6 de noviembre 2014 - 13:59

Murió Oliveira, la mejor amiga y operadora papal

• Valiente y librepensadora, llegó a mandar a Sabella en terapia al Vaticano cuando se deprimió antes del Mundial

"Tenés que recibirlo a Sabella". Sonó como una orden desde Buenos Aires. "¿Qué pasa?, mirá que tengo 54 jefes de Estado que vienen el domingo a la canonización de Juan XXIII y de Juan Pablo II!", respondieron desde el Vaticano, del otro lado del teléfono. "Me llamó un amigo sindicalista y me contó que Sabella está deprimido porque tiene que cerrar la lista de jugadores para Brasil en 30 días, y eso lo angustia mucho", explicó Alicia Oliveira, la mejor amiga del papa Francisco. "Está bien, que venga el sábado que lo voy a recibir". Fue en abril pasado, y Francisco estuvo dos horas con el técnico de la Selección, que salió consolado en sus cuitas. Cuando rindió informe del encuentro a Buenos Aires, le preguntaron al Papa: "¿Le hablaste de Tevez?". "¡Huy!, me olvidé de Tevez, con todo lo que lo quiero". (Tevez, dejado de la gracia del Señor, se quedó afuera).

Ésta es una de las decenas de historias secretas de la abogada Oliveira, quien murió ayer en su casa de Almagro por las secuelas de la operación de un tumor cerebral, del que se recuperaba lentamente, rodeada por el optimismo de los amigos que la lloran hoy.

Francisco se enteró ayer de la noticia apenas terminó la reunión de más de dos horas y media con Estela de Carlotto y toda su familia, encuentro que se concretó gracias a la intermediación de Oliveira. A Cristina de Kirchner la informaron del hecho en la habitación del sanatorio Otamendi. Seguía con atención el restablecimiento de la abogada, a quien le debe uno de los hechos más importantes de su segunda presidencia, el acercamiento personal con el papa Bergoglio. En el último tiempo, la Presidente visitó en persona a Oliveira cuatro veces, dos en la clínica donde le extrajeron el tumor, y dos en su domicilio.

Oliveira tenía condiciones que no abundan entre los protagonistas de la vida argentina y por eso se la va extrañar: era valiente y librepensadora. Unamuno diría que siguió el consejo que le dio a Rubén Darío: hay que ser justo y bueno. Por eso, el camino que recorrió fue sinuoso, no recto, en la defensa de ideas y valores, pero ante todo de las personas y su dignidad. Eso la mostró en vidrieras contradictorias, a veces opuestas. No era una persona de gran piedad religiosa, pero acuñó una amistad con Jorge Bergoglio después de ser despedida de su cargo de jueza penal en 1976. El entonces sacerdote la llamó para una consulta profesional que selló la amistad. Había sido la primera mujer en ejercer esa función en la Justicia nacional de la Capital Federal. Bergoglio la protegió con riesgo de su vida cuando Oliveira puso su firma en decenas de recursos de hábeas corpus a favor de detenidos y desaparecidos.

Como militante del peronismo caminó también todas las veredas. En 1979 fue uno de los autores del informe que le presentó el Partido Justicialista a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, con denuncias de desapariciones y presos políticos. Lo hizo junto con Nilda Garré y Jorge Vázquez, y puso el rostro Deolindo Bittel, quien recomendó a otros dirigentes del momento que no aparecieran para evitar represalias del Gobierno militar.

En aquellos años fue una de las fundadoras del CELS, pero aquel antecedente no le impidió, años más tarde, enfrentarse con su actual presidente, Horacio Verbitsky (de quien fue además abogada en varias causas), cuando éste reflotó denuncias contra Bergoglio acusándolo de connivencia con atrocidades. Esto ocurrió cuando Francisco fue elegido papa y Oliveira se empeñó en la defensa del elegido, y convenció al Gobierno de que debía sumarse al francisquismo olvidando peleas anteriores con el arzobispo de Buenos Aires, a quien en su momento Néstor Kirchner sindicó como el verdadero jefe de la oposición a su Gobierno.

Librepensadora, se sumó a comienzos de la década de los años 90 a la disidencia peronista del Frente Grande, al que representó en la convención reformadora de la Constitución de 1994 por la Capital Federal, junto con Raúl Zaffaroni y Aníbal Ibarra. Conviene retener este dato por la bifurcación de senderos: con el actual juez de la Corte cerró una amistad que continuó en la Legislatura porteña, y fue también el vehículo para el primer encuentro con el obispo Bergoglio para discutir el polémico Código de Convivencia. En ese debate, Bergoglio reveló un costado desconocido hasta entonces, que era su labor en defensa de las mujeres sometidas a trata en la prostitución y en talleres clandestinos. La protección que aquel código le dio a la actividad de las prostitutas se debe a la sensibilidad de Bergoglio en el debate.

