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“Muchos pianistas buscan ser perfectos, pero yo no”
Nelson Goerner: «En esta época las grabaciones condicionan demasiado al intérprete, muchas veces el músico compite con sus propias grabaciones en pulcritud».
Periodista: ¿Qué criterios aplica para armar los programas de sus recitales?
Nelson Goerner: Si bien considero que un programa tiene que estar bien estructurado y ser el fruto de una reflexión, de un proceso interior en la vida de un intérprete, tampoco tiendo a intelectualizarlo, aunque muchos lo hacen Lo que más cuenta es la motivación de abordar una determinada obra en un momento determinado, el haber vivido lo suficiente con ella como para creer, modestamente, que se le puede aportar algo propio. Por supuesto que en ese primer abordaje nunca juega el conocimiento sino la intuición, y es lo que no hay que perder de vista. Lo apasionante es eso, cómo se va enriqueciendo una interpretación con aportes que a veces son mínimos, pero otras no... basta encontrar un fraseo, un acento, un detalle de de pedal que hace que la interpretación cobre un color nuevo.
P.: Como trabajaría un actor un texto...
N.G.: Es meterse todo lo posible en la piel del compositor, pero aportando lo propio. No creo tampoco en una visión objetiva, porque están los textos, las indicaciones de los compositores, tenemos pautas para respetar, pero afortunadamente una misma partitura puede ser leída de maneras muy distintas.
P.: ¿Y en el caso puntual de este programa?
N.G.: Lo quise hacer contrastante, abordando dos obras del romanticismo pero muy distintas en lenguaje y estética. La sonata de Mozart prefigura en el adagio inicial a Schubert, y no está lejos de una inventiva schumaniana, así que no resulta para nada descabellado el pasaje a la «Kreisleriana». Los contextos anímicos son muy distintos, pero Mozart era un revolucionario, y su inventiva había sobrepasado su tiempo.
P.: ¿Cómo se encara una obra tan monumental como la «Sonata» de Liszt?
N.G.: Tuve la oportunidad de abordarla en distintas etapas de mi vida, de mi evolución, la grabé... y ahora, si bien mi visión no se ha modificado del todo, hay un enriquecimiento espiritual que ahora estoy más capacitado para aportar. Hay muchos pianistas que buscan ser perfectos, pero yo no. Me interesa como obra revolucionaria, como poema sinfónico trasladado al piano. Concentra toda la genialidad de Liszt y los aspectos más contradictorios de su personalidad tan multifacética. En el manuscrito vemos todos los pasajes que suprimió, y que terminaba fortíssimo y no con esos acordes gloriosos en pianissimo, hizo una gran depuración porque era un gran maestro de la estructura. El desafío es conferirle a la «Sonata» la unidad arquitectónica: no hay un solo pasaje que no tenga una relación temática con el germen inicial de la obra.
P.: Cómo enunciaría esos aspectos contradictorios de la personalidad de Liszt?
N.G.: En él están el franciscano, el gran artista de escenario, el virtuoso, creador del recital pianísitico, el gran pensador, el revolucionario del lenguaje armónico. Hace poco toqué en un recital algunas de sus últimas obras, donde casi termina con la tonalidad, y cuesta creer que sean del mismo autor de las «Rapsodias húngaras». Muchas veces, en el arte lo que puede parecer contradictorio es complementario.
P.: En el caso de una obra nunca antes abordada, ¿cómo es el proceso de estudio?
N.G.: Necesito un trabajo previo fuera del instrumento. Es un continuo imaginar una obra, oírla internamente, como me pasó con la «Kreisleriana»: durante muchísimos años ansié interpretarla, y me llamaba a mí mismo la atención no haberlo hecho aún, pero nunca dejé de imaginarla ni interrogarla. Recién cuando tengo un ideal sonoro en mi cabeza me siento al instrumento, porque ya tengo allanado el camino como para empezar mi trabajo de realización de todas esas ideas.
P.: ¿Y el aspecto técnico?
N.G.: Mis maestros me enseñaron a no trabajarlo nunca disociado de la interpretación, nunca creí demasiado en el trabajo mecánico de por sí, creo que a uno lo aleja de la música, aunque hay determinados tipos de pasajes que pueden llevar a que uno los extracte y los trabaje en frío. Yo también lo hago, pero la disociación me parece peligrosa.
P.: Lamentablemente no todos lo practican...
N.G.: En esta época las grabaciones condicionan demasiado al intérprete, muchas veces el músico compite con sus propias grabaciones en pulcritud, se condiciona con objetivos puramente mecánicos y pierde espontaneidad, frescura. El estado ideal del intérprete es el de la receptividad, donde le llegan las ideas y uno no está obnubilado por la realización técnica, eso tiene que estar superado ampliamente.
Entrevista de Margarita Pollini


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