1 de abril 2009 - 01:53

Nadie con tan poco alcanzó tanto; nadie con tanto terminó con tan poco

1- El gesto que se convirtió en un clásico, como también lo fueron algunas de las frases que inmortalizó en los actos de campaña. 2- El doctor Raúl Alfonsín con el entonces presidente Carlos Menem en 1994, cuando se firmó el Pacto de Olivos. 3- El ex presidente radical selló la alianza que luego derivaría en el Mercosur junto al brasileño José Sarney y el uruguayo Julio María Sanguinetti. Sin embargo, ninguno de los dos acompañó a Alfonsín en el intento de hacer un frente común ante el FMI.
1- El gesto que se convirtió en un clásico, como también lo fueron algunas de las frases que inmortalizó en los actos de campaña. 2- El doctor Raúl Alfonsín con el entonces presidente Carlos Menem en 1994, cuando se firmó el Pacto de Olivos. 3- El ex presidente radical selló la alianza que luego derivaría en el Mercosur junto al brasileño José Sarney y el uruguayo Julio María Sanguinetti. Sin embargo, ninguno de los dos acompañó a Alfonsín en el intento de hacer un frente común ante el FMI.
Nadie con tan poco alcanzó tanto. Nadie teniendo tanto terminó con tan poco. En esa síntesis la vida de Raúl Alfonsín expresa el sueño de la sociedad argentina de un país mejor y más igualitario que encarnó como pocos dirigentes del último siglo. Por eso el dolor que atraviesa a todo un país agradecido por el puñado de ambiciones que representó Alfonsín, más allá del juicio de sus contemporáneos sobre el resultado de sus obras. En política, como en la vida individual, a las personas se las termina juzgando por lo que ambicionaron, por lo que aspiraron a hacer, por las intenciones, más que por las realizaciones. Esa identificación con las clases medias le permitió en veinte años la proeza de poner dos gobiernos nacionales y escribir la Constitución que rige hoy en el país. Ese impulso no bastó para que ninguno de los dos gobiernos que inspiró llegasen al final de sus mandatos; fue, como en otras administraciones, la prueba de que los recursos que aplicaba a la toma del poder no le servían para ejercerlo. El dolor que cayó ayer sobre la Argentina nace no de los errores de Alfonsín -algunos mayúsculos- sino de sus proyectos, que son los de una mayoría que va más allá de los militantes, simpatizantes y votantes de su partido. Pasaron a ser compartidos por sus adversarios. Su biografía es un proyecto no realizado pero posible; por eso lo lloran todos.


Las claves de esa trayectoria con tantas luces y tantas sombras están sin duda en la singular personalidad de este abogado de Chascomús y de su capacidad de leer las necesidades y aspiraciones de los demás. El lo llamaba «la metodología»; desde el poder, apelar a la persuasión de una oratoria eficaz, conmovedora hasta para los auditorios más resistentes. La usó para ganar la Presidencia con el recitado del preámbulo, para pelearse en público con Ronald Reagan en la misma Casa Blanca, con obispos en un púlpito, con sindicalistas y con hombres del campo en actos de la Sociedad Rural.

Cuando estaba en el llano, la metodología era crear en cada persona que lo escuchaba o se le acercaba una relación personal. Millones de argentinos han creído tener con él una experiencia personal. Cuando dejó el Gobierno en 1989, su oficina del piso 5º de la avenida Santa Fe se convirtió en un santuario en el que recibía a las estrellas de la política pero también hasta el correligionario llano que venía a tocarle el timbre para expresar sus ideas y reclamos. Sonreía Alfonsín cuando salían: «Ahora se vuelven a su pueblo y van a contar: 'Yo le dije a Raúl...' Esa es la metodología, eso es lo que no tienen los demás», solía comentar.

