14 de abril 2014 - 00:00

Multitudes despidieron con dolor a Alfredo Alcón

En sus más de 60 años de carrera, Alfredo Alcón recorrió todos los medios, desde el radioteatro, el cine, la  TV, el disco y hasta la “voz en off”, pero su alma estuvo siempre en el teatro.
En sus más de 60 años de carrera, Alfredo Alcón recorrió todos los medios, desde el radioteatro, el cine, la TV, el disco y hasta la “voz en off”, pero su alma estuvo siempre en el teatro.
Los restos de Alfredo Alcón, el actor más grande y, paradójicamente, más humilde de nuestra escena, fueron inhumados el sábado en el Panteón de Actores en el cementerio de Chacarita ante una multitud que se acercó para despedirlo y que le brindó un cerrado aplauso. El artista había sido velado en el Congreso y alrededor de las 10.30 fue llevado hasta la puerta del Teatro San Martín, uno de sus segundos hogares, donde otra enorme cantidad de público lo despidió, entre ellos Norma Aleandro, Mercedes Morán, Guillermo Francella, Adrián Suar, Nicolás Cabré, Ernesto Larrese, Joaquín Furriel, Marco Antonio Caponi, Jean Pierre Noher, Pablo Codevila y Lidia Catalano. Alcón había muerto en la madrugada del viernes a los 84 años, como consecuencia de una complicación respiratoria.

Concentrado siempre en su arte, Alcón nunca pensó que hubiera alcanzado la cumbre. Para él, "quien ya creyó encontrar lo que busca, es que buscó poco". Dueño de una regia estampa, voz de seductora angustia y enorme energía, transitó más de 60 años de espectáculo nacional hasta que la salud empezó a abandonarlo, y, por primera vez en su carrera, debió abandonar la obra que estaba dirigiendo. Queda el ejemplo de su dedicación, ya que no de su estilo, caracterizado por un clasicismo tan inactual como inalcanzable y maravilloso.

Alfredo Félix Alcón nació el 3 de marzo de 1930 en Liniers. Se crió entre Liniers y Ciudadela, tempranamente huérfano de padre pero protegido por los abuelos, la madre, obrera de una fábrica de medias, que le transmitió el gusto por el teatro, y el padrino, que lo entusiasmó en la lectura de los clásicos. "Vivíamos apretados pero bien", evocaba.

A los once ya reunía a sus compañeros de juegos y les leía con énfasis contagioso algunas escenas truculentas de Shakespeare, sin saber que eso se llama teatro leído, ni imaginar siquiera que ese énfasis habría de caracterizarlo de por vida. Después empezó el Colegio Industrial, hasta que su madre supo de la existencia del Conservatorio Nacional de Música y Arte Escénico, y lo alentó a dar el examen de ingreso. Total era gratis. Así, a los 14 años, se convirtió en el alumno más pequeño de su camada. "Las chicas no querían hacer ejercicios escénicos conmigo". Pero Antonio Cunill Cabanellas, el director, le fue tomando aprecio, hasta hacerle integrar su propia compañía. Así empezó profesionalmente en la temporada de 1950, con la pieza de Román Gómez Masía "La isla de la gente hermosa".

Para entonces, aquel alumno más pequeño había pegado el estirón y empezaba a desarrollar una voz recia y seductora, aunque no siempre aprovechada para la seducción: su primer empleo formal fue como locutor de noticias del Mercado de Hacienda en Radio del Estado (luego Radio Nacional). Pero ahí terminó integrando el elenco estable de "Las dos carátulas", un radioteatro unitario que hizo época, ejemplo de difusión de las grandes obras nacionales y universales.

Luego se fogueó en España haciendo una temporada en la compañía Luis Prendes (Zorrilla, Priestley, Deval, etc.), protagonizó su primera radionovela, "El precio del amor", con Julia de Alba, por El Mundo, actuó en el Smart a las órdenes de Juan Carlos Thorry, participó en programas de teatro de José Cibrián por el primitivo Canal 7 (todo en vivo y en directo), y en 1955 entró al cine haciendo pareja con Mirtha Legrand, primero en un episodio de "El amor nunca muere", de Luis César Amadori (ese donde ella encabeza un almuerzo), y enseguida en "La pícara soñadora", de Ernesto Arancibia, con libreto de Abel Santa Cruz. Ya era un galán de cine y radionovela, y al mismo tiempo estaba en el teatro haciendo "Las manos sucias", de Sartre.El resto fue contínuo perfeccionamiento, dedicación absoluta, intensidad inigualable, maestría única, modestia increíble y cotidiano respeto por el arte y los maestros.

