- ámbito
- Edición Impresa
Murió Nagisa Oshima, un revolucionario del cine
Nagisa Oshima, director en 1976 de la revulsiva y muchas veces prohibida «El imperio de los sentidos», murió ayer a los 80 años.
La película, llena de erotismo y escenas de sexo explícito, fue censurada en Japón y en el Festival de Cine de Nueva York (también lo estuvo en la Argentina hasta 1983), pero tras ser presentada en la Quincena de los Realizadores del Festival de Cannes se convirtió en el título más famoso de toda su carrera.
Ello le permitió filmar en coproducción con Francia otra obra obra acerca de la fuerza del deseo, «El imperio de las pasiones», en 1978, que le valdría el premio al Mejor Director en el Festival de Cannes.
Oshima nació en Kioto en marzo de 1932 y estudió Derecho en la Universidad de esta ciudad, donde destacó por su activismo de izquierda y desarrolló su afición por la escritura y el teatro. Tras concluir sus estudios ingresó como aprendiz en la productora nipona Shochiku. Su primer largometraje fue «Ciudad de Amor y Esperanza» (1959).
Aquella ópera prima ya mostraba su interés por los seres que habían dejado atrás el milagro económico japonés a través del relato de Masao, un adolescente a cargo de su madre enferma y de su hermana disminuida psíquica. En los meses posteriores rodó títulos como «Cruel historia de juventud» (1960), que le valió un premio a la dirección novel, y «Noche y niebla en Japón» (1960), un largometraje cargado de contenido político que, por ello, fue censurada por la productora.
Oshima, desencantado, tomó así la decisión de abandonarla y crear su propio estudio independiente, Sozosha, junto con la actriz Akiko Koyama, con la que contrajo matrimonio en 1960. El proyecto terminó en fracaso comercial y Oshima se vio obligado a trabajar para la televisión entre 1962 y 1964, un periodo en el que hizo nueve films entre cortos y mediometrajes.
Posteriormente retornó al cine y muy pronto se definió como el más revolucionario de los realizadores japoneses de la posguerra, con un claro rechazo a las tradiciones cinematográficas de autores como Yasujiro Ozu o Akira Kurosawa, de patrones más clásicos influidos por la escuela de John Ford y otros maestros de Hollywood. Su visón dejaba traslucir un espíritu crítico hacia la sociedad y política de su tiempo, menos veneración a lo tradicional y más analítico con la cara oscura del milagro económico japonés de posguerra, el materialismo o las contradicciones sociales, una «nueva ola» del cine japonés a la que también se subirían directores como Shoehi Imamura, autor de «La balada de Narayama».
De la filmografía de Oshima en aquellos años destacan títulos como «Los placeres de la carne» (1965), «Los Ninjas» (1967), «Diario de un ladrón de Shinjuku» (1968), «El muchacho» (1969), o «Murió después de la guerra» (1970). En 1976 llegaría «El imperio de los sentidos», que le dio la fama internacional y cuyas imágenes sexuales hicieron que fuera censurada en su país, donde le valió un cargo judicial por obscenidad (a raíz de un libro sobre la película) del que finalmente salió absuelto.
Para rodar esta película tuvo que buscar una productora fuera de Japón (la francesa Argos Films), algo que repetiría posteriormente a lo largo de su carrera con films como «Max, amor mío» (1986), una extraña historia de amor entre una mujer y un chimpancé interpretada por Charlotte Rampling. En 1996 sufrió un derrame cerebral en Londres que le obligó a una larga rehabilitación, aunque volvió a ponerse detrás de la cámara en 1999 para rodar la que sería su última película, «Taboo» («Gohatto»), una obra sobre las ambiguas y turbulentas relaciones entre los miembros de una milicia de samurais ambientada en 1865.


Dejá tu comentario