La dimensión de la crisis que enfrentó su partido las dos veces que alcanzó puso lo demás: asumió en 1983 como expresión de una mayoría que rechazaba al gobierno militar y que buscaba una reparación del período oscuro de la represión clandestina de las guerrillas, un desastre económico y una guerra perdida en Malvinas. Llamando a esa reparación, juntó más gente que nadie en la historia en el Obelisco para cerrar una campaña y ganar la elección en distritos del conurbano que nadie creía podían respaldar a un candidato radical.


El arranque de su administración fue tumultuoso, porque como otros mandatarios asumía de apuro, sin experiencia en cargos ejecutivos, cabalgando sobre divisiones partidarias que convivieron bajo su liderazgo hasta el día de hoy. Forcejó con los propios por la forma en que debían hacerse los juicios a las juntas militares; también por cómo debían cumplirse algunas ideas que había escondido en la campaña de 1983, como admitir el laudo con Chile por la zona del Canal de Beagle, quizás el primer barquinazo (le gustaba a él esa palabra para mencionar sus dificultades) de su gestión. Mandó el asunto a un plebiscito de improbable escrutinio que, en lo formal, respaldó su proyecto de cerrar una herida que tocaba a todos porque tocaba derechos de soberanía territorial.

No lo ayudaba el contexto en ese espinoso terreno que comenzó a caminar desde 1983: los militares no sólo legaban una crisis de dificilísima solución, la de la deuda en todos los países de lo que se llamaba entonces el Tercer Mundo. Debió desarmar en silencio y con maniobras que nunca se han contado, por la naturaleza de cada asunto, proyectos militares como la planta de enriquecimiento de uranio construida en secreto en Arroyito (Neuquén) o el misil Cóndor. De esos dos temas se enteró cuando preparaba el gabinete en la quinta de Alfredo Odorisio en Boulogne. Se lo informó -para su sorpresa- el almirante Carlos Castro Madero, entonces presidente de la Comisión Nacional de Energía Atómica -quien creyó que había que decírselo al presidente electo antes de que asumiera-. Lo recibió junto a Dante Caputo, y Alfonsín -que nunca fue hombre de libros- preguntó angustiado: «¿Qué es el agua pesada?».

Contar este tumulto que parece menor en una biografía sirve para la construcción del personaje que fue Alfonsín. Gobernar para él fue descubrir una realidad de Estado que había que cabalgar con los pocos recursos y la escasa preparación que le habían dado una poco notable experiencia legislativa y años de frecuentación de los locales partidarios, aprendiendo los vericuetos de «la metodología». Una mención aparte, que sí reflejó visión, fue haber dado el puntapié inicial al Mercosur.


El coraje que mostró para lanzar el juicio a los militares o para imaginar el plan Austral no bastó para doblegar la realidad. El mismo público que había apoyado el juicio a los comandantes nunca le perdonó haber promovido después de la crisis de Semana Santa de 1987 las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida. «Fueron las leyes del miedo, había que salvar el sistema», se disculpó siempre. La historia va a ser justa con ese giro de Alfonsín porque nadie puede asegurar que no habría habido una ruptura del sistema si hubieran escalado los alzamientos que rechazaban la revisión del período militar. Eran tiempos en que existía aún en el país hipótesis de golpe militar; Alfonsín, criado en el país de los fragotes -muchos de ellos urdidos por su partido y con él de testigo- logró disipar esa amenaza bajo su mandato con un gesto que no ha terminado de ser entendido pero que el futuro rescatará como uno de sacrificio. «Me he pasado los años deshaciendo como ex presidente lo que hice como presidente», comentó no hace mucho con melancolía de balance.

