4 de agosto 2009 - 00:00

Muestra-homenaje a Aizenberg, maestro de la cultura surreal

Algunas de las obras que conforman la muestra-homenaje con pinturas y esculturas de Roberto Aizenberg en la galería Braga Menéndez.
Algunas de las obras que conforman la muestra-homenaje con pinturas y esculturas de Roberto Aizenberg en la galería Braga Menéndez.
En la galería Braga Menéndez Arte Contemporáneo (Humboldt 1574), la galerista y curadora presenta una muestra homenaje con pinturas y esculturas de Roberto Aizenberg (1918-1995).

El espacio, la arquitectura y la luz son tres elementos fundamentales en su imaginería. Entre 1950 y 1953, estudió en el taller de Batlle Planas. «Fue un apasionado por la teoría y fundó un instituto de investigaciones de la forma. Trabajar a su lado, charlar con él y entender su visión idealizada constituían las constantes de aquellos días (.) Eran momentos de gran felicidad. Una etapa fascinante de mi vida», escribió Aizenberg.

Inicialmente, cultivó intensamente el dibujo. Luego, pintando logró el tema sustancial de su obra, el encantamiento que palpitará en toda su producción. A mediados de los cincuenta, se manifestaron todas las características que definieron su obra. Y a fines de esa década, se inició la depuración de su retórica que inauguró un estilo de abstracción metafísica.

Representó la Cultura de lo Surreal, denominación que hemos adoptado para reivindicar una poética emanada del mestizaje de Europa y la América antigua, y sacarla del estrecho marco del Surrealismo francés y sus derivaciones. Es una constelación de lo alucinatorio y lo onírico, sustentada en el rechazo de dogmas académicos, modelos obligatorios e ideas establecidas.

En sus abstracciones tanto como en su geometría figurativa, Aizenberg mantiene un precepto del surrealismo: privilegiar lo interior, lo subconsciente, lo imaginario. Sus edificios están ubicados en espacios que trascienden la dimensión temporal, no son antiguos ni modernos. En esa visión, lo metafísico supera los límites de la realidad, los límites que su estilo le impone al pintor figurativo. Desde sus casas ardiendo hasta las ciudades engalanadas, el hilo que une su propuesta pasa por lo humano, pero lo humano metaforizado por el hábitat.

En un juego múltiple de claroscuros, colores límpidos y taciturnos edificios iluminados por resplandores celestes, resulta inmediato detectar lo imaginario surrealista.

Como desprendimientos oníricos de un mundo simbólico interno, los edificios de Aizenberg parecen constituir retazos de un sueño, de su inconsciente trabajando con pulcritud la trama de sus telas. La fantasía de Aizenberg se despliega entre lo material y lo inmaterial, lo sonoro de un ruido desorbitado y lo silencioso y aparentemente frío de las estructuras de sus habitáculos vacíos. Los sueños, trasladados a las dos dimensiones de la tela son desencadenantes de otros imaginarios arquetípicos; toda su producción puede ser considerada como una sucesión serial.

Estructuras abigarradas de torres altísimas, pirámides o interminables columnas matizadas con ventanales, ilustran no a una arquitectura real sino a una posible. Es en el campo de lo imaginario donde se despliega este juego de volúmenes y superficies. Sus mundos no se limitan a las vestimentas o los edificios; sus máquinas fantásticas dan testimonio de su acercamiento onírico a la representación de la verdad. Su geometría sensible nos acerca también a la dimensión del rigor obsesivo y del orden sin meta aparente: un orden con visiones metafísicas. Las formas van rotando, cambian, se van transformando, y su conversión en lo contrario, el continente por el contenido, es lo distintivo de la problemática de Aizenberg, muy marcada por la pérdida de sus tres hijos y su propio exilio, durante la última dictadura militar (1976-83).

En Aizenberg, poco importa que se trate de torres, edificios, vestiduras, cuerpos fragmentados o máquinas infernales. Lo que interesa en realidad son las secuencias de formas, el metabolismo de la pintura en pos de signos precisos. Los que hacen al arte de la tela y los colores, las vías formales que rigen la aparición, desde las profundidades abismales del subconsciente, de las fantasías materializadas en elementos visuales.

Un sinfín de transformaciones propone este maestro de las acrobacias y maniobras del estilo. Probablemente transformaciones de un todo único, complejo, indivisible. Este todo, su propio inconsciente, que se expresa en partes y por etapas. Las telas inundan al espectador por la fuerza de sus imágenes, por la estructura de su cromatismo y permiten detectar, al mismo tiempo, la presencia de un motor creativo. Los estímulos imaginarios de su producción son trazos, colores, formas, que impresionan los sentidos del receptor y que, una vez en su poder, lo convierten en un ser que se ha apropiado de lo expuesto. Su simbolismo metafísico penetra en la zona de penumbras donde todo adquiere un sentido profundo, ya que la simbología del surrealismo no es jeroglífica sino susceptible de decodificación. Las telas, aunque equiparables a los sueños, no son tales: son, podríamos decirlo, sueños de un artista; y como tales, accesibles en tanto su dimensión estética domina el contenido.

Una estructura de fondo enlaza todas las obras del pintor y, sin embargo, sus obras y los efectos reales sobre los contempladores son siempre distintos. Su expresividad y su estilo son efectos de una práctica que no se limita en ningún momento a cánones determinados: él privilegia lo individual y el hecho creativo a partir de metáforas poéticas nuevas. Presenta una fantasía desbordante que, llegando más allá del límite de la tela, se proyecta hacia el espectador como la manifestación de un sueño vital de deseos encontrados y conflictivos. Por este motivo su obra es deslumbrante, pero también sobrecogedora. Lleva en sí toda la complejidad de una personalidad que nos habla de las tormentas de la contradicción entre lo específicamente humano y aquello que lo encierra, que lo limita.

En las otras dos salas de la galería se presentan obras de Andrés Sobrino (1967) y se expone «Modular» de Rafael González Moreno (1961).

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