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Muestra de Proa prueba que el arte es siempre contemporáneo
Copia de uno de los retratos del papa Inocencio X de Velázquez que puede verse en una muestra que reúne, entre otras obras, las de la Galería de Arte Moderno y Contemporáneo y de la histórica Academia Carrara, de Bérgamo.
Para la exhibición porteña, el curador, Giacinto Di Pietrantonio, director de la Galería de Arte Moderno y Contemporáneo de Bérgamo (GAMeC), logró reunir las obras de esta institución con gran parte del patrimonio de la histórica Academia Carrara, también de Bergamo. Una circunstancia fortuita -sumada a los patrocinios de Techint y algunas instituciones de Italia- favoreció el proyecto: la Academia está cerrada en estos meses por refacciones.
Aunque hay nombres cruciales que integran la exposición para la historia del arte, la verdadera importancia de la muestra consiste en su planteo teórico innovador, que trasciende la importancia de las obras. La exhibición de Proa abre un nuevo rumbo para ver y analizar el arte, viene a reivindicar obras -como las maternidades renacentistas o del barroco- que hasta ayer no se incluían en las muestras contemporáneas, porque se consideraban anacrónicas o anticuadas.
Al mirar las instituciones del arte en retrospectiva, se debe tener en cuenta que antes de que surgieran los grandes museos de la modernidad, las posesiones se acumulaban sin límite en un prodigioso mix. Después llegaron los especialistas a catalogar esos tesoros con un criterio taxonómico, y las separaron según fuera su territorio de origen, su técnica o escuela particular, entre otras cualidades como la época a la cual pertenecían. A pesar de que la historia del arte no es lineal, los museos de la modernidad y también las exposiciones, se concibieron con un esquema jerárquico que perdura hasta hoy. Durante el recorrido que va del siglo XVI al XXI. Di Pietrantonio explica: «Soy profesor de historia del arte en la Academia de Brera, y siempre hago comparaciones entre las obras de la antigüedad y las contemporáneas. Creo que todo arte es contemporáneo, y así nace esta muestra, que trata de unir el espíritu actual de la GAMeC y el antiguo de la pinacoteca de la Academia».
Di Pietrantonio cita las fuentes que lo inspiran, antes que nada, el libro «Ante el tiempo», de Georges Didi Huberman (publicado en la Argentina por Adriana Hidalgo), texto que indaga la dimensión de las imágenes a través del tiempo, y que cuestiona qué hay de nuevo en lo arcaico y qué hay de antiguo en lo moderno o contemporáneo. Además, el curador reconoce que le gustaron las muestras «Artempo» y su continuación, «Infinitum», presentadas en el palacio Fortuni durante las últimas bienales de Venecia. Allí, en alegre montón, dialogaban objetos decorativos, muebles y un gabinete de ciencia, con el arte de todos los tiempos, como una escultura egipcia creada hace 5.000 años, junto a las pinturas de Picasso y un video de Bill Viola.
Lo cierto es que Di Pietrantonio es un curador creativo, se sirve de las nuevas tecnologías y utiliza chat, e-mail, SMS y Facebook. Cuenta que para presentar un amplio mosaico de opiniones en el catálogo, envió algunas preguntas a sus contactos del correo electrónico sobre los temas de la exposición, y que publicó las respuestas.
La muestra trata sobre las cuestiones esenciales de la vida, como el amor, el odio, la muerte, que por su condición básica, facilitan la comprensión de un complejo punto de su vista que afirma que el tiempo transcurre de un modo especial para el arte.
El resultado es que la imagen de San José con el niño Jesús en sus brazos pintada en el 1700 por Bazzani, al igual que el retrato de un niño -una pintura del siglo XVII atribuida a Velázquez-, representativos del amor y la ternura por excelencia, están junto a «El beso», dos círculos que se tocan en un punto, que es la visión conceptual que tiene del amor Jorge Macchi. La serie amorosa incluye la caridad, con «La limosna de Santa Cristina», una genuina pintura de Veronese, y la alegría que depara el amor, con un corazón neo pop verde, con lamparitas que se encienden y se apagan, de Sergio Avello.
Hay una obra significativa de Kiefer, una torre de libros, papeles y anotaciones, que representan el amor al conocimiento; a su lado cuelgan los collages de la contemporánea Jiri Kolàr, que interviene la imagen del amor sensual al repintar la «Maja desnuda» de Goya; está también el amor homosexual de Pierre Klossowsy, y una obra de Ben Vautier, donde se lee: «I am lost». «Estoy perdido de amor», observa el curador, que eligió los elocuentes mensajes de Vautier, que con su brillante ingenio, atraviesan toda la muestra.
El sector del «Poder» es el más intenso. Uno de los retratos del Papa Inocencio X que pintó Velázquez (copia del original que el artista reiteró varias veces) lo dice todo acerca del ejercicio de la autoridad. Refleja el carácter áspero de un personaje que amaba el arte a pesar de su difícil temperamento. A lo largo de la historia, los sentimientos que transmite el retrato sedujeron a muchos pintores, como Bacon, que realizó varias versiones. El significado de la obra se acrecienta con las miradas que a través de los siglos le ha dedicado la humanidad, confirma las teorías sobre el tiempo dilatado del arte.
El capítulo dedicado a la «Mente» se abre con el mingitorio de Duchamp y se cierra con una Vanitas de Pietro Paolini del siglo XVII, donde una calavera y unos libros inducen a reflexionar sobre las cuestiones que de verdad importan cuando llega la muerte. «El martirio de San Juan el Bautista» de Tiepolo, una obra pequeña, dramática y fascinante, domina el sector destinado a la «Muerte», junto al retrato de la bellísima «Marilyn» con unas líneas de cocaína, del brasileño Hélio Oiticica, un macabro dibujo de «La peste en Venecia» de Clorindo Testa y una violenta foto de Oscar Bony acribillado.
Con la estructura de un rizoma, la exposición se extiende sin esfuerzo hacia el arte argentino y latinoamericano contemporáneo, que ha pasado a ocupar un lugar destacado. Para comenzar, en el ingreso a la sala donde se enfrentan el «Amor» y el «Odio», hay un cuadro de la emotiva serie «Siete últimas canciones» de Kuitca, y en el ángulo del fondo se divisa el avión bombardero de León Ferrari.
El área destinada a lo «Cotidiano» alberga la atractiva fotografía tomada por Gillian Wearing, de un broker rubio con elegante traje oscuro. El personaje sostiene un cartel entre sus manos donde se lee: «Im desperate», mientras mira la cámara con cierta complicidad. La imagen se llama «Signos que dicen lo que tu quieres que digan y no signos que dicen lo que otros quieren que digas».
Al finalizar el texto del catálogo, el curador señala que ha tratado de entrecruzar saberes en la sociedad de la escritura hipertextual, donde -asegura- una nueva multitud está reescribiendo los significados.


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