Dialogamos con los compositores:
Periodista: ¿Cuál es el origen del espectáculo?
Guillo Espel: Nos conocíamos hace mucho tiempo, hemos colaborado varias veces; él me encargó y estrenó una obra para piano y vibráfono, yo le presenté a algunos músicos, es una amistad atravesada por lo musical. Entre esos encuentros, en 2013 Andrés Gerszenzon nos convocó para hacer cinco canciones en el Rojas, en el espectáculo "Odio a mi familia", y nos gustó el trabajo de cada uno y nos pareció que ambos estábamos fuera de la discusión sobre si existen órdenes de transmisión académica o popular. Siempre pienso que la forma en la que se cataloga la música tiene que ver más con su circulación que con sus materiales. Yo empecé haciendo música popular, y ya de adolescente me interesé por otros timbres, con lo que tuve que empezar a estudiar, ingresar a un conservatorio, etcétera. Pero se mantiene el eje de vinculación con los materiales desprovistos de significación. Martín peleó más con esta idea de dos ámbitos, que él transitaba tocando tango por un lado y haciendo música académica por otro, y jugando en este lugar de entrecruces, aunque yo pienso más en caminos que se abren.
P.: ¿Qué puntos en común y qué diferencias sustanciales hay entre los lenguajes de ambos?
Martín Liut: En común tenemos, justamente, el hecho de ser compositores que en vez de ver fronteras entre géneros vemos horizontes. Por eso hemos cruzado música contemporánea con música popular y explorado formas "impuras" como la música escenificada. En el caso de "Zona Canción" no hay referencias a géneros populares, pero sí una intersección con la idea de "canción" que para mí es un concepto que puede vincularse no sólo a la canción popular, sino también a la tradición de lied y más allá en el tiempo a ciertas ideas del madrigal y, más específicamente, a la técnica del hoquetus. Esto último es algo más específico mío y diferente al lenguaje de Guillo. De todos modos, el grupo de haikus que elegimos nos llevó a trabajar con "cuerdas emocionales" bastante amplias, así que algunas piezas están lejanas entre sí y otras muy cerca.
G.E.: La idea de juntarnos fue la de tomar los mismos textos, en este caso haikus, y musicalizarlos cada uno por su lado sin conocer el trabajo del otro, incluso hasta avanzados los ensayos.
P.: ¿Hubo coincidencias?
G.E.: Hubo cosas muy similares y otras con distancias radicales, que en el armado final quedaron fantásticas. Hay detalles que nos llaman la atención: uno de los haikus dice "Pobre cangrejo, / ayer en la arena, / hoy en mi plato". Martín escribió el haiku pensando desde el cangrejo y yo del lado del comensal.
P.: ¿Qué particularidades tuvo el trabajo en este aspecto?
M.L.: El haiku te propone pequeños mundos, viñetas. Pienso cada pieza musical en ese mismo sentido como pequeños y breves mundos musicales.
P.: ¿Qué les resulta atractivo del "formato escénico" de este espectáculo?
M.L.: Fue música pensada para la escena. Con esto quiero decir que esperaba que los sentidos que disparan poema y música se vieran enriquecidos por la situación de puesta en espacio. En este sentido es muy interesante que la puesta esté a cargo de coreógrafas. La gente que proviene de la danza te propone un trabajo no naturalista y una conciencia del espacio diferente del que podría proponer un dramaturgo. Sumado a todo esto, la inclusión de los origamis que realiza Alejo Wilkinson terminó de corporizar este pequeño mundo de la viñeta, el haiku, la canción y también el humor sutil.
G.E.: Aquí se produce una sorpresa permanente en la dinámica entre varios elementos: la puesta musical de lo que escribimos, lo que se conjuga, y el trabajo de Cecilia y Lucas, dos músicos vinculados al teatro musical con una capacidad lúdica y actoral muy llamativa.
| Entrevista de Margarita Pollini |


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