Más esperable era el fracaso del plan Austral, un ingenioso proyecto de reforma profunda de una economía en crisis que adelantó este diario en una primicia periodística histórica. Fracasaron en enfrentar la crisis de la deuda la India y Brasil; ¿no iba a hacerlo la Argentina corporativa, de sindicatos salvajes, que había acentuado el estatismo bajo el régimen militar? La misma suerte tuvo el intento más enérgico de atacar el corporativismo, la fracasada ley de asociaciones sindicales que buscaba eliminar los sindicatos únicos y desarmar ese símbolo del atraso criollo que es el poder gremial. Un voto cuyo costo nunca se sabrá terminó con ese sueño en el Congreso, pese a que el Gobierno de entonces tenía mucho más poder político que el de Fernando de la Rúa cuando intentó en 2000 la misma reforma. El deterioro de la economía y la agresividad de un peronismo que se aseguraba la sucesión terminaron de incendiar su Gobierno. La derrota en las legislativas de 1987, el fracaso del nuevo gabinete y el naufragio del Plan Primavera -un parche a lo que quedaba del Austral- provocaron el adelantamiento de la entrega del Gobierno en 1989 con señales de una hiperinflación que se produjo más por el Menem que venía -anunciando moratoria y dólar recontraalto- que por el Alfonsín que se iba.


Duró poco el duelo; en el peor de los momentos nunca dejó de gozar de una fuerte identificación con sus militantes. Despidió a un grupo de ellos en Olivos antes de dejar el Gobierno; los acompañó hasta el portón de salida y después de los abrazos y moqueos por tan sórdido final, levantó la mano y sonrió: «Espero que después de esto no me vayan a pegar mucho en la interna, ¿no?». De nuevo «la metodología», cuyos frutos vio cuando una caravana de autos lo acompañó desde Buenos Aires hasta su casa en Chascomús. Insólita adhesión para un presidente que salía, fracasado, del Gobierno.

A los pocos meses de dejar el poder comenzó a recorrer el país; el argumento era innovador y buscaba descalificar los primeros proyectos del Gobierno de Carlos Menem. Fue el primero en señalar al llamado Consenso de Washington como núcleo de doctrina de las medidas menemistas -de paso, Menem nunca se enteró de que existiera idea alguna detrás de sus proyectos, tan teñidos por la emergencia como los de todos los presidentes argentinos en este tiempo-. También inauguró en el país el uso del lema «modelo neoliberal» como adversario principal. Con los años, batir ese parche llevó al radicalismo al Gobierno y, de manera creciente, lo adoptó el Frepaso -aliado por eso de la UCR entre 1997 y 2001- y también el peronismo de Eduardo Duhalde y de Néstor Kirchner. Estos dos presidentes, y buena parte del peronismo, se apropiaron de esas ideas de Alfonsín. La falta de fuerza para sostenerlas por parte de la UCR le entregó esas ideas al peronismo que buscaba la gracia del mismo público que había apoyado al partido de Alfonsín en 1999. Lo logró después de 2001, cuando promovió la caída de De la Rúa para gobernar con el mismo manual que él, pero con otros beneficiarios.


La segunda pieza de artillería fue la acusación de corrupción al gobierno Menem, que le hizo protagonizar a Alfonsín uno de los episodios más singulares de su biografía reciente. Lo usó como puntapié de una nueva campaña. La revista Somos publicó en agosto de 1992 una nota con presunciones de corrupción bajo su mandato. Alfonsín llamó a algunos amigos, llamó a su custodia y con el bastón de presidente se presentó en las puertas de la editorial Atlántida. Golpeó con el bastón llamando al editor Vigil a los gritos de «¡Que salga ese contrabandista de autos!» (Constancio Vigil había sido denunciado por usar un auto importado con franquicias para discapacitados). Se abrió la puerta y le dijo el portero: «Acá no hay nadie; los sábados no se trabaja».

Ese gesto inauguró una serie de denuncias de corrupción que fueron también el comienzo del desprestigio de la gestión menemista; el Frepaso de Solanas/Álvarez recogió esa bandera y castigó al Gobierno hasta lograr que el peronismo perdiese las elecciones de 1999.



Al año siguiente, Alfonsín protagonizó el segundo acto más trascendente de su vida política: la reforma constitucional. Había alentado un proyecto en 1987 que fracasó con su presidencia y también por la derrota en la interna de 1988 del principal socio que tenía para esa iniciativa en el peronismo, Antonio Cafiero. En 1992, Menem lanzó su proyecto de reelección, y Alfonsín percibió que era la oportunidad para recuperar la reforma pensada unos años antes. Esperó a que la presión reeleccionista del menemismo subiera y buscó interceptar a Menem en su principal necesidad. Lo hizo al estilo más clásico de un político: rechazando en público lo que anhelaba en privado. Eso dividió incluso a su partido. Discutió en una cumbre secreta en una quinta de Ranelagh con los reformistas de su partido -el ala storanista- y los denunció por pretender acordar con el Gobierno. Argumentó contra el proyecto de reforma de Menem que estaba ya en el Congreso y que amenazaba con ser aprobado mediante ingeniosas artimañas del oficialismo. Cuando terminaba esa noche inolvidable en Ranelagh, remató con un discurso que alcanzaría sentido algunas semanas más tarde: «Estoy en contra de la reforma de Menem. Sólo si ellos aceptasen una reforma que incluyese cuatro años con reelección, con los pactos internacionales incorporados, con un Consejo de la Magistratura, con todo lo que queríamos hacer nosotros en 1987, yo podría acordar».

Es lo que ocurrió la mañana del jueves 4 de noviembre cuando se reunió en secreto con Carlos Menem en la casa de Dante Caputo en Olivos. Ese encuentro cerraba conversaciones viejas entre entornistas de los caciques, de Carlos Corach con Simón Lázara y Raúl Rabanaque Caballero, de Luis Barrionuevo con Enrique Nosiglia, que fueron los gerentes finales de esa cita. El Pacto de Olivos consagró una nueva Constitución en la que Menem entregó todas las reformas a cambio de que le aprobasen la reelección.


La estética del acuerdo de Olivos -cuyos detalles reveló este diario como primicia en la edición del 8 de noviembre de 1993-castigó con dureza a Alfonsín y a Menem. Los contradictores que tenía el ex presidente dentro de la UCR tomaron distancia de él, no quisieron participar de la Convención Constituyente y atacaron como nunca a su figura como símbolo de la capitulación. Hasta echaron a andar la versión de un inconfesable y nunca probado acuerdo económico a cambio del acuerdo. Esos mismos radicales antirreformistas tomaban el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en 1996 con Fernando de la Rúa a la cabeza, beneficiándose de la reforma que había declarado la autonomía del distrito para elegir a sus gobernantes. El mismo De la Rúa se benefició de esas reformas en 1999 al ganar las elecciones presidenciales en un contexto de alto rechazo de las personalidades del Pacto de Olivos.

Alfonsín siempre se lamentó de haber hecho el acuerdo en secreto, clave del desprestigio que le acarreó, que, según él, obedeció a la necesidad de asumir al mes siguiente la presidencia del Comité Nacional, trámite que se le habría complicado si anunciaba el acuerdo antes de la elección partidaria. Sujeto al internismo partidario, había sacrificado otro momento de su vida, pagaba con el cuerpo y su prestigio la movida, y además beneficiaba a sus adversarios, que lograban poder mientras él lo perdía. Vivió en los años que siguieron con mortificación cómo el peronismo se dedicó a disolver las instituciones de la nueva Carta Magna, en la medida en que los defensores de las reformas fueron perdiendo poder.


El tercer gran momento de su trayectoria fue la construcción de la Alianza con el Frepaso (un club nutrido de peronismo disidente y de restos de la izquierda moderada). Ya en 1996 animaba reuniones partidarias llamando a ese encuentro, advertido de la identificación que lograba el Frepaso después de la recordada reunión en la confitería El Molino. Admitía ya en aquel momento que su proyecto era volver a ser presidente en 1999, y si no alcanzaba a serlo, convertirse en el gran elector del partido. Avaló el cierre del acuerdo de la Alianza que produjo el triunfo electoral en 1997 en la provincia de Buenos Aires y poco tiempo después consagró a De la Rúa como candidato presidencial.

Para ese tiempo, había mudado de criterio en el armado partidario; no creía ya más en las elecciones internas, admitía como plausible la toma de decisión basada en encuestas y reclamaba «unidad» dentro del partido. Se subió de nuevo a un auto, se hizo llevar a la sede del Gobierno porteño, pidió verlo a De la Rúa. Al salir, después de una breve reunión, anunció que éste era el candidato a presidente.

Difícil imaginar que un hombre pudiera en 20 años llevar a su partido al poder, más contra un peronismo que presumía de ser no sólo la mayoría, sino además de tener la tecnología más eficaz para gobernar. Alfonsín probó que la mayoría de la ciudadanía, cuando se junta detrás de un candidato no peronista, lo respalda. Ése fue el motivo de su insistencia en incluir en la nueva Constitución el ballottage o segunda vuelta electoral. Menem lo aceptó con la picardía de ponerle la restricción de que si el ganador superaba el 45% de los votos o tenía más de 10 puntos de diferencia con el segundo, no había segunda vuelta. «Si aceptaba eso -comentaba Alfonsín-, el peronismo no ganaba más en la Argentina».


Pero este enorme esfuerzo de voluntad no le permitió escapar a ese destino de acumular para disipar que signó su biografía. Instauró a De la Rúa, lo acompañó en el primer tramo de su Gobierno, pero se convirtió en su principal adversario interno en cuanto comenzaron las dificultades. La llegada de Domingo Cavallo al gabinete en abril de 2001 -ya baleado el Gobierno por la renuncia de Chacho Álvarez y por una crisis económica terminal para la convertibilidad- le hizo creer que debía apartarse definitivamente del Gobierno. Lo hizo en un acto en La Plata en mayo, en el cual fustigó la asunción de Cavallo, y entre ese mes y diciembre participó de innumerables reuniones en las cuales se habló abiertamente de un adelantamiento de la entrega del Gobierno.

Sus críticos atribuían esa conducta a la envidia que le provocaba que De la Rúa pudiera hacer lo que él no pudo: completar el mandato. Él retomó las banderas contra la economía global y el neoliberalismo de los años 90 y comenzó un romance con Eduardo Duhalde en el llamado Movimiento Productivo, un sello que el delarruismo siempre ha creído fue coautor de un golpe institucional para desplazar a su jefe. Elegido senador en 2001, duró poco en la banca, acosado por una salud que complicó un proceso depresivo que lo acompañó durante un tiempo. El acuerdo con Duhalde duró bajo la presidencia interina de éste, puso funcionarios en el gabinete, entre ellos a Roberto Lavagna, y logró la continuidad en el Gobierno de hombres suyos que habían acompañado a De la Rúa.


Desde que dejó la banca, volvió a intentar reconstruir el poder partidario, que se disolvía por el mismo impulso que le había dado a un extraño entendimiento con el sector duhaldista del peronismo, que borraba mucho de su trayectoria. Enseñó a varias generaciones de radicales a despreciar a Duhalde como un líder conservador tradicional de Buenos Aires, por lo que así dividía más a su militancia. Declinante su salud, tuvo mortificaciones injustas, como que el Gobierno de Néstor Kirchner afirmase públicamente que nadie había hecho nada por los derechos humanos desde 1983. Forzó disculpas, incluso un obligado homenaje en Casa de Gobierno al cumplirse los 25 años de su asunción presidencial, que lavaron otros gestos, como las críticas de Kirchner anoche en un acto partidario en Lomas de Zamora, pocos minutos antes de que se supiera de su muerte. Injusta e inoportuna intervención kirchnerista, pero que ahonda el dolor, llama a la mejor comprensión de qué es la política y para qué le reclaman los políticos tantos recursos y esfuerzos a una ciudadanía siempre postergada. Instantes más tarde, el país se paralizaba y en silencio recordó las imágenes de la Argentina reciente, cuya utopía siempre aplazada encarnó este hombre que se va rodeado del cariño popular porque ha sido la representación de sus mejores y también de sus peores momentos. Más allá de los balances, millones de argentinos creen que ha sido un privilegio vivir este tiempo contando con Alfonsín.

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