Encabezó radioteatros con Elcira Olivera Garcés, Beatriz Bonnet, Olga Zubarry, Violeta Antier, con quien hizo una antológica versión de "Cumbres borrascosas" en 1966, año en que también tuvo su propio programa televisivo, "El teatro de Alfredo Alcón", por canal 9 (lo siguió después en el 11). Allí hizo adaptaciones de O'Neill, Petit de Murat, García Lorca, Cossa, Pirandello, Camus, Fernández Tiscornia, incluso "Hamlet", tres veces, en 1964, 1973 y 1981. Cinco Martín Fierro se ganó en los '60 haciendo clásicos por televisión. Ya en estos tiempos, con otras reglas, compuso interesantes personajes en "Vulnerables" (año 2000, su último Martín Fierro) y "Locas de amor", y aportó histrionismo a ciertas novelas que solo pedían su nombre como soporte.

Lo suyo era el teatro. Su reino. Lope de Vega, Osborne, Abelardo Castillo (memorable "Israfel", también en 1966), Valle Inclán, Arthur Miller, Beckett, Ibsen, Marlowe, Williams, el "Lorenzaccio" de Alfred de Musset, con Aldo Barbero y Rodolfo Bebán en el Blanca Podestá, mucho García Lorca, mucho Shakespeare, al frente de grandes compañías o en recitales unipersonales, aquí, en España, Italia, Francia, en media Sudamérica, con "Los caminos de Federico" y "Shakespeare, todavía", etc., etc., siempre destacando a sus directores (Cabanellas, Alonso, Grasso, Alezzo, Kogan, Inda Ledesma y Lluis Pasqual, sobre todo). En 1990 también se hizo director, con el unipersonal de Juana Hidalgo "El caballito soñado". En ocasiones fue actor y codirector, como en "Escenas de la vida conyugal", de Ingmar Bergman, que hizo durante tres temporadas seguidas con Norma Aleandro. Sus últimos trabajos fueron el intensísimo "Rey Lear", a los 80 años, la comedia "Los reyes de la risa" (The Sunshine Boys) con Guillermo Francella, y "Filosofía de vida", ya aprovechando una silla de ruedas, con Bebán y Claudia Lapacó.

Aparte, colaboraciones en programas didácticos como "La orquesta por dentro", con el crítico Jorge D' Urbano, para chicos que visitaban el Colón en 1977, aportes en off para diversas obras, la versión discográfica de "El principito", otro disco recitando "El cuervo", de Edgar Allan Poe, varios espectáculos con Julio Bocca y hasta un videoclip para "La canción del adiós", de Los Nocheros.

En cine, tras "El amor nunca muere" (premio Revelación Masculina 1955) actuó en otros 50 títulos, con Mirtha Legrand ("La pícara soñadora", "Con gusto a rabia"), Tita Merello ("La morocha"), María Vaner ("Prisioneros de una noche"), Graciela Borges ("Zafra", "Piel de verano", "Pubis angelical"), Thelma Biral ("La maffia") y otras estrellas, hasta llegar a la escena culminante del drama hispano-argentino "En la ciudad sin límites", ese encuentro con Geraldine Chaplin donde todo entre ambos se expresa con la mirada. También los ojos eran imponentes en Alfredo Alcón.

Otros grandes trabajos, sin agotar la lista, fueron "Un guapo del 900", "Los inocentes", "Martín Fierro", "Los siete locos", "¿Qué es el otoño?" y "El agujero en la pared", sus composiciones de Diablo Gaucho en "Nazareno Cruz y el lobo", actor silente en "El amante de las películas mudas" y viejo reblandecido en "Cohen vs Rosi", sus participaciones como presentador en "Un idilio de estación", o narrador en off en "El oficio de amar" (poesía de San Juan de la Cruz) y sobre todo en "De eso no se habla", donde introduce al espectador en el tono exacto del relato, y lo despide con una precisa culminación. Su última labor para el cine fue, precisamente, dando la voz del Libertador, ya anciano, para el admirable documental de Areal Vélez "El exilio de San Martín", en 2005.

Ninguno de esos trabajos, ni los muchos elogios y premios, lo envanecieron. Al contrario, replicaba con anécdotas que lo dejaban mal parado: la crítica de un autor prestigioso ("parece un soldadito"), el disgusto de un actor especialista en personajes viriles cuando supo que él iba a hacer "Un guapo del 900", el miedo a los caballos en las películas épicas ("Martín Fierro", "El Santo de la Espada", "Güemes, la tierra en armas", tres éxitos populares) o la réplica de Torre Nilsson cuando Alcón le preguntó cómo componer la figura de Ecuménico López: "Mientras no te salga como Groucho Marx, hacé lo que quieras".

También confesaba, a veces, su ingenuidad política. Famosa, aquella vez en que los actores fueron a pedirle a López Rega por la vida de unos compañeros y éste se mostró tan hipócrita que Alcón dijo a la salida "En vez de un ministro encontramos un amigo".

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