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Minujín, la respuesta a qué significa ser artista
Marta Minujin, cuando becada en París, quemó su producción de tres años en una fogata que la representa de un modo cabal. Arriba: junto a Andy Warhol, a quien se propuso pagarle la deuda externa argentina con choclos, en una acción metafórica.
Hay una fotografía tomada cuando estuvo becada en París y quemó la producción de tres años en una inmensa fogata, que la representa de un modo cabal: su figura se recorta en medio de las llamas, riéndose. En una carta fechada en junio de 1963 cuenta la historia de esa imagen, dice que al final de su beca decidió destruir «de una manera creativa» las obras realizadas con los cartones y colchones que juntaba en los hospitales, materiales que pegaba y pintaba con pintura para carrocerías de autos.
Sus escritos permiten acceder al significado de su obra: «Sentía y afirmaba que el arte era algo mucho más importante para el ser humano que esa eternidad a la que sólo los cultos accedían enmarcada en museos y galerías; para mí era una forma de intensificar la vida, de impactar al contemplador sacudiéndole, sacándolo de su inercia, ¿para qué, entonces, iba a guardar mi obra?... ¿para que fuese a morir en los cementerios culturales?; la eternidad no me interesaba, quería vivir y hacer vivir». Añade al final de la carta que con un mes de anticipación comenzó a planear su primer happening, y que lo planificó «cuidadosamente».
Desde esa tarde y siempre rodeada por celebridades, como Niky de Saint Phalle, Tinguely y Larry Rivers, quienes la autorizaron a provocar la gran fogata en el Impasse Ronsin, Minujín descubrió la felicidad que depara la gratuidad del arte efímero y, hasta hoy, defiende estos conceptos. Considera que el arte está allí, en la vida misma, y que se funde en un proceso vital con el acontecer de cada día, de cada minuto de su existencia de artista. Existencia que en plena juventud puso al servicio de una meta: cerrar la brecha entre el arte y la vida. Buscó este objetivo de un modo frenético y excesivo primero, en las décadas del 60 y 70, y algo más sereno después, pero con obras y gestos más ampulosos, a partir de los años 80. El teórico del Pop, Oscar Masotta le escribía a Romero Brest desde Nueva York, ciudad donde coincidía con la artista y, entre otras cuestiones, decía: «Marta me insufló ese objeto ansioso que tiene encima y ese gusto definitivo por la historia ansiosa, es decir por la evolución de un proceso donde cada etapa devora a la inmediatamente anterior».
Para Minujín el arte debía llegar a convertirse en una experiencia transformadora y, para lograrlo, no medía los riesgos. Tenía un cometido que cumplir, pero esto no quiere decir que la velocidad cegara su lucidez.
Theodor Adorno, el teórico que mejor expresó su rechazo por el público servil y las masas amaestradas de la industria cultural (dado que las cantidades que suman los museos como ganado no son garantía de que entiendan algo y mucho menos de que aprecien la calidad), llegó a asegurar: «Sólo las obras que alguna vez se arriesgaron a todo tienen la posibilidad de perdurar».
Personaje
Montada con criterio cronológico, la exposición curada por Victoria Noorthoorn exhibe la obra y el personaje que se construyen a la par, simultáneamente, imbricándose una en el otro durante media centuria. Como un plus, el espectador puede disfrutar de un casi seguro encuentro con la artista más famosa de la Argentina, que concurre asiduamente al Malba. Del mismo modo que Warhol repetía incansable las series de retratos de Marilyn, las latas de sopa Campbell o las cajas de Brillo Box, el Pop de Minujín está presente en la reiteración perseverante de su peinado, los anteojos, el negro o el blanco de sus trajes y mamelucos y las palabras: «Arte; arte; arte».
Es preciso valorar que ella se expone a sí misma en un doble sentido, tanto el de exhibirse como el de volverse vulnerable ante las miradas despiadadas, la insensibilidad o la ignorancia ajena.
