas de intrigas y suspenso, la autora escocesa se las ingenia para que el toque policial de su novela quede subyugado por un magnífico retrato de la vida londinense de posguerra. Es una cotidianidad que Spark, que murió en 2004, conoció de cerca, lo que se hace muy evidente a medida que se avanza en el libro. El que la protagonista sea un alter ego de la escritora le da soltura a la prosa y un buen ritmo, llevando a apreciar los dos mundos de la vida inglesa en los años 50 tanto en sus virtudes como en sus peores miserias.
La señora Hawkins (o Spark, si se prefiere) es una viuda de 30 años que vive en la pensión familiar de Melly Sanders en Kensington, suburbio londinense al norte del Tamesis. Si bien Melly es mayor, se vuelven confidentes ya que la gordura y el estilo de vida de Hawkins las emparejan en impresiones e ideas.
El suspenso ingresa en la trama cuando otra de las inquilinas, Wanda Podolak, costurera polaca, comienza a recibir extraños anónimos amenazándola con demandarla a las autoridades por no haber pagado impuestos. Esta situación deriva en un estado de paranoia y en el incipiente camino hacia la locura de una mujer cuya única salida social es ir a la iglesia los domingos.
Ese sentimiento e inquietud se mantiene a lo largo de la historia superficial que es, básicamente, la vida de Hawkins, quien trabaja como correctora de libros. Esta es la invitación que Spark extiende para introducirse en los ambientes bohemios de Londres plagados de autores, periodistas y poetas con más hambre que talento al momento de escribir.
Todo tipo de escenas tienen lugar en la trayectoria editorial de Hawkins, de consolar a uno de sus jefes que es en realidad un estafador empedernido a explicarle a escritores, con gran maestría, lo que necesitan para que su estilo y sus ideas mejoren. En una gran paradoja, Hawkins pagará constantemente el precio de haberse enfrentado con un escritor sin talento pero de grandes contactos en la alta sociedad inglesa y que está, en forma absolutamente sorprendente, conectado con los misteriosos anónimos que recibe Wanda.
Esta rivalidad es al mismo tiempo una excusa para plasmar las peores costumbres de las clases altas, obsesionadas con las apariencias y donde de poco sirven los méritos personales si éstos no van acompañados por un porte glamoroso o un apellido patricio. Resulta grato prestar atención a la personalidad de Hawkins, quien hará un viaje cronológico a la inversa: con el paso de las páginas, perderá peso, adquirirá estilo, logrará despertar el deseo, dejará de ser respetable para ser irreverente y no será más la «señora Hawkins» sino Nancy. En fin, una metamorfosis extraordinariamente narrada.
Milton Merlo


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