3 de abril 2009 - 00:00

Multitud en paz marchó de Congreso a Recoleta

Multitud en paz marchó de Congreso a Recoleta
Una multitud inesperada acompañó ayer el entierro de Raúl Alfonsín, convirtiendo ese cortejo en el acto de adhesión a un dirigente de mayor dimensión de la última década, sin micros ad hoc ni prebendas, costumbre de los actos políticos de los últimos tiempos.
Decenas de miles de personas siguieron por las calles porteñas a la cureña que portó los restos del ex presidente, cuando comenzó a transitar desde el Congreso Nacional hasta el cementerio de la Recoleta. Una marcha lenta, ante la cantidad de público que se apostó en los costados de la avenida Callao para ver el vehículo que escoltaron los Granaderos a Caballo y que obligaba a detener el paso. Se dispuso un vallado para impedir que la gente bajara a la calle, a lo largo de unos dos kilómetros, pero igual no pudo contener a buena parte del público que terminó desbordando las medidas previstas y logró mezclarse entre los políticos, familiares y militantes que tenían prioridad para permanecer en la caminata junto al féretro y luego ingresar al cementerio.
Se confundieron junto a Julio Cobos, Elisa Carrió, Enrique Olivera, Gerardo Morales, Ricardo Alfonsín, entre otros, y se atrevieron a tocar y besar el ataúd con la complicidad de una decena de custodios que vigilaba su seguridad, ayudados por vehículos policiales.
La multitud, a pesar del día gris y lluvioso, se repartió en el recorrido para ver el paso de la cureña y formó un cordón de más cinco cuadras a partir de la avenida Callao y la calle Guido, donde la caravana ingresó al último tramo del trayecto para girar con dificultades en medio de los manifestantes y conducirse a las puertas del cementerio. Fue el trayecto más complicado, al punto de que hubo dificultades para concretar el ingreso del féretro a la Recoleta, donde la entrada estuvo restringida al público. El propio Cobos, intentó ahorrar camino y en un momento, obstaculizado por la gente y las plantas que adornan los bares de Recoleta, se vio obligado a saltar una cerca de aproximadamente un metro de altura.
El radical Leopoldo Moreau tenía la consigna de recibir el cortejo en la intersección de Guido y Ortiz, a una cuadra de las puertas del cementerio. Estuvo allí, pero no solo como se pensaba, la gente entorpeció a tal punto el paso que la cureña debió ralentizar más su marcha topándose con una barrera de personas que, finalmente, en forma espontánea, hizo un cordón de seguridad para abrirle el camino. Una mujer se desmayó y obligó a detener más la marcha, hasta que finalmente los Granaderos pudieron portar el féretro e ingresarlo para el descanso final. Lo mismo le ocurrió a Enrique «Coti» Nosiglia, el organizador del homenaje, quien se apostó a metros de la entrada, pero tampoco el tumulto le permitió la foto que buscaba.
Las puertas de la Recoleta fueron custodiadas por un cordón de soldados y policías, separando a la gente con un vallado, de modo que quedara la vía libre para el transporte, pero de todas maneras buena parte del público sobrepasó esas barreras.
La clase media porteña que llenó ayer las calles, y también la más acomodada del barrio del cementerio, procuró sin embargo una disciplina que no requirió demasiados ardides de seguridad para concretar el diagrama de los actos y del recorrido, aún con las dificultades de una concentración masiva que superó los pronósticos. Algo sorprendente si se lo comparara con un acto similar, pero de menor proporción que el de ayer, como el del traslado de los restos de Juan Domingo Perón a la quinta de San Vicente en la provincia de Buenos Aires, donde hubo tiroteos, muertos y desbordes de todo tipo. Una militancia organizada no perdió fervor para acompañar a Alfonsín al último descanso y se confundió entre los vecinos que más que comulgar con las banderas radicales parecían reforzar el apego a los principios democráticos que se exaltaron ayer del ex presidente.
Las consignas recorrieron, junto con la gente, los momentos de la vida del radical. «Alfonsín, Alfonsín»; «Raúl, querido, el pueblo está contigo»; «Volveremos, volveremos, otra vez como en el 83»; o aquella que buscaba asegurar el Gobierno contra los carapintadas «por cien años más». Aplausos, muchos aplausos se sucedían cada tanto, como para acortar la espera entre quienes desde temprano aguardaron en la plaza, frente al cementerio, esquivando el barro provocado por las lluvias nocturnas.
Banderas argentinas con un crespón de luto, pancartas radicales y carteles con la leyenda «Gracias Alfonsín» o «Democracia para siempre» acompañaron a los militantes y adherentes. Hubo lágrimas y reencuentros, especialmente de radicales que hace tiempo no confluían en una movilización de tal magnitud.
Desde los balcones de la avenida Callao, los vecinos, con esa ubicación privilegiada para el momento, lanzaban rosas y claveles rojos y blancos o papel picado.
«Muchísimas gracias por todo este reconocimiento y afecto, pero les pido en nombre de mi padre, por favor, que dejen lugar. Se ha desordenado un poco esta despedida», se escuchó por los parlantes el pedido de Ricardo Alfonsín, cuando sólo los invitados y quienes lograron infiltrase se dirigían por los pasillos del cementerio al panteón de homenaje a los Caídos de la Revolución del Parque. Allí, ya cerca de las 16, comenzó el último acto de despedida.

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