Como siempre ocurre con el arte, el espectador tiene dos caminos: puede optar por depararle a la muestra una mirada superficial, es decir, dejarse llevar por la apariencia exterior, tan vistosa y atractiva en este caso particular; o bien, dedicarse a analizarla. La dificultad es que para adentrarse en la obra es preciso leer mucho material y dedicarse a mirar videos de pequeño formato.
Uno de sus proyectos más creativos, «Kidnapenning», una cantata, ópera, danza, poesía y homenaje a Picasso con 40 performers con los rostros pintados y unos memorables secuestros incluidos, se realizó en el año 1973 en el MoMA neoyorquino. Con su propósito permanente de romper la rutina y los esquemas, la artista buscó 15 personas que aceptaran ser secuestradas y otras tantas que les prepararan lugares extraordinarios para el arribo. Después de la acción en el MoMA y de un viaje en auto con los ojos vendados, algunos llegaban a un banquete elegante, otros a la casa de un crítico de arte que los recibía y a algunos dejaban en el puente de Brooklyn o en una peluquería. Lo cierto es que Minujín guarda la carta de una mujer que arribó al taller del fotógrafo Antón Pelli, relata que lo conoció esa noche y que se enamoró y se casaron. Por supuesto, ella agradece el secuestro.
Las más de 100 obras, proyectos, cartas, documentos, instalaciones y los elocuentes videos y fotografías demandan una larga visita. Hay obras de fácil acceso, como «¡Revuélquese y viva!» (1964), «La Menesunda» (1965), «El Batacazo» (1965), y otras muy complejas, como «Simultaneidad en Simultaneidad» (1966) y la serie de proyectos con los medios de comunicación o «La Academia del fracaso». Si bien la obra de Minujín no está ligada al arte político con la obviedad demostrada por muchos de sus pares, esta última acción, realizada en el CAYC en 1975, está ligada, como el resto de toda su producción, al espíritu de los tiempos, al contexto que le tocó vivir.
Cada espectador deberá emprender su búsqueda para revivir o, acaso, comprender la situación de la vanguardia argentina en la época irreverente e impetuosa del Di Tella y su lamentable final, las alucinaciones de la etapa Hippie (1968-1970), el golpe de estado de 1976 y la represión que llegó después, y también la emoción que generó el «Partenón de libros», un monumento grandioso que Minujín levantó en la Avenida Nueve de Julio para celebrar la democracia.
Al terminar el recorrido, debajo de la apariencia improvisada que genera el personaje de los lentes oscuros, se descubre, firme como la roca, la razón de la producción artística. Desde la acumulación de las cajas de los primeros años, los choclos que amontonó para pagarle la deuda externa argentina a Warhol en una acción metafórica, las innumerables acciones y las esculturas fragmentadas en especial desorden (que conforman un orden perceptible, que rige para la artista), la obra aparece dotada de una gracia incomparable y a lo largo de los años se vislumbra que todo cobra sentido y tiene su razón de ser.
El Malba celebra en 2011 diez años de vida y abre su ciclo con un referente internacional insoslayable en el mundo de la performance, el happpening y el Pop, alguien que en otro país sería un «monstruo sagrado». Es verdad que la Argentina por tradición está apegada por un lado al formalismo, mientras por otro lado, la desmaterialización conceptual de la obra, la idea en estado puro como es el caso de varios proyectos de los que sólo se resguarda la imagen y los que nunca se llegaron a realizar, no resultan fáciles de valorar para aquellos que no conciben hacer algo sin rédito alguno.
Por otra parte, la sociedad del espectáculo que, con su «fuerza invasiva», que según Guy Debord sumía en el sueño a «la sociedad moderna encadenada», nada tiene que ver con el espectáculo generado por una artista que oficia de auténtico despertador.
La exhibición, más allá de hablarnos de una figura crucial que fue amiga de Dalí y de cuanto artista y crítico valioso cruzó el siglo XX, debería inducirnos a pensar qué implica ser artista. Minujín está capacitada para ayudarnos a encontrar esta respuesta.


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