18 de mayo 2009 - 00:00

Nijensohn, una obra entre terrenal y metafísica

Con una coherencia ejemplar y una especie de ecologismo exacerbado hasta volverse irreconocible, Nijensohn parece ilustrar la única noción de «sublime» en un mundo desertificado.
Con una coherencia ejemplar y una especie de ecologismo exacerbado hasta volverse irreconocible, Nijensohn parece ilustrar la única noción de «sublime» en un mundo desertificado.
Desde el final del verano y hasta fines de junio, la Fundación Alon que preside Fito Fiterman, presenta una muestra de inmensas fotografías de Charly Nijensohn, artista argentino que reside actualmente en Berlín. Las imágenes pertenecen a «El naufragio de los hombres», una serie de videos y fotografías tomados en enero de 2008 en el Salar de Uyuni, con los integrantes de la comunidad aimará del pueblo de Colchan de Bolivia.

La estética de estas obras está emparentada con la dramática video-performance «Un acto de intensidad», que el grupo Ar Detroy fundado por Nijensohn, realizó en el desolado paisaje de la Salina Grande de Jujuy, en el crepúsculo de los años 90, mientras comenzaban a apagarse las luces de la fiesta argentina financiada con la privatización de gran parte de los bienes públicos y cuando el país se encaminaba hacia la peor crisis política, económica y social de su historia.

La austera poesía visual de las imágenes -la de esos hombres parados sobre pedestales como soberbias estatuas en medio del océano de sal de la puna andina-, parecía marcar un punto de inflexión ante la irracionalidad que se avecinaba. Las hieráticas figuras abstraídas de la realidad, se percibían como la viva imagen de la fortaleza interior.

Desde entonces, Nijensohn no ha cesado de explorar los límites. El primer dato que surge de sus últimas performances, es el contexto particular del territorio donde se desarrollan. Pero, en rigor, los escenarios de dimensiones inconmensurables y de una belleza extraordinaria, y la presencia del hombre reiterando una y otra vez su gesto de disciplinada concentración, conspiran para tornar abstracta la obra y difuso el sentido. Para decirlo en pocas palabras: Nijensohn no es solamente un defensor de la ecología, ni su arte es exclusivamente político. La sosegada insistencia, el tiempo detenido, hacen que las imágenes abran camino a la imaginación. Es decir, la obra puede verse como el testimonio de un arte comprometido, pero los misterios de la vida parecieran condensarse en las figuras de los hombres que, a la vez, se vislumbran como vigías de la vasta naturaleza.

Los personajes, situados en su mágico aislamiento, a 4.000 metros sobre el nivel del mar, y con la inmensa perspectiva de los miles de kilómetros de uno de los desiertos de sal más extensos del mundo, parecen ajenos a cualquier cuestión profana. El paisaje de Uyuni, uno de los lugares más áridos del planeta, está retratado en el momento propicio, cuando llega la época de lluvias y las inundaciones lo transforman en una comarca metafísica. Las visiones de Nijensohn provocan una sensación de irrealidad: el horizonte desaparece entre las nubes, y los juegos de espejo del cielo y la tierra en la desmesura oceánica resultan oníricos.

Es difícil encontrar referentes de estas obras en la historia del arte, pero con su apariencia enigmática y atemporal, estos productos de la tecnología arrastran algunas características del romanticismo, llevan a evocar el incesante cortejo con lo sublime de la naturaleza.

Lo cierto es que estas asombrosas hazañas en sitios remotos, tienen rasgos en común con el alemán Caspar Friedrich, o con el inglés Turner, que se hizo atar al mástil de un barco, para penetrar en el corazón de la tempestad, para que su pintura no fuera tan sólo la ilusión de una tormenta y «sea» la tormenta. Además de la búsqueda del pathos y la lejanía, la aspiración de Nijensohn es orientar los pensamientos a través de la experiencia visual. Si bien Gombrich señala que «por mucho que una fotografía nos parezca fiel al tema, la intensidad de los colores tendría un efecto destructivo sobre la suave gradación de tonos que sirvió a Friedrich para conseguir la sensación de lejanía», Nijensohn logra efectos difíciles de alcanzar con el máximo rigor tecnológico y un excelente oficio.

El artista observa: «Son imágenes que están al filo de la realidad y la ausencia de todo tipo de manipulación digital encuadra mis ideas dentro de un plano de manifiesto político y poético, despojado de todo artificio. Como parte de este mismo concepto, no existen indicaciones de vestuario, guión o comportamiento. Por las características de mi trabajo, utilizo la expresión 'non-fiction' para referirme a él».

Por otra parte, se sabe que el cine comparte ciertos problemas artísticos con la pintura y en este sentido -el del romanticismo y el de contexto actual- existen notables afinidades con el cineasta Werner Herzog. Ambos, comparten la fascinación por lo inaccesible y como los «viajeros» ansiosos del romanticismo van en pos de nuevos horizontes y nuevas emociones. En un pasaje de la película «Tokyo-ga» (1985) referido a la estética cinematográfica, Wim Wenders relata un diálogo en el cual Herzog le dice: «El simple hecho es que quedan muy pocas imágenes. Desde aquí arriba se puede observar que todo está completamente construido. Hay pocas imágenes para encontrar. Uno tiene que excavar en su búsqueda como un arqueólogo. Uno tiene que buscar a través de este paisaje devastado para encontrar algo. Esto va asociado a un riesgo, por supuesto. Es algo que yo nunca evito, pero veo que hay muy poca gente a la que le importa corregir nuestra falta de imágenes adecuadas. Necesitamos imágenes en sintonía con nuestra civilización, imágenes que resuenen con lo que tenemos en lo más profundo de nuestro ser. (.) Aquí no queda nada, hay que buscar realmente. (.) Iría a cualquier sitio por eso.»

Gracias a una coherencia ejemplar y a una especie de ecologismo exacerbado hasta el punto de volverse irreconocible, la obra de Nijensohn parece ilustrar, una y otra vez, la única noción de sublime posible en un mundo desertificado. Desaparecida la nostalgia estética al modo romántico, queda la búsqueda, como aventura incesante.

«¿Cómo romper con la indiferencia generalizada, ante la saturación de imágenes que lo invaden todo, y cuando el universo audiovisual parece haberlo explorado todo?», cuestionaba hace casi una década el grupo Ar Detroy. Nijensohn, en una epopeya continua, persigue desde entonces las respuestas. «Para poder captar las tensiones derivadas de la relación entre el ser humano y su entorno, he optado por buscar los parajes más desolados y remotos, con la esperanza de encontrar una respuesta poético-metafísica a mi propia existencia», confiesa.

La belleza de la naturaleza cumple un papel importante en la obra, despierta la sensibilidad dormida, recupera para el arte su condición transformadora. Las performances se perciben como un rito; la obra, lejana como un espejismo, expresa el afán de volver a encontrar el aspecto eterno que un día tuvieron las cosas, antes del ocaso que se avizora sobre la tierra.

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