Con Ibarra hubo otro camino, porque Bergoglio lo enfrentó como un "impío" cuando autorizó la muestra de León Ferrari en el Centro Cultural Recoleta, y precipitó desde el obispado porteño la destitución del jefe porteño por los hechos de Cromagnon. Pese a la militancia frentista, Oliveira no intervino en su defensa.

Esta abogada fue una convencional importante en Santa Fe en la discusión de la incorporación de los tratados internacionales con rango constitucional en la norma reformada. Allí trabó relación con dos políticos que la acompañarían el resto de su vida: Juan Pablo Cafiero - titular de la comisión de Tratados Internacionales - y Eduardo Valdés, de quien fue introductor ante Bergoglio en el año 2000, para tramitar un proyecto de declaración contra la flexibilización laboral en los países emergentes que hizo suyo el propio Juan Pablo II en la agenda del milenio.

En ese tiempo había sido elegida como la primera defensora del pueblo después de una dura disputa política que dejó en el camino a Norberto Laporta y a Rafael Bielsa. Organizó esa oficina, que se había creado en la reforma porteña de 1996, y tuvo un aprendizaje apresurado porque tomó la defensa de los ahorristas acorralados por la crisis de 2002. Cuando terminó su mandato Bielsa, canciller en 2003, la llevó al último cargo público que tuvo, Directora de Derechos Humanos en la Cancillería.

Desde la asunción de Francisco como Papa, Oliveira alcanzó notoriedad por haber sido la bisagra para el giro del kirchnerismo desde el anti-bergoglismo de Néstor al francisquismo de Cristina. Sorprendió a todos cuando subió al avión presidencial que llevó a la delegación al Vaticano para la entronización, una señal para cuantos habían jugado la ficha equivocada. La Presidente quiso hacerlo más evidente cuando, en la misa de entronización, en el momento de dar la paz, ritual que suele comprometer a los políticos en este tipo de celebraciones, se dio vuelta en la primera fila, buscó a Oliveira que estaba en la cuarta, y se acercó a darle un beso. Por si faltasen mensajes, en el Tedeum del 25 de Mayo pasado, el del regreso de Cristina a la Catedral Metropolitana, pidió que en un reclinatorio aparte pero con la suficiente precedencia para que todos lo vieran, ubicó a Oliveira junto a Valdés y alguna amiga más.

El último año le volvió a exigir a su valentía y a su libertad. En un gesto que explicó sin dar lugar a repreguntas, se acercó al sector del peronismo disidente del sindicalista Gerónimo Venegas, partido al que representó en las elecciones a senador por la Capital Federal. No figuró en el sport porque no alcanzó el piso para ir a la general. Pero nunca durante la campaña invocó, como algunos de sus adversarios - Martín Insaurralde, que tampoco ganó - , la relación con Francisco para hacer proselitismo. Le costó críticas de su amigos en el kirchnerismo pero se mantuvo en las de ella hasta el final. Si alguien quiere encontrar una señal estratégica y celestial, hasta el último momento Eduardo Duhalde presionó al "Momo" Venegas para que se bajase de las elecciones y se sumase al massismo. ¿La resistencia de Oliveira en esa lista fue acaso el freno a ese pase hacia el enemigo de Olivos? Nunca se sabrá. O sí.

Montó este año en cólera cuando Sergio Massa se alzó contra el proyecto oficial de reforma del Código Penal y amenazó con un plebiscito que nunca se hizo, pese a que recogió miles de firmas, pero que bastó para hacer recular la iniciativa. "¿No vas a hacer nada con esto?", clamó ella ante su amigo vaticano. "¿Y yo qué puedo hacer?", se allanó Francisco. "No sé... en una de esas recibilo a Carlés, que fue alumno tuyo en el Salvador". Roberto Carlés había sido secretario de la comisión que preparó el proyecto, y el Papa lo recibió con bombos y platillos - y foto. A Massa sigue sin recibirlo.

No como a Zaffaroni, a quien volvió a ver la semana anterior en la residencia de Santa Marta cuando el juez asistía a un congreso de penalistas. La cita también se debió a la intercesión de Oliveira, así como el contenido de lo que Francisco dijo contra la dureza de la vida carcelaria en una reunión pública. Si algo conocía, era la sensibilidad que tiene Francisco hacia el tema de las cárceles por razones que nadie conoce, salvo ella, que ya no está.

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