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Ni despeinó la efímera brisa Hatoyama
La cuestión fue intensamente resistida por Estados Unidos y constituyó uno de los temas centrales de la primera visita del presidente Barack Obama a Tokio en el año 2009, y motivo de serios desencuentros bilaterales.
Hatoyama había sugerido que la base se trasladara a Guam, bajo administración norteamericana, y uno de los 16 territorios considerados por el Comité de Descolonización de Naciones Unidas. En respuesta, Estados Unidos sólo aceptó un cambio limitado, meramente cosmético, dentro de la misma Okinawa, y siempre en el marco de los términos históricos acordados sobre la presencia militar norteamericana en Japón. La posición fue inamovible.
Vertientes
Para Japón la cuestión de la reubicación, con fuerte apoyo popular, tiene varias vertientes. Una hace a la política que mantiene desde la segunda posguerra y que se resume en tres conceptos: no posesión, producción o presencia de armas nucleares en el territorio japonés. Sin embargo, numerosos informes recientes confirman que el compromiso inicial al concluir la guerra fue alterado por un acuerdo confidencial posterior y la base de Fetenma ha sido centro de presencia, permanente o temporal, de armamento atómico de Estados Unidos, sea en buques de superficie, submarinos o de armas nucleares emplazadas en tierra.
El segundo argumento era de carácter estratégico. Hatoyama se encontraba procurando alcanzar con China un cambio sustancial del grado y alcance de la relación bilateral. Imaginaba un proceso integrador en esa parte de Asia con la misma intensidad y profundidad que el de la Unión Europea, al punto de que había llegado a mencionar la posibilidad de una moneda común.
China conformaba la clave de ese sueño. Para que eso fuera posible, Japón debía resolver el tema de la presencia de las armas nucleares de Estados Unidos como eje central para avanzar en el nuevo diseño de poder económico y político en Asia.
Insistencia
En ese marco, la insistencia del primer ministro se concentraba, inicialmente, en las armas nucleares y llegaba a admitir sólo una presencia estadounidense de carácter convencional como elemento de disuasión.
La visión de Hatoyama ha demostrado ser una utopía pasajera, como él mismo sabe desde el momento en que debió cambiar de opinión sobre la base de Futenma, lo que le terminó costando caro de cara a la opinión pública de su país.
En uno de los escritos centrales de Hatoyama, My Political Philosophy, lo describía con precisión y resultaba clara la convicción de que para que el proceso integrador asiático fuera realizable, Japón debía negociar, como primer paso, un nuevo marco estratégico con China. Futenma era el primer eslabón.
Evidentemente, Estados Unidos no estaba dispuesto a que una nueva dinámica en Japón disputara la actual estructura de poder mundial y condicionara su presencia militar en Asia. China, con los ojos en los recuerdos dolorosos de la Segunda Guerra Mundial, tampoco ayudó o no quiso hacerlo frente a los riesgos, prefiriendo las perspectivas que ofrece un potencial G2 con Estados Unidos.
En ese marco, el paso de Hatoyama por la política japonesa parece haber dejado, en política exterior, una simple ilusión de un mundo distinto.


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