3 de mayo 2011 - 00:00

Monstruo sin límites que partió la historia en dos

Ya antes del 11-S, Osama bin Laden era considerado el principal enemigo público de Estados Unidos. Los atentados de Al Qaeda se caracterizaron por su espectacularidad y por su crueldad a la hora de maximizar las víctimas civiles.
Ya antes del 11-S, Osama bin Laden era considerado el principal enemigo público de Estados Unidos. Los atentados de Al Qaeda se caracterizaron por su espectacularidad y por su crueldad a la hora de maximizar las víctimas civiles.
Washington - Osama bin Laden nació en la élite saudita y murió como el terrorista más buscado del mundo, un huidizo blanco que, desde la sombra, tuvo en jaque durante más de una década a Estados Unidos y al mundo.

Bin Laden, que murió el domingo a los 54 años en un ataque a su escondite en Abotabad (Pakistán), tenía manchadas las manos, en opinión de millones de personas, con la sangre de miles de inocentes fallecidos en ataques terroristas en las últimas décadas.

Pero además de una mente sanguinaria, Bin Laden fue el gran ideólogo de la «guerra santa» islámica, el artífice de la reunión de grupos militantes de países poco afines bajo un solo lema: el de una hermandad sin fronteras en defensa del islam.

Esa idea bastó para sustentar una sólida base de operaciones que lo convertiría, incluso antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001, en el «enemigo público número uno» de Washington.

Los ataques terroristas del 11-S, que se cobraron más de 3.000 vidas, marcaron sin embargo un antes y un después en la política exterior estadounidense y el inicio de una «guerra contra el terror» dirigida, en gran medida, a encontrar y acabar con Bin Laden.

La búsqueda duró casi diez años, en los que el paradero del líder de Al Qaeda fue la gran incógnita de los servicios de inteligencia estadounidenses, que rastreaban incansables las montañas fronterizas entre Afganistán y Pakistán.

Allí consideraban que había huido, acompañado de unos 200 rebeldes, el 9 de noviembre de 2001, cuando los talibanes perdieron la localidad de Mazar i Sharif en la guerra de Afganistán.

Desde su refugio, Bin Laden enviaba videos al mundo para dar su opinión sobre asuntos de actualidad política, profería amenazas a Estados Unidos o confirmaba la vinculación de Al Qaeda con ataques terroristas.

Aunque tardó menos de un mes en alabar los atentados del 11-S, no reconoció oficialmente su autoría hasta mayo de 2006, cuando dijo que él mismo había encargado «a los 19 hermanos» la misión.

Las últimas imágenes filmadas de Bin Laden son las del sexto aniversario del 11-S, en septiembre de 2007, que lo muestran con su habitual chilaba, su turbante y la barba completamente negra.

Acompañado siempre por un rifle Kaláshnikov que presumía de haber arrebatado a un soldado ruso, era visto por sus seguidores como un estandarte musulmán, un mito vivo que había abandonado una vida de lujos por la causa.

Nacido en 1957 en el seno de una adinerada familia saudita, el joven Bin Laden forjó su violenta obsesión por la identidad musulmana en los años 80, durante la invasión soviética de Afganistán.

Nuevo hogar

Ese país se convertiría en su nuevo hogar la década siguiente, cuando rompió relaciones con su familia y la monarquía saudita por su apoyo a EE.UU. durante la Guerra del Golfo. Abandonó Arabia Saudita con la promesa de luchar por un «verdadero» Estado islámico allí.

Después de cinco años en Sudán, el líder terrorista volvió a Afganistán, donde apoyó durante cinco años -entre 1996 y 2001- a la milicia talibán que acababa de conquistar Kabul.

Estados Unidos lo identificó como una amenaza a mediados de los 90, y lo ha responsabilizado desde entonces de los más de 200 muertos en los atentados contra sus embajadas en Tanzania y Kenia en agosto de 1998 y de un primer atentado en 1993 contra las Torres Gemelas que dejó seis muertos, entre otros.

Pese a su incontestable gancho como ideólogo y propagandista, el verdadero alcance del poder de Bin Laden sigue en el aire.

Lejos de tener un número preciso de simpatizantes, Al Qaeda es más bien una red dispersa, aunque sólida, que queda ahora huérfana y plagada de interrogantes, como si su fundador realmente pretendía realmente proveerla de armas químicas y nucleares.

Convertido sin pisar el suelo de EE.UU. en uno de los grandes actores de su política, Bin Laden muere caracterizado por Washington como el gran rostro del mal de las últimas décadas, un villano a la altura de Adolf Hitler o Josef Stalin que perdió la vida como él mismo había pronosticado muchas veces: a manos de su peor enemigo.

Agencia